Sobre el concepto de libertad
De Anarchopedia
Sobre el concepto de libertad. Crítica de algunas teorías liberales
por Tsekub Baloyán
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[editar] 1. Dos conceptos de libertad. Coacción y necesidad.
Friedrich A. Hayek, uno de los más importantes representantes del liberalismo económico contemporáneo (fue premio Nobel en 1974), dice en su libro Camino de servidumbre (Road to serfdom, 1944) (1) -destinado a demostrar que un sistema de economía dirigida en mayor o menor grado por el Estado conduce, más tarde o más temprano, a la destrucción de la libertad (algo que ya sabíamos)- que, durante el siglo XIX, el socialismo se apropió de la palabra libertad. Al definir al socialismo como "la nacionalización de los medios de producción y la planificación económica centralizada que aquélla hacía posible y necesaria" (prólogo a la edición de 1976) (2) excluye automáticamente de su crítica al anarquismo, así como a ciertas formas de socialismo utópico primitivo como el de Fourier y Owen. Sin embargo, al hablar del nacimiento del socialismo en el siglo XIX, lo hace en general y sin respetar matices ni diferencias, comportamiento que parece ser una constante entre los liberales.
Pero vamos a la parte que más nos interesa: El concepto de libertad. Vale la pena reproducir el pasaje completo: "Para aquietar todas las sospechas y uncir su carro al más fuerte de todos los impulsos políticos, el anhelo de libertad, el socialismo comenzó a hacer un uso creciente de la promesa de una "nueva libertad". El advenimiento del socialismo iba a ser el salto desde el reino de la indigencia al reino de la libertad. Iba a traer la "libertad económica", sin la cual la ya ganada libertad política "no tenía valor". Sólo el socialismo era capaz de realizar la consumación de la vieja lucha por la libertad, en la cual el logro de la libertad política fue sólo el primer paso.
El sutil cambio de significado a que fue sometida la palabra libertad para que esta argumentación se recibiese con aplauso es importante. Para los grandes apóstoles de la libertad política la palabra había significado libertad frente a la coerción, libertad frente al poder arbitrario de otros hombres, supresión de los lazos que impiden al individuo toda elección y le obligan a obedecer las órdenes de un superior a quien está sujeto. La nueva libertad prometida era, en cambio, libertad frente a la indigencia, supresión del apremio de las circunstancias, que, inevitablemente, nos limitan a todos en el campo de la elección, aunque a algunos mucho más que a otros. Antes de que el hombre pudiera ser verdaderamente libre había que destruir "el despotismo de la indigencia física", había que abolir "las trabas del sistema económico".
En este sentido, la libertad no es más que otro nombre para el poder o la riqueza. Y, sin embargo, aunque las promesas de esta nueva libertad se combinaron a menudo con irresponsables promesas de un gran incremento de la riqueza material en una sociedad socialista, no era de una victoria tan absoluta sobre la mezquindad de la naturaleza de donde se esperaba la libertad económica. A lo que se reducía realmente la promesa era a la desaparición de las grandes disparidades existentes en la capacidad de elección de las diferentes personas. La aspiración a la nueva libertad era, pues, tan sólo otro nombre para la vieja aspiración a una distribución igualitaria de la riqueza. Pero el nuevo nombre dio a los socialistas otra palabra en común con los liberales, y aquellos la explotaron a fondo. Y aunque la palabra fue usada en diferente sentido por los dos grupos, pocas gentes lo advirtieron, y todavía menos se preguntaron a sí mismas si las dos clases de libertad prometidas podían en realidad combinarse." (3). Muy bien.
Reconocemos al profesor Hayek lo siguiente: 1) Existen dos clases de libertad, que no hay que confundir. 2) El socialismo, y el anarquismo también (como forma "herética" que es, del socialismo, aunque también del liberalismo), las ha confundido con frecuencia. Precisemos un poco más:
1) Más que de libertad política y económica (término este último que puede llevar a confusión con la libertad de empresa que defienden los liberales), podemos hablar de libertad de la coacción y libertad de la necesidad o, si se prefiere y para evitar otra confusión (ya que Santo Tomás de Aquino emplea términos similares con otro sentido) de libertad frente a los hombres y libertad frente a la naturaleza.
2) No está de más hacer notar que, aunque con frecuencia, los anarquistas han caído también en esta confusión, también en otras ocasiones la han reconocido (Bakunin, por ejemplo. Véase la sección "Filosofía" de sus Escritos de filosofía política (4) compilados por G.P. Maximoff).
3) No hay porque suponer, a priori, que estas dos libertades puedan en realidad combinarse. Aunque tampoco hay porque suponer lo contrario.
4) No hemos heredado el paraíso. Aún en un estado de civilización y bienestar material muy avanzado, la libertad frente a la naturaleza o frente a la necesidad será una conquista provisional y precaria y la amenaza de la pobreza (la pobreza es, en realidad, el estado natural del hombre) siempre estará ahí, aún cuando no la veamos.
5) Pero también la libertad frente a los hombres o frente a la coacción es una conquista provisional. Por eso dijo Tomás Jefferson aquello de "el precio de la libertad es la eterna vigilancia".
6) Ambas libertades, repetimos, no deben confundirse. No deben confundirse, repetimos una vez más. Sin embargo, no debemos olvidar que están relacionadas. Sí, están relacionadas. Esto es de una importancia fundamental, pues los liberales suelen tratarlas como si se tratara de realidades totalmente independientes y a partir del argumento de que la pobreza es natural, de que no hemos heredado el paraíso, de que vivimos en un mundo imperfecto, terminan legitimando las tropelías de patronos y propietarios y defendiendo el Statu Quo, aún cuando en otro tiempo el liberalismo haya sido una corriente revolucionaria. Por otro lado, son muy duros para condenar las maldades del Estado (aunque de unos estados más que de otros) pero muy comprensivos con las maldades de los empresarios particulares.Y no quiero decir con esto que haya, necesariamente, mala intención (tal vez a veces, pero hay liberales cuya honestidad está fuera de toda duda), sino que algunos de sus argumentos los conducen, quiéranlo o no, a este punto, aunque tan poco airoso papel no les guste.
Lo que se le escapa o parece escapársele al señor Hayek (no sabemos si voluntaria o involuntariamente) es el dato, fundamental a la vez que sencillo, la verdad primera, de que la coacción se ejerce mediante la necesidad. Pequeña verdad que roe por la base muchos de los argumentos liberales y que hace que la confusión del socialismo con respecto al concepto de libertad aparezca como algo perfectamente explicable y no, tal como parece sugerir Hayek, como una deliberada treta de los malvados socialistas . Expliquémonos.
