Marx y Proudhon: revolución política y revolución económica
De Anarcopedia
Marx y Proudhon: revolución política y revolución económica
por Langlois
La lucha ideológica entre Marx y Proudhon dividió la actividad de los trabajadores en dos grandes doctrinas: el comunismo y el anarquismo. Lo que en un principio los definía y diferenciaba era su perspectiva sobre el cambio social: por un lado, la acción política y la revolución violenta, y por el otro, la acción voluntaria y la libre asociación. Con Bakunin, no obstante, este último aspecto se vería esfumado y el anarquismo y el comunismo compartirían la misma ruta de ataque: la revolución social, aunque diferirían en la dirección en la que había que dirigirla, si hacia la destrucción del Estado o hacia la apropiación del mismo.
Sin embargo, esta visión y aceptación de la revolución violenta por parte de muchos anarquistas contradice totalmente los fundamentos del anarquismo, cuyo eje es la teoría anarquista que estamos intentando desarrollar retomando la doctrina proudhoniana y que comenzamos esbozando brevemente en el último artículo Sobre el anarquismo y la teoría anarquista. Engels lo ha explicado mejor que nadie:
¿No han visto nunca una revolución estos señores? Una revolución es, indudablemente, la cosa más autoritaria que existe; es el acto por medio del cual una parte de la población impone su voluntad a la otra parte por medio de fusiles, bayonetas y cañones, medios autoritarios si los hay; y el partido victorioso, si no quiere haber luchado en vano, tiene que mantener este dominio por medio del terror que sus armas inspiran a los reaccionarios. [Friedrich Engels, De la autoridad, Almanacco Repubblicano per l'anno, 1874].
Aquí intentaremos realizar un contraste profundo entre la idea que Marx y Proudhon presentaban sobre la emancipación del proletariado y de dónde deducían tales ideas, los medios por los cuales los trabajadores debían realizar dicha emancipación, hacia donde ha conducido cada doctrina, los obstáculos con los que se han encontrado, y realizaremos un balance analítico al final del escrito.
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[editar] El materialismo histórico
Uno de los aportes principales y más valiosos del marxismo ha sido lo que Georgi Plejánov denominaría “materialismo dialéctico”, del cual se deduce el materialismo histórico. Consiste en una forma sumamente interesante de concebir el desarrollo económico e histórico de las sociedades que parte de la dialéctica hegeliana. No discutiremos aquí la validez de tal método, sino que lo sintetizaremos brevemente con el fin de aclarar las doctrinas marxistas que analizaremos a continuación.
Hegel indicaba que todo se hallaba sujeto a cambio, y que este cambio se daba mediante “oposición de contrarios”, lo cual daba dinámica a la Historia. El proceso comienza con una afirmación, la cual da nacimiento a su propia contradicción, su negación. Esta contradicción daría lugar a una superación de ambas instancias mediante la negación de la negación o unidad de contrarios: la síntesis, la cual se convertirá en una nueva afirmación, desencadenando nuevamente el proceso. Para la dialéctica “no hay nada definitivo, nada absoluto, nada sagrado; ella nos muestra la caducidad de todas las cosas y en todas las cosas, y para esta perspectiva no sino existe proceso ininterrumpido del devenir y de lo provisorio” [Georges Politzer, Principios elementales de la filosofía, 1935-36]. Es decir: todo cambia, menos la ley eterna del cambio.
Hegel aplicaría una visión idealista a la Historia siguiendo el método dialéctico, y concluiría que el factor de movimiento de la misma era la “lucha” entre naciones y sus grandes líderes. Marx y Engels reaccionarían contra esto y, tras declarar que la filosofía de Hegel “estaba de cabeza” y que había que “ponerla al derecho”, eliminarían el idealismo sustituyéndolo por una visión materialista de la Historia. Así, afirmarían que los movimientos históricos de la organización social se hallan determinados por su estructura económica, más concretamente por su modo de producción, el cual a su vez determina la superestructura ideológica. El modo de producción comprende la forma en que se produce y la forma en que se distribuyen los bienes. De esta forma, la sociedad se hallaba determinada por la división clasista que generaba la apropiación por algún grupo social de los medios de producción, y esta división en clases es la que daba lugar a la lucha entre ellas. Este importante avance respecto de la visión de Hegel podría considerarse la principal aportación filosófica del marxismo, aunque a mediados del siglo XX los diversos movimientos nacionalistas y populistas se autoproclamaban seguidores del marxismo cuando habían retrocedido un gran paso de vuelta hacia Hegel. Ejemplo claro de esto, por citar uno, es el de los numerosos trabajos del argentino Juan José Hernández Arregui, defensor ideológico del peronismo de izquierda.
En el capitalismo, el modo de producción y la lucha de clases se desarrollan de la siguiente manera: la burguesía es la clase poseedora de los medios de producción, mientras que el proletariado, despojado de este “privilegio”, se ve en la necesidad de vender su fuerza de trabajo. La producción, dirigida por los capitalistas, consiste en la producción de mercancías en la búsqueda de beneficios; y la distribución se halla determinada por el intercambio de dichas mercancías bajo las los vaivenes de la oferta y la demanda.