¿Cómo ejerce un hombre coacción o coerción, cómo impone su poder sobre otro hombre? La respuesta nos la da George Orwell en su magistral 1984 (5)-obra de ficción pero que , junto con Un mundo feliz de Aldous Huxley, posee una profundidad que ya desearían para sí muchos "científicos sociales", autores de voluminosos y soporíferos mamotretos-: "Haciéndolo sufrir" (las cursivas son nuestras). "No basta con la obediencia" -dice el siniestro torturador y genio del mal, O'Brien- "Si no sufre, ¿cómo vas a estar seguro de que obedece tu voluntad y no la suya propia? El poder radica en infligir dolor y humillación."(6) Prosigamos. ¿Cuál es la manera más obvia, más simple, de infligir dolor y humillación? La respuesta cae por sí misma: A golpes, mediante el dolor físico. Ésta es la forma más elemental, más primitiva. Esto es lo que hace un matón cualquiera; un marido y padre frustrado, sádico y alcohólico. Lo que hace el propietario de esclavos con el látigo y el cepo, el torturador con la cachiporra y la picana. Esta forma de poder -no la única sino la primera, la más "bruta"- sigue revistiendo una importancia fundamental hasta el día de hoy. Ahora bien: Si no poseyéramos un cuerpo, si no dependiéramos de las leyes de la Naturaleza y del mundo material, si fuéramos seres de pura luz y energía, ángeles de espíritu puro, ¿podría alguien ejercer esta forma de poder sobre nosotros? Si, al no poseer un cuerpo, no sintiéramos dolor, ¿podría un hipotético matón esclavizarnos?
Pero no somos ángeles, somos hombres. Vivimos en la Tierra, Adán y Eva pecaron y perdieron el Paraíso. Vivimos esclavizados por la necesidad, dependemos del mundo material. Sentimos dolor, hambre, sed, frío, calor. La enfermedad nos acosa y sólo podemos escapar a la vejez con una muerte prematura. Somos ángeles caídos, desterrados y desprovistos de grandeza.
Notas.
(1) Hayek, Friedrich A. Camino de servidumbre. Madrid, Alianza Editorial, 1978. Traducción y nota preliminar de José Vergara.
(2) Ibid. P. 25.
(3) Ibid. Pp. 52-54.
(4) Bakunin, Miguel. Escritos de filosofía política, 1. Madrid, Alianza Editorial, 1978. Compilación de G.P. Maximoff. Prefacio de Bert F. Hoselitz. Introducción de Rudolf Rocker. Traducción de Antonio Escohotado. Tiene un segundo volumen.
(5) Orwell, George. 1984. Estella (Navarra), Salvat, 1983. Prólogo de Pedro Laín Entralgo. Traducción de José Laín Entralgo.
(6) Ibid. P. 201
[editar] 2. Las relaciones sociales.
En la Tierra, los hombres viven en sociedad. Animal político, como le llama Aristóteles, o mamífero social, como lo hace la ciencia moderna, proviene de una larga serie de mamíferos sociales (y la sociabilidad está en directa relación con la inteligencia). Sólo llega a desarrollarse como ser humano en la interacción espontánea con sus semejantes. No existen, por lo menos en este mundo, seres humanos indeterminados, autogenerados, completos en sí mismos. Al igual que no puede liberarse de las leyes de la naturaleza (sino, en todo caso, utilizarlas creativa e inteligentemente a su favor) el hombre tampoco puede sustraerse a la influencia de la sociedad. Sin embargo, sí es capaz de cambiar la organización de esa sociedad, de elegir la manera en que quiera interactuar con sus semejantes. Y de hecho lo hace con frecuencia, aún cuando en su elección esté también determinado por una serie de factores. Podemos decir, pues, que cada parte actúa sobre el todo y el todo actúa sobre cada parte, lo mismo en el mundo social que en el mundo físico.
Los hombres interactúan y se asocian para determinados fines. Al hacerlo, tienen ante sí dos vías: La de la asociación libre, basada en la cooperación voluntaria entre iguales (hay que hacer notar que este tipo de asociación no excluye la existencia de autoridad ni de reglas), y la del poder, la jerarquía y la coacción, una asociación en las que unos dominan a los otros, y tienen esa capacidad de la que hablaba Orwell, la de infligir dolor y humillación. No quiero dar la impresión de que cada individuo elige siempre. La mayor parte de las veces las cosas ya están hechas y no le queda más remedio que adaptarse, le guste o no. Lo que quiero decir es que se puede cambiar la sociedad, aunque eso no sea fácil, aunque se fracase muchas veces en el intento y aunque se requiera del esfuerzo de muchos para hacerlo, como demuestra la historia.
Decíamos que existen relaciones de libertad y relaciones de poder. En general, las relaciones de poder están ya dadas, aún cuando el individuo, nacido y criado en ellas, pueda terminar creyéndolas naturales, defendiéndolas y, lo que es peor, suponiendo que las ha elegido. En todas o casi todas las sociedades han existido ambos tipos de relaciones, pero predominando unas u otras. Durante siglos y hasta milenios, las relaciones de libertad predominaron. Al inicio de la historia, con la aparición del Estado y las clases sociales, pasan a predominar las relaciones de poder y jerarquía. Aquí me permitiré soltar una verdad de Pero Grullo. Existen relaciones de poder por que unos individuos están en una situación de ventaja, que les confiere un poder que les permite dominar a los demás.
Pero, ¿para qué quiere un hombre dominar a otro? ¿Qué puede ganar con ello? Tres respuestas se me ocurren a esta cuestión: 1) "Por su propio bien": Es el poder del tutor, del que considera que debe velar por su sometido. 2) Para obtener determinadas satisfacciones, sobre todo materiales. Generalmente haciéndolo trabajar para él. Esto es lo que se llama explotación. 3) Por el propio poder, por el puro gusto de la dominación. Esta motivación, netamente sádica, puede ser más importante de lo que se suele suponer.
Para un análisis rígidamente economicista, común a muchos marxistas y algunos liberales, sólo el motivo 2 tiene verdadera importancia. El marxista considerará al motivo 1 un pretexto ("superestructura ideológica") y se reirá del motivo 3 ("fantasía burguesa"). El liberal considerará, por su parte, que, mientras no se aplique a adultos, el motivo 1 es perfectamente justo, respetable y patriótico y también se reirá del motivo 3 (o tal vez lo atribuirá exclusivamente a los malvados socialistas).
Sin adherirnos necesariamente a una interpretación materialista de la historia, creo que estaremos de acuerdo en que la manera en que los hombres producen lo necesario para su subsistencia es un factor importantísimo de la vida social. Pasemos, pues, revista a los llamados modos de producción y veamos hasta que punto existen en ellos dominación y explotación y hasta que punto existen libertad e igualdad.
[editar] 3.Los modos de producción.
Veamos una sociedad primitiva, pequeña, como la de los bosquimanos del Kalahari o los esquimales del Círculo Polar Ártico (que, en realidad, no se llaman "bosquimanos" ni "esquimales"). En un sentido estricto, es erróneo decir que ellos desconocen la propiedad. Cada individuo y cada familia poseen objetos, utensilios, ropa, etc. La obtención del alimento y de las diversas cosas que necesitan es una labor a veces individual y otras grupal. Cuando cooperan, lo hacen voluntariamente, no existe entre ellos coerción.
Cuando un individuo ha tenido suerte, suele ser generoso y compartir. Es una norma de buenas maneras, establecida por la costumbre, no dictada por la ley, además de una manera de asegurarse contra la posible mala suerte del día de mañana. "La reciprocidad es la banca de las sociedades pequeñas" dice el antropólogo norteamericano Marvin Harris. (1) Los marxistas llaman a este modo de producción comunismo primitivo. Esto no me parece del todo exacto. Como hemos visto, existe propiedad de bienes individuales y la obtención de lo necesario es una empresa a veces individual y otras colectiva.
Lo que no existe es propiedad privada del suelo, de las aguas, de los diversos recursos naturales, que todos sin embargo utilizan. Pero tampoco, hasta donde estoy enterado, parece existir propiedad comunal de los mismos. Este concepto les parece desconocido. Su actitud ante la tierra o el agua es similar a nuestra actitud ante el aire. No es que sea de todos. Más bien, no es de nadie. (2) Por ello, el término comunismo primitivo no me parece, en lo personal, adecuado. En todo caso puede existir un comunismo ocasional. Se podría hablar mejor de mutualismo o cooperativismo primitivos. Pero, para evitar complicaciones, llamémosla sociedad igualitaria primitiva. Así vivió el hombre durante miles de años. Acosado, sin duda, por la necesidad, pero bastante libre de coerción (he dicho que la coaccición se ejerce mediante la necesidad, lo que no significa que siempre que haya necesidad habrá fatalmente coacción). Pero en el transcurso de la historia, por una serie de factores que no es objeto de este ensayo enumerar, los hombres comenzaron a organizarse para producir de otra manera, creando estructuras sociales y económicas basadas en la jerarquía y la coerción. Este proceso se inició, sobre todo, durante el período neolítico y está ligado al descubrimiento de la agricultura y de nuevas técnicas que permiten intensificar la producción.
Paradoja: El hombre progresa en su lucha contra la necesidad pero al hacerlo incrementa el componente coercitivo de las relaciones sociales (y, sin embargo y contra lo que se suele creer, trabaja más al progresar) . Se libera progresivamente de la Naturaleza para caer bajo el dominio de sus iguales.
Es necesario que aquí nos detengamos brevemente, ya que puede parecer que existe una contradicción con lo que dije antes. Si el poder, si la coerción, se ejercen mediante la necesidad, ¿cómo es que, al alcanzar sus primeras grandes victorias sobre la primera el hombre comienza a caer víctima de la segunda? ¿No hay una contradicción? No. Porque, primero que nada, la necesidad no se ha abolido. Sólo se han realizado determinados descubrimientos que permiten defenderse mejor de ella. En segundo lugar, el mayor desarrollo de la producción crea excedentes, aunque sea pequeños. Y esto permite que algunos individuos se dediquen a tiempo completo a labores que no son las de la mera subsistencia. Y la existencia del excedente permite que algunos individuos ahorren, acumulen riqueza, y vayan ganando una cierta posición de influencia y prestigio, así como creando una cartera de clientes, y los embriones de una aristocracia y un ejército.(3)
Ésta es una condición necesaria pero no suficiente para que la sociedad se vuelva jerárquica. El proceso por el cual surgieron el Estado, las clases sociales y, con ellas, las relaciones sociales de poder y dominio, ha sido reconstruido con bastante fortuna, sobre todo por la antropología. No es mi intención describirlo al dedillo. Al que esté interesado le recomiendo sobremanera el excelente opúsculo de Marvin Harris Jefes, cabecillas, abusones (4), extracto de su monumental obra Nuestra especie.
Veamos las formas de explotación más simples. La tributación es una, la esclavitud es la otra. En la primera, el déspota, rey, señor feudal o, más modernamente, el Estado es el propietario o guardián de los recursos de un territorio y se lleva una parte de lo que los trabajadores han producido, ¿entrega algo a cambio? Puede ser, pero de todas maneras este intercambio no sólo no es proporcional sino que no ha sido elegido. Es impuesto por la fuerza. Quien no desee pagar tributo se enfrentará a consecuencias terribles, que van desde la multa o el destierro -lo que equivale a la miseria absoluta- hasta la muerte. En la esclavitud el amo es, además de propietario de los recursos, propietario de los mismos trabajadores, de los que se ha apoderado contra su voluntad y con los que puede hacer lo que quiera. La coacción es evidente, brutal.
Notas.
(1) Harris, Marvin. Jefes, cabecillas, abusones. Madrid, Alianza Editorial, 1985. Traducción de Isabel Heimann. Este texto se puede hallar en internet en http://www.puertasdebabel.com/cosanostra/pirateadas.htm.
(2) A este respecto, es interesante recordar la famosa advertencia del jefe indio Seattle al hombre blanco, cuando se preguntaba "¿cómo se pueden comprar o vender la luz del Sol o el calor de la Tierra?". Y, cuando más adelante, en tono casi profético, dice, "la Tierra no pertenece al hombre: El hombre pertenece a la Tierra. El hombre no tejió la trama de la vida. Es sólo un hilo. Lo que hace con la trama se lo hace a sí mismo" (el texto completo se puede hallar en http://personal.readysoft.es/jmcasasempere/carta.htm). De tan bellas y sabias palabras se burlaba recientemente un economista liberal en el boletín LibreMente de la Fundación Atlas. Frente a esto, como frente a los innobles ataques de Von Mises contra Fourier, sólo nos cabe repetir las palabras del padre de la poesía moderna en castellano en su inmortal Letanía de Nuestro Señor Don Quijote: "De rudos malsines,/ falsos paladines/ y espíritus finos y blandos y ruines,/ del hampa que sacia/ su canallocracia/ con burlar la gloria, la vida, el honor,/ del puñal con gracia,/ ¡líbranos, Señor!"
(3) Esto es obvio. Es absolutamente imposible que un grupo o un individuo intente siquiera explotar o dominar a los demás cuando es imprescindible que todos o casi todos participen en la producción de lo que es necesario. No existe una clase dominante porque no hay con qué mantenerla y, además, esa supuesta clase dominante no podría dedicarse a tiempo completo a la tarea de dirigir y mantener su poder.
(4) Harris, Marvin. Op. Cit.
[editar] 4.Coacción y trabajo asalariado.
Las revoluciones democráticas y liberales abolieron o, por lo menos, hicieron retroceder tan desagradables instituciones. Aquí llegamos al punto más importante: ¿En el régimen salarial pueden existir coerción y explotación? ¿No es un intercambio libre entre personas en pie de igualdad ("yo tengo algo que tú necesitas, tú tienes algo que yo necesito")? ¿El trabajo, teóricamente libre, lo es realmente? En realidad se puede decir que estamos "rizando el rizo". Este tema se viene discutiendo desde el siglo XIX. No nos parece mal continuar, sin embargo, ya que está muy lejos de haberse agotado.
Un economista liberal me dijo en una ocasión que, a partir del siglo XVIII, el trabajo fue libre por primera vez en la historia. No es del todo exacto pues esta forma de trabajo "libre" existía desde hace mucho tiempo, conviviendo con las otras formas. Y recalcaba (cito de memoria): "Aún hoy, a pesar del régimen intervencionista generalizado, a nadie se le obliga a trabajar. Ergo, el trabajo es libre." Si se le responde que la necesidad obliga a trabajar, la respuesta previsible caerá como un mazazo: La necesidad nos obliga a muchas cosas y siempre va a existir. Siempre se elige en condiciones "subóptimas". No hemos heredado el paraíso. Éste es el argumento liberal universal del que hablábamos al principio de este escrito. Pero, como hemos visto antes, la coacción se ejerce mediante la necesidad.
Para los liberales parece que no existe coacción si es que no hay un matón con un garrote o una pistola. Parece que no pueden concebir otras formas, más sutiles o indirectas, de coacción. Y, para colmo de disparates, estos son los mismos que aseguran, siguiendo a Von Mises, que "la naturaleza del poder es psicológica y no material"(1).
Se me permitirá citar un fragmento del Viaje al fin de la noche, novela de Louis- Ferdinand Celine. Espero que nadie se moleste por citar a este señor que, además de ser un gran novelista, fue, lamentablemente, un tipo muy desagradable y, además, colaboracionista pronazi. "El salvaje aquel no se atrevía a entrar. Entonces uno de los empleados indígenas lo invitó: "-¡Ven aquí, buñuelo! ¡Ven aquí! ¡Nosotros no comer salvajes! ¡No comer, no comer!... "Este lenguaje acabó por decidir primero al padre y luego a los demás. Penetraron pues, uno después del otro, en aquella estufa caldeada al fondo de la cual tronaba nuestro hombre del 'corocoro'. "Aquel negro, padre al parecer, no había visto nunca un almacén ni gentes blancas tampoco. Una de sus mujeres venía trayendo detrás de él, en la cabeza y en equilibrio, un gran talego lleno de caucho bruto. "Los empleados echaron mano inmediatamente del talego y se pusieron a pesar el contenido en la balanza. El salvaje no comprendía aquello de los pesos como no comprendía nada de lo que veía. La mujer permanecía sin atreverse a levantar la mirada. Los otros negros de la familia los esperaban al principio, afuera, con los ojos abiertos, estupefactos. A ellos también los hicieron entrar, inclusive a los niños, para que no perdieran nada del espectáculo. "Era la primera vez que venían así juntos desde la floresta hacia los blancos de la ciudad. Esforzándose unos y otros tenían que haber empleado mucho tiempo para lograr recoger todo ese caucho. Y, claro está, el resultado les interesaba a todos. Los pequeños depósitos como vasos tardan mucho en llenarse, a veces dos meses, cuando se les prende al tallo del árbol. "Una vez hecho el pesaje, nuestro sarnoso condujo al padre detrás del mostrador y allí le hizo, sobre un papel y con un lápiz, la cuenta. Acto seguido le encerró en el hueco de la mano algunas monedas de plata, diciendo: "-¡Ahora vete! Eso es lo que vale tu caucho. "Los amiguitos blancos no hacían más que sacudirse de exclamaciones y de risa al ver cómo el hombre redondeaba tan bien su negocio. El negro permanecía plantado, inmóvil ante el mostrador con su pequeño calzón amarillo alrededor del sexo. "-¿Tú no saber nada de plata? ¿Entonces, salvaje entero?- exclamó para despertarlo uno de los empleados, hablador, habituado, entrenado sin duda para estas transacciones perentorias-. ¿Tú no saber hablar francés? ¿Tú gorila entonces entero, eh? ¿Tú qué hablar? ¿Kus-Kus? ¿Mabillia? ¡Tú ser un boludo! Bushman. ¡Un redondo boludo! "Pero el salvaje seguía ante nosotros con la mano cerrada, apretando sus monedas. Se habría salvado en caso de atreverse a hacer algo, pero no se atrevía a nada. "-Entonces, ¿qué comprar tú con plata?- intervino el sarnoso con toda oportunidad-. Francamente, hacía tiempo que no veía un idiota como tú -agregó alegremente-. ¡Tiene que venir desde muy lejos el tal sujeto! Di, ¿qué quieres tú? ¡Venga aquí, venga aquí la plata que te di! "Y al decir esto arrancó bruscamente el dinero de la mano del negro y le envolvió luego, en el brazo, un pañuelo verde chillón que había sacado desde hacía tiempo de una caja del mostrador. "El negro padre vacilaba en alejarse con su pañuelo. El dueño tuvo tiempo entonces para lucirse mejor. Decididamente conocía ya a fondo todas las trampas del comerciante conquistador. Agitando ante los ojos de uno de los niños negros más pequeñitos el pedazo de género verde le dice: "- Para ti será mejor, ¿no es cierto, mocoso? Ya lo ves. ¡Qué bonito es! ¡Sí!, lindurita; sí, mi pequeño budín, sí, mi linda porquería. "Y diciendo esas frases amarró alrededor del cuello de la criatura el pedazo de trapo. Cuestión de vestirlo, nada más. "La familia de negros contemplaba al pequeño adornado con aquella gran cosa de tela de algodón verde... Nada se podía hacer ya en contra, puesto que el pañuelo acababa de ingresar en la familia. No había más remedio que aceptarlo, tomarlo y marcharse tranquilamente. "Por eso se pusieron a retroceder todos lentamente; luego franquearon la puerta, y en el momento en que el padre volvía la cabeza en último término para decir algo, el hortera más emprendedor de todos, que llevaba zapatos, lo estimuló dándole un puntapié bien dirigido en las nalgas." (2)
Creo que ninguna persona normal dudará que la transacción descrita en estos párrafos no es precisamente honrada. Creo que todos estarán de acuerdo en que ha ocurrido un abuso, un robo o una estafa (determinar de qué se trata corresponde a los juristas). Aquí hay explotación. Y, sin embargo, el negro fue a la tienda por su propio pie. Nadie lo obligó ni a recoger el caucho ni a dirigirse al comercio. Tampoco existe coerción física, si exceptuamos la patada final, que en realidad no era necesaria y es tan sólo la fresa que adorna el pastel del negocio redondo que se acaba de realizar.
No pretendo con esto decir que todas las transacciones en el mercado laboral sean como ésta (aunque pueden existir varias que se aproximan bastante). Tampoco quiero decir que todos los patrones o empleadores se parezcan a este desagradable personaje y sus compinches. Éste es un ejemplo extremo. Lo que quiero decir es que puede existir coacción sin necesidad de violencia física. Aquí el comerciante y sus secuaces abusan de su dominio del idioma, del comercio, de que están en su terreno, de la propia timidez del negro, etc.
Sin embargo, la lógica de algunos argumentos liberales nos llevaría a concluir que estamos ante una transacción legítima y que no hay nada que reprochar. Nadie ha obligado al negro a nada. El comerciante se comporta racionalmente al buscar comprar lo más barato posible. Supongo que los liberales sensatos estarán de acuerdo en que no es así.
Algunos liberales dirán -y seguramente no les faltará razón- que este comerciante, en realidad, se está comportando no sólo como un miserable sino como un estúpido. Ya que, lo más probable, es que el negro y su familia no vuelvan a llevar su caucho a un lugar donde les toman el pelo. Y es probable que se corra la voz de que es un sinvergüenza y los nativos no quieran hacer más tratos con él. Totalmente de acuerdo. Pero existen algunas posibilidades que perturban estos mecanismos espontáneos que tiene el mercado(3) para que los bribones no se salgan con la suya. Primero que nada, es muy probable que el negro y su familia hayan visto en el caucho una fuente extra de ingresos, pero que su subsistencia no dependa, en lo sustancial, de esto. Puede cazar, pescar, cultivar, etc. Pero supongamos que no tuviera demasiadas opciones, por la razón que fuese (que las tierras no sean aptas para la agricultura, que no haya apenas pesca o caza, etc.) y que la recolección de caucho sea la única manera en que puede mantener a su familia. Agreguemos a esto la posibilidad de que el comerciante sea el único comprador de su caucho. O de que, existiendo muchos comerciantes, se hubieran puesto de acuerdo mediante un "pacto de caballeros" (suena como una ironía) para pagar los mismos precios. Evidentemente, en este supuesto, el comerciante deberá pagar algo más que un pañuelo. Deberá pagar por lo menos lo suficiente para que el negro pueda seguir viviendo y trabajando. Pero, probablemente, no querrá pagarle mucho más que esto, aún cuando pudiera hacerlo. Además, ya que el nativo no puede obtener de la naturaleza lo necesario para su manutención y la de su familia, deberá comprarlo... Y aquí entra de nuevo nuestro amigo el comerciante. El círculo se está cerrando alrededor del pobre negro, a quien nadie, teóricamente, obliga a nada.
Naturalmente, vivimos en un mundo cada vez más complejo. Nuestra sociedad no encaja dentro de este esquema tan simplificado y extremo. Existen muchos matices y muchas gradaciones entre las diversas clases de la sociedad, así como muchos niveles de opciones. Pero siguen habiendo amplios sectores que están en una situación muy parecida a la del negro. Además, no pretendo demostrar que siempre o fatalmente el trabajo teóricamente libre esté de hecho esclavizado en el régimen salarial sino solamente que puede estarlo.
Recordemos el sistema del enganche que, según parece, fue utilizado en toda América Latina (y, probablemente, en otras latitudes, si es que no se sigue utilizando aún). Un peón llega a una hacienda o una mina o lo que fuere. Es contratado. Nadie le obliga a nada. Mientras está en el lugar debe comer, beber, vestirse. Sólo hay un sitio donde hacerlo: La tienda de la empresa que lo ha contratado. Nadie lo obliga a acudir a ella. Si quiere, puede no comer ni beber, o viajar hasta el comercio del pueblo más cercano (que queda a medio día de camino). Nadie interfiere con su libertad. Aunque, claro está, en realidad no puede hacer ninguna de las dos cosas. No hay problema, los señores de la tienda son muy comprensivos y no le cobran su consumo al contado: Se lo descuentan de su jornal. Al final de un año es muy probable que no tenga nada y vuelva a casa con las manos vacías. Esto es un supuesto muy favorable. Es casi seguro que le haya quedado debiendo a la tienda... Y, para pagarlo, deberá trabajar. Y, para poder trabajar, deberá consumir...
Dieciséis toneladas, ¿todo para qué?/
Un año más viejo y más endeudado./
San Pedro, no me llames, porque no puedo ir./
Ya le debo el alma a la tienda de la compañía./
(Canción popular norteamericana).
Pero nadie tiene la culpa. Todos son inocentes. "¿Qué culpa tengo yo de que las leyes de la física no te permitan viajar en cinco segundos al comercio donde puedes comer por la mitad de precio?" dice el capataz. "La vida es así, no la hemos inventado los patrones, no tenemos la culpa de que las leyes de la biología te impulsen a comer y beber." Si se le reprocha al dueño que no permita que se instalen otros comerciantes dentro del perímetro de su propiedad, el responderá que, precisamente, es su propiedad y en ella hace lo que le da la gana. Y los liberales deberán callarse, pues aunque creen en la libre competencia también creen que con su propiedad cada quien puede hacer lo que le de su real gana.(4)
Veamos el asalariado (no me refiero sólo al obrero fabril). Para utilizar una metáfora proudhoniana, llega como un náufrago, arrojado por la marea de la necesidad, a la isla del propietario. Supuestamente negocia, en pie de igualdad, con el capitalista, con el empleador, se pesan el pro y el contra, se encuentran componendas que benefician a ambas partes. Pero la capacidad de negociación del asalariado es poca o ninguna. La necesidad que él tiene del puesto es mucho mayor que la que el empleador tiene de sus servicios. De los servicios concretos de él, pues por cada puesto habrá siempre muchísimos candidatos. Por pura ley de oferta y demanda, los empleadores han tenido siempre la sartén por el mango, y esto les ha permitido ejercer coacción sobre sus subordinados, pues por mucha libertad teórica que posea el asalariado, su abanico de opciones es, en realidad, muy limitado. Ni siquiera en períodos de bienestar y expansión económica ha variado esto.
Gabriel Boragina, economista liberal argentino, enfrentó en una ocasión la pregunta "¿bajo qué condiciones tú dirías que Fulano está explotando a Zutano?" Su respuesta textual fue: "1. Cuándo: conforme enunció Jean Baptiste Say: cuando media coacción o violencia. 2. Cómo: oferta y demanda no se ajustan. 3. Bajo qué condiciones: interferencia gubernamental --o de particulares por legislación ad hoc del gobierno-- en el sistema de precios. 4. Si pasaran qué cosas: las de los puntos 1, 2 y 3... ... Fulano está EXPLOTANDO a Sutano."(5)
Se le preguntó a qué se refería con el punto 2. Dijo que, en un mercado libre, por definición, oferta y demanda siempre están ajustadas. Suponemos que, con esto, se refiere a que no existen grandes desniveles entre ellas. Están, más o menos, a la par. No está de más hacer notar que, si frente al problema de qué hacer con los actos antisociales, los crímenes y los delitos en una sociedad anarquista, los anarquistas respondieran diciendo que, por definición, en una sociedad anarquista no hay crímenes ni delitos, nadie tomaría en serio -y con razón- esta respuesta. Pero, según parece, hay distintos parámetros para distintas escuelas.
Tal como hemos visto, puede existir coacción sin necesidad de violencia física directa, en una negociación teóricamente libre. También el ladrón que grita "¡la bolsa o la vida!" respeta tu libertad de elegir. Puedes darle o no la bolsa. El empleador que dice "lo tomas o lo dejas", sabiendo de antemano que el empleado no puede darse el lujo de dejarlo también ejerce coacción. De manera que el punto 1 puede cumplirse. Y el punto 2 también puede cumplirse. Y, de hecho, se viene cumpliendo (y se cumple, porque se cumple el punto 1). Lo que es bastante discutible es si la culpa corresponde, por lo menos exclusivamente, al punto 3.(6)
Y es en virtud de esta realidad, que la innegable confusión señalada por el profesor Hayek aparece, tal como lo hemos dicho, como algo natural y comprensible más que como una táctica maquiavélica. Se observaba que, mientras carecieran de lo más elemental, para muchas personas la libertad sería una palabra hueca y cualquiera podría abusar de ellas y esclavizarlas. Así pues la "nueva libertad" era vista como una condición de la primera. Y en eso llevaban razón los socialistas. Tal vez sea una condición necesaria pero no suficiente, pero era y es necesaria. En este punto, me podría dejar llevar por una infantil tentación y ponerme a decir, saltando en una pata, "soy más listo que Hayek, soy más listo que Hayek, lero-lero". Pero no se trata aquí de eso.
Notas.
(1) Creyendo rebasar el non plus ultra de la agudeza, nos dicen, por ejemplo, que todo el Mundo pensaba que el rey de Francia era poderosísimo y, finalmente, su cabeza terminó en un cesto. Esto es sencillamente absurdo. Del hecho de que, felizmente, no exista sobre la Tierra un poder invencible o absoluto no se desprende que el poder sea una especie de alucinación, aún cuando esta teoría sea muy atractiva desde un punto de vista literario. El poder tiene una doble naturaleza, psicológica y material. Goliat imponía terror, y esto lo ayudaba. Pero imponía terror porque era gigantesco y fortísimo. A David lo ayudó su presencia de ánimo pero también su puntería. Si no le hubiera acertado, antes de poder cargar otra piedra hubiera pasado a mejor vida. También los gigantes son mortales, pero la mayor parte de esos grandes poderes que, según se dice, se derrumbaron como castillos de naipes, se llevaron a muchas personas por delante antes de perecer.
(2) Celine, Louis-Ferdinand. Viaje al fin de la noche. Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1971. Traducción de Armando Bazán. Pp. 143-145
(3) Quiero aquí dirigir una pequeña crítica constructiva contra todos aquellos que hablan contra "el mercado", que padecen, a mi entender, la misma enfermedad de los que hablan contra "la globalización". El mercado, en abstracto, no es bueno ni malo. La palabra "mercado" designa, simplemente, una relación entre dos o más personas que intercambian bienes o servicios. Del mismo modo, la palabra "conversación" designa a una relación entre dos o más personas que intercambian información expresada en forma de palabras. Despotricar contra "el mercado", en general, es como despotricar contra "la conversación" en general. Pero, al igual que existen charlas agradables y cordiales y otras desagradables e insultantes, pueden existir operaciones de mercado honestas y libres y otras deshonestas y abusivas. Por lo tanto, creo que hay que precisar más y despotricar, en todo caso, contra la usura, el abuso, la explotación, etc.
(4) Aquí llegamos a un punto interesante. Despotrican si es el Estado el que interfiere con la libre competencia, pero ¿qué pasa si son los propios capitalistas, o algunos de ellos, los que hacen trampa? Un liberal me decía una vez que cada quien puede hacer con su propiedad lo que le venga en gana. El propietario de un Van Gogh, afirmaba, tiene derecho a prenderle fuego. Y, además, que el que intenté impedirlo estará cometiendo un robo (¡anatema! ¡crimen de lesa humanidad!). Naturalmente, a este señor poco o nada le importa el arte. Cuando le cambié el ejemplo y le planteé otro caso: Supongamos que una persona adquiere los derechos de autor de los principales representantes del liberalismo contemporáneo, (pongamos Mises, Hayek y Friedman), pero no por que le gusten, sino por lo contrario, porque los detesta, y decide sacarlos de circulación y perseguir por los tribunales a quien los publique, ¿respetaría esta decisión porque el propietario está "en su derecho"?, no supo qué decir y se escapó por la tangente con una referencia a un debate de juristas sobre el copyright y no se qué. Para los liberales el Estado es el único enemigo de la libertad (y, sin embargo, no se animan a deshacerse de él: Contradicción a la vista). Como el egoísmo es sagrado e irreprochable, deben buscar mecanismos para que los malos sean castigados por la mano invisible, sin necesidad de medidas "políticas" -es decir, coactivas-, aunque también hay los que defienden que el "estado mínimo" imponga sanciones a los que se portan mal (aclaran que una cosa es el Estado como propietario y otra muy distinta como árbitro). Lo malo es definir hasta donde llega esa intervención, pues ¿por qué va estar bien castigar el fraude y no, en cambio, legislar sobre los salarios? ¿Cuál es la gran diferencia entre ambos campos? El problema con el liberalismo es que, para funcionar, necesita por lo menos una de dos cosas, si no las dos: Capitalistas 100% honestos, decididos a respetar determinadas reglas de juego y que no se aparten de ellas, o un Estado que, además de mínimo, sea 100% imparcial, incorruptible e insobornable. Lamentablemente, ambas condiciones parecen pertenecer al reino de las utopías. Es sintomático, de hecho, que muchos liberales comiencen a recalcar la importancia de los valores morales, de la honestidad y el respeto, de la necesidad de conocer los límites sociales del egoísmo, para que el capitalismo funcione (ver, por ejemplo, Ballestero, Enrique. Los principios de la economía liberal. Un estudio en torno a Jean-Baptiste Say. Madrid, Alianza Editorial, 1986. )
(5) Mensaje colocado en el foro virtual Acción Humana http://www.melodysoft.com/cgi-bin/foro.cgi?ID=accionhumana el 15/08/20001.
(6) El diagnóstico es más o menos similar al que da Benjamín R. Tucker, el más conocido de los anarcoindividualistas norteamericanos, para quien el Capital ha manipulado la legislación a fin de evitar la competencia. Ver "Socialismo de Estado y Anarquismo".
[editar] 5.La explotación, ¿tiene solución?
En virtud de la respuesta del profesor Boragina, podemos deducir que los liberales aceptan el diagnóstico y buscan otro remedio. Sí, dicen, (aunque sea a regañadientes), puede haber explotación del trabajo teóricamente libre, y esto a su vez acarrea terribles males. Pero la solución está en el libre mercado. Evidentemente, podemos dar por descartada una solución: La solución marxista ortodoxa o bolchevique. Cerca de 90 años de barbaridades deben bastar para no insistir con el mismo remedio.
La solución socialdemócrata o "intervencionista", como la llaman los liberales, no es una solución. Es un paliativo. No elimina la explotación sino que la hace más civilizada, la modera en el mejor de los casos. Y es un arma de doble filo, pues la gente se acostumbra a depender mucho de Papá Estado.(1)
El fascismo, en cualquiera de sus variantes, no aporta ninguna solución a este problema. Echa los males de la situación del trabajador a cualquier fantasía ridícula como la conjura judeomasónica mundial y adopta medidas de carácter también mercantilista o intervencionista. Esto, combinado con una política expansionista orientada a una guerra perpetua. El fascismo no puede aspirar a liberar a nadie de la coacción porque el fascismo, por naturaleza, es la religión del poder.
Quedan entonces dos soluciones al problema: La solución liberal y la solución anarquista. Aquí hay un punto interesante. Si entendemos al socialismo marxista como un sistema de planificación central y obligatoria dirigido por el Estado, es fácil darse cuenta que este sistema es incompatible tanto con el liberalismo como con el anarquismo. Los términos medios en realidad no solucionan el problema -socialdemocracia o "tercerismo" al estilo yugoslavo. Por el contrario, la solución liberal y la solución anarquista no son del todo incompatibles entre sí. Aunque tampoco vamos a decir que son la misma cosa. Existen diferencias importantes y éstas, más aún que a las medidas de carácter práctico, se refieren a la cosmovisión que subyace a cada una de las dos escuelas.(2)
Pero volvamos a lo nuestro. Los liberales tienen su alternativa. Muy bien. Naturalmente, ese mercado libre que defienden aún no ha sido experimentado en ninguna parte del mundo (salvo, tal vez, en el norte de Somalia) (3). En todo caso, han existido medidas liberales en tal o cual área. Tienen razón cuando se quejan de que se le eche la culpa de todo al "neoliberalismo" cuando, en realidad, lo que hay son privatizaciones amañadas, negociados oscuros entre empresarios y políticos y liberaciones aduaneras unilaterales o parciales. Muy bien, tienen razón en esto. No vivimos en una sociedad liberal. El mercado no es libre. Pero, entonces, ¿esto quiere decir que el mercado libre es una propuesta utópica? (no en el sentido de que sea imposible, sino el sentido de que es un proyecto aún no realizado y deseable por motivos de orden fundamentalmente moral).
Los liberales comparten varias manías tontas con los marxistas. Una es la de no querer ser "utópicos" y querer ser "científicos" (a pesar de que, de hecho, con frecuencia prescinden, unos y otros del método científico). No pueden resignarse a decir "nosotros consideramos, por tal y cual razón, que vale la pena experimentar el mercado libre, pero naturalmente, al no haber sido nunca experimentado, no podemos tener la plena certeza de que ha de funcionar, ni podemos llamar a su conveniencia una conclusión científica". Eso es pedirles demasiado. La modestia y la humildad no suelen ser sus cualidades.
Entonces dicen que el liberalismo "ha existido y existe", aunque aclaran que "no totalmente". ¿En qué quedamos entonces? Caemos así en un juego infantil. Si Microsoft o IBM hacen avanzar a la computación a pasos agigantados financiando investigaciones, estamos ante las bondades del libre mercado. Pero si la Shell apoya dictaduras corruptas o Mc Donalds se carga bosques tropicales, es culpa del sistema intervencionista. Esto, por decir lo menos, es poco serio.
Notas
(1)Además, es necesario determinar cuáles son las condiciones necesarias para que ese estado funcione. Y si este modelo, relativamente exitoso en Europa, es aplicable en todo el Mundo.
(2)Sobre las diferentes cosmovisiones subyacentes a ambas corrientes, desde el punto de vista liberal es interesante el escrito "Conflicto de visiones" de Thomas Sowell, que se puede hallar en http://www.neoliberalismo.com/visiones.htm. Sobre las diferencias entre liberalismo y anarquismo, "Liberalismo y anarquismo" de Alfredo Vallota >. Sobre una posible aproximación entre ambas posturas, "Hacia un anarcocapitalismo de izquierda" de William Gilmore, http://www.puertasdebabel.com/cosanostra/filosofismas/hacia.htm.
(3)Sobre el experimento somalí, ver Van Notten, Michael. Anarcocapitalismo en la práctica: La critarquía en Somalia. http://www.puertasdebabel.com/cosanostra/pirateadas/somalia.htm
[editar] 6. El hermoso XIX y el terrible XX.
Emparentada con estos argumentos está la leyenda de "el hermoso XIX y el terrible XX". Esta fantasía histórica está más o menos implícita en el texto de Hayek que hemos mencionado (y en todo el libro), claramente formulada en un texto de Von Mises(1) que suele circular por internet y también, hasta donde recuerdo, en algún texto de Paul Johnson, periodista e historiador liberal especializado en hurgar en la basura de los intelectuales de izquierda, escribiendo algo así como "biografías no autorizadas" de Rousseau, Marx, Shelley, etc. (¿por qué no investiga la vida de Hayek, Mises o Poper? ¿eran santos?).
El argumento central es el siguiente. Después de las grandes revoluciones democráticas, el Mundo comenzó a marchar hacia el liberalismo. No era una sociedad plenamente liberal, pero se aproximaba a ese ideal. Algunos individuos, llevados por resentimientos y frustraciones personales, o porque eran antiguos absolutistas que querían tomarse una revancha, inventaron el socialismo, en sus múltiples formas. Como el Mundo es imperfecto, aprovecharon la pobreza que aún no había sido suprimida por el capitalismo para llevar agua para su molino. Después de un tiempo, se habían ganado a los intelectuales, o a la mayor parte de ellos. Los intelectuales arrastraron al "populacho" (palabras textuales de Von Mises), la opinión pública cambió. Y al cambiar, el Mundo comenzó a moverse hacia el socialismo.(2)
Como consecuencia de este cambio en las opiniones de la gente, el futuro de la humanidad está amenazado. La civilización puede ir a dar al traste. Los horrores del siglo XX son consecuencia del socialismo (las dos guerras mundiales, por ejemplo). Por el contrario, el siglo XIX, fue un siglo de progresos innegables. Sin ser una Arcadia, la libertad y la justicia avanzaban. La ciencia y la tecnología progresaban a pasos agigantados. Von Mises llega a decir que los conflictos internacionales eran mucho menos frecuentes y algunos optimistas entreveían una era de paz perpetua. Johnson declara que, antes del siglo XX y los grandes programas de ingeniería social fomentados por las ideologías totalitarias, a nadie se le hubiera ocurrido borrar del mapa, en forma fría y planificada, a toda una categoría de gente, como ocurrió con los kulaks en la Rusia de Stalin o los judíos en la Alemania de Hitler.
Lamento desempeñar el papel de aguafiestas pero, en primer lugar, el progreso científico y tecnológico no se ha detenido ni parece tener intención de hacerlo. Ellos responden que esto es por lo que queda de iniciativa privada, a pesar del incremento del intervencionismo. Pero entonces, de todos modos, el progreso técnico debiera haber mermado o haberse ralentado y no lo ha hecho.
En segundo lugar, el siglo XIX está lleno de guerras horripilantes y la carrera armamentista era una realidad tan viva como hoy. Realmente, esos optimistas de los que habla el profesor austriaco debían serlo en muy alto grado. La Guerra de Secesión, la Guerra Franco-Prusiana o la terrible Guerra de la Triple Alianza que enfrentó al Paraguay contra las fuerzas combinadas de Argentina, Brasil y Uruguay apoyadas por el Reino Unido, fueron guerras brutales, de exterminio, nada caballerosas, en las que todas las barbaridades de las guerras del siglo XX están anticipadas (bombardeo de poblaciones civiles, campos de concentración, etc.). En tercer lugar, la "ingeniería social" -si por este término entendemos el intento planificado y ejecutado desde arriba, por medios coactivos, de operar un cambio cultural, es decir, convertir a las personas en algo (buenos ciudadanos, buenos cristianos, buenos socialistas)- no es un invento del socialismo, sino que probablemente es tan antigua como la existencia del Estado y la dominación. ¿Qué fue la colonización de América sino un gigantesco programa de ingeniería social?
En cuarto lugar, intentos por borrar del mapa a toda una categoría de personas, conozco por lo menos tres (¡y exitosos!) ocurridos durante la maravillosa era liberal: El genocidio de los tasmanios (cometido por los súbditos de Su Graciosa Majestad, por lo que me resulta difícil de creer que el señor Paul Johnson desconozca el caso), el de los charrúas en Uruguay y el de los indios, en general, en Argentina, auspiciado por Domingo Faustino Sarmiento, a quien parece que el hecho de haber construido escuelas debe absolverlo de sus crímenes contra la humanidad.(3) Así pues, no se hable más de esta falsa dicotomía entre el XIX y el XX. Todos los horrores del siglo XX están anticipados en el XIX y aunque no se puede descartar la posibilidad de que las ideas hayan jugado un papel importante en el lamentable curso de los acontecimientos vigesémicos, lo cierto es que la tendencia venía desde antes. Las dos guerras mundiales, en realidad, continúan las guerras napoleónicas.
Notas.
(1) Von Mises, Ludvig. Introducción al liberalismo. http://www.puertasdebabel.com/cosanostra/pirateadas/introliber.htm
(2) La crítica que muchos liberales hacen al materialismo histórico marxista -o, por lo menos, a su versión más vulgar- es sumamente aguda. "El marxismo -dicen- considera las fuerzas productivas como una especie de motor ciego que actúa de forma automática. Ven al progreso como una cosa dada, sin detenerse a analizar las condiciones que hicieron posible ese progreso. Y entre esas condiciones juegan un papel decisivo las ideas dominantes y las medidas políticas que de ellas se deriven." De acuerdo en un 50%. Lamentablemente, con respecto al otro 50% parece que nos encontramos ante una nueva revolución copernicana. Del materialismo histórico pasamos al idealismo histórico. Aún a riesgo de caer en el pensamiento analógico, creo que lo mejor sería considerar a la sociedad o a la cultura como algo similar a un organismo, en que todos los componentes forman un sistema e interactúan recíprocamente. No podemos vivir sin estomago, pero tampoco sin cerebro ni pulmones ni huesos ni aparato circulatorio. El cerebro y el estómago se determinan e influyen mutuamente, y así en todos los órdenes.
(3)Imaginemos a un Hitler, cansado y viejo, yendo a morir a Rusia o a Israel. Pues, por absurdo que parezca, Domingo Faustino Sarmiento, que ordenó matar a los paraguayos en el vientre de sus madres, pasó sus últimos días en el Paraguay, sin que nadie lo molestara.
[editar] 7. La situación del proletariado en el siglo XIX.
En realidad, los liberales hacen un flaco favor a su propia causa al reivindicar el siglo XIX como una "era liberal". Además de los factores antes señalados, deben enfrentarse con los crudos datos de la historia. Las condiciones laborales en los albores de la Revolución Industrial eran, sencillamente, inhumanas en muchísimos casos. Hombres, mujeres y, con muchísima frecuencia, niños trabajaban hasta 16 horas (en forma muy similar a las condiciones que siguen existiendo hoy en el Tercer Mundo). ¿Cómo hacen los liberales para enfrentar esta evidencia? La respuesta suele ser la misma de siempre: Vivimos en un mundo imperfecto, la pobreza es natural, es imposible que todos mejoren por igual. Y precisan un poco más: 1) Cierto, esas condiciones eran malas, pero eran menos malas que las de sus antecesores, los vasallos, campesinos, pastores, artesanos y trabajadores manuales en general del mundo preindustrial. 2) Siendo malas, no podían ser mejores. Para el nivel de la época, para su desarrollo técnico y la escasez que no acababa de ser vencida, eran todo lo óptimas que podían ser. 3) Completan esta teoría desmereciendo las luchas sindicales, sociales, etc. que, según ellos, no influyeron en la mejora de las condiciones laborales. La jornada laboral se redujo y se dejaron de contratar niños sólo cuando una mayor inversión de capital lo hizo posible. Pero, en realidad, los puntos 1 y 3 son, en el mejor de los casos, verdades a medias. Y el punto 2 es simplemente indemostrable. Para poder hacerlo se debería viajar en una máquina del tiempo al pasado, visitar una fábrica y realizar un cálculo detallado de costos en materiales, salarios, etc. Imposible.
Además, la medida de una injusticia es ella misma. El hecho de que la opresión de los palestinos, comparada con la que sufrieron los judíos durante el Tercer Reich, sea "suave" (lo cual, por otro lado, es muy discutible) no significa que la situación de los palestinos sea buena. Igualmente, que la situación del obrero fuese menos mala que la de sus antepasados no significa que no sufriera injusticias o que estas deban ser disculpadas. Pero además, como dije, ésta es una verdad a medias. Tal vez los obreros tuvieran acceso a determinados bienes de consumo que sus ancestros no conocieran. Pero sus ancestros no trabajaban 16 horas diarias. Esto lo sabe cualquier historiador. Volviendo al punto 2, no sólo es indemostrable sino que, más bien, existen indicios que apuntan en una dirección contraria: La historia de Robert Owen, socialista utópico y padre del cooperativismo moderno es, a este respecto, sumamente ilustrativa. Era un rico industrial, un exitoso hombre de negocios. Compadecido de la suerte de sus empleados, decidió reducir la jornada laboral en su fábrica de 16 a 10 horas y no hacer trabajar más niños, sino, por el contrario, darles educación, así como dar permiso a las madres gestantes. Para sorpresa de sus competidores, siguió ganando dinero.(1)
Esto, simplemente demuestra que, desde principios del siglo XIX, era posible mejorar sustancialmente la situación del proletariado. Y no se hizo. Lamentablemente, no es suficiente que las cosas puedan mejorar para que mejoren. Es necesario que haya voluntad para ello (las fuerzas de producción no operan en forma automática, tal como ellos mismos nos lo recuerdan). A veces, la defensa de estas tesis asume un tono francamente grotesco: "Sostengo que vivir hasta los nueve años es mejor que morir a los cinco años"(2) dice Dean Russell, pero le podemos replicar "¿qué es peor, morir a los cinco por una epidemia o morir a los nueve por agotamiento físico?". Dice Eduardo García Gaspar que los capitalistas "pagaron salarios bajos y tuvieron largas jornadas laborales por causa de la mano de obra no calificada"(3). Da toda la sensación de que hubiera querido poner por culpa y que se hubiera contenido a último momento. Pero no lo sabemos.
La verdad es muy sencilla. Si una persona muere a los nueve años por exceso de trabajo y condiciones laborales insalubres, no estamos frente a una consecuencia de la mezquindad de la naturaleza sino de la mezquindad humana. No estamos frente a simple necesidad sino frente a coacción. Y los liberales, considerando sobre todo el énfasis que suelen poner en el libre albedrío y la responsabilidad personal, deben reconocer que aquí, en alguna parte, alguien ha cometido un crimen.
¿Cuál es el sustento teórico para estas afirmaciones? "En realidad -nos dicen- al empresario le conviene que su obrero prospere, del mismo modo que a los países ricos les conviene que los países pobres salgan de su pobreza." Jean-Baptiste Say estaba firmemente convencido de esto. Además de las razones más obvias que se nos ocurren (un obrero bien pagado trabaja mejor, se gana un cliente y se pierde un enemigo, etc.) parece que tienen otras (la teoría liberal es profusa, variada y, con frecuencia, interesante), y dicen que el salario del obrero no tiene relación con el beneficio del empresario o capitalista. En consecuencia, dicen, si los empresarios y capitalistas se portan mal, es porque no les queda otra. Cuando haya más riqueza, las cosas mejorarán.
Pero aquí entra vuestro humilde servidor, para desempeñar nuevamente el papel de aguafiestas y abogado del Diablo. Preguntaré, ¿le conviene al heroinómano autodestruirse? ¿Le conviene al suicida suicidarse? ¿Le convenía a Hitler desatar la Segunda Guerra Mundial, cuando es prácticamente imposible enfrentarse a todo el Mundo y vencer? Se les escapa a estos caballeros que la conducta humana, para bien o para mal (o para bien y para mal), no es siempre racional ni sensata (siempre es racional en el sentido de que tiene razones para actuar como lo hace, ya que, hasta donde se, no existen efectos sin causa). Se les escapa que el poder corrompe y también atonta y que, a quien Júpiter quiere perder, primero lo despoja de juicio.
Ante la evidencia, no les quedará más remedio que admitir que la conducta humana es, muchas veces, irracional y hasta autodestructiva. Pero parece que exceptuaran de esta comprobación a los empresarios, quienes siempre actúan "con la cabeza bien fría". Y esto es así, porque a pesar de sus afirmaciones en contrario, los liberales siguen presos de la visión reduccionista y esquemática del hombre como mero Homo Oeconomicus. Y, con una visión tan simplona, que no alcanza, en modo alguno, para realizar una aproximación más o menos afortunada a la complejidad de la vida humana y social, cometerán los errores que son de esperarse.
Y a esto, hay que agregar que, lamentablemente, parecen tener muchas ganas de legitimar el Statu Quo. ¿Será puro masoquismo? Imposible saberlo.
Notas
(1)Sobre la historia de Robert Owen y los orígenes del cooperativismo esperamos publicar pronto un texto en este sitio web.
(2)Russell, Dean. Cómo terminar con la pobreza http://www.accionhumana.com.ar/cmo.htm
(3)García Gaspar, Eduardo. Carta 3. Mises L. Lo que está detrás de las leyes laborales. http://www.ama-yi.org/carta.php?id=3 <http://www.ama-yi.org/carta.php?id=3>