[editar] La emancipación de los trabajadores según Marx
En Marx, el trabajador es el encargado de llevar a cabo la misión histórica de transformar la sociedad en que vive: debe destruir el capitalismo, instaurar el socialismo y preparar el terreno para el comunismo. El trabajador no busca satisfacer su interés propio, ni que su clase alcance cierto grado de bienestar; sino que una vez que es “conciente” de su tarea, busca liberar a la humanidad entera.
Marx y Engels, cuando se refieren a la “conciencia de clase” del proletariado, se refieren a la capacidad del mismo de percibir sus intereses —aparentemente, el obrero no conoce, en un primer momento, sus intereses; éstos deben ser “descubiertos” o “adquiridos”— y la capacidad de luchar por ellos. Podría decirse que el proletariado debe desarrollar, a lo largo del proceso capitalista y mediante intensas luchas y experiencias, su capacidad potencial de convertirse en clase dominante, de gobernar.
¿Cómo se desarrollan estas luchas? ¿Cómo va adquiriendo el proletariado su “conciencia de clase”? Más específicamente, ¿cómo se mueve y debe moverse como clase contra la burguesía bajo el capitalismo? Pues, confrontándola directamente: exigiendo mejoras en su calidad de vida, en sus condiciones de trabajo, salarios más altos, etc. En efecto, lo que ha venido haciendo desde que se implantó el sistema capitalista. La huelga, las exigencias para la reducción de la jornada laboral, la acción sindical, la obtención del sufragio universal, todo esto implica una confrontación cara a cara con la clase dominante. Cada vez que la clase trabajadora lograba tomar una tajada cada vez más grande del pastel social, era visto como una “victoria” por Marx y Engels, un paso más hacia el socialismo.
Esto nos introduce en el concepto de la dictadura del proletariado, la clase trabajadora erigida en dominante. Las luchas descritas en el párrafo anterior, según el marxismo, tienden a intensificarse cada vez más a medida que el capitalismo cae en crisis constantemente; lo que deviene en una confrontación final: la revolución social. Aquí, el proletariado industrial —y sólo el industrial, ya que es la clase históricamente destinada a ello y la única con conciencia revolucionaria— se levanta contra la burguesía y toma el aparato estatal. Es el momento en donde las experiencias adquiridas rinden sus frutos, y en donde queda en evidencia el potencial histórico del proletariado. Pero cuando decimos “tomar el aparato estatal” estamos siendo imprecisos en lo que a teoría marxista estricta se refiere. En realidad, los trabajadores “destruyen” el viejo aparato burocrático y militar y lo sustituyen por otro nuevo, un gobierno obrero, y que, como es obrero, es “democrático”. Sin embargo, dejaremos pasar estas cuestiones detalladas porque se supone que los trabajadores reemplazarán la burocracia capitalista por “delegados revocables” y el complejo militar burgués por el “pueblo armado”, con lo cual no se da un cambio muy sustancial ni profundo, sino que varían los intereses que el Estado debe salvaguardar y quién lleva a cabo esa tarea, pero el aparato en sí permanece intacto. Claro que podremos admitir esto si nos desligamos de la idea marxista de que el Estado es un simple artefacto de dominación de clase, comprendiendo que por Estado se entiende una clase o núcleo social en sí mismo con facultades de autoprivilegio.
La dictadura del proletariado constituye el puntapié inicial del sistema socialista, que tiene serias e importantes implicancias en el complejo teórico del marxismo, muchas de las cuales no han sido lo suficientemente desarrolladas. El significado de la expresión “dictadura del proletariado”, dada su ambigüedad, se ha visto manipulado, tergiversado y malinterpretado, y en parte esto es responsabilidad exclusiva de Marx y Engels por no haber sido lo suficientemente precisos. Esto se debe a que consideraban todo desarrollo teórico de los sistemas socialista y comunista futuros como “utópicos”, pero el haberse negado a describir mínimamente la sociedad del porvenir ha permitido que su doctrina se prestada a todo tipo de lecturas —de allí las innumerables divisiones del marxismo en leninismo, stalinismo, socialdemocracia, consejismo, diversos movimientos nacionalistas de mediados de siglo XX, etc. Así que trataremos de ser cuidadosos en el sentido que demos a este concepto.
Ya hemos dicho que la dictadura del proletariado consiste en la transformación de la clase trabajadora en clase dominante, derrocando a la burguesía del poder mediante la toma del aparato estatal y la apropiación y centralización de los medios de producción en manos de la clase trabajadora. Respecto a este último punto, es bastante claro por sí mismo en un primer instante, pero cuando nos acercamos un poco vemos que es igual de ambiguo que los otros. Marx y Engels, por el término “medios de producción” entienden, podría decirse, las manufacturas, los bienes producidos destinados a producir bienes, y que estos deben ser apropiados por los trabajadores. Pretenden darle un significado rígido, pero si nos ponemos un ejemplo de lo más cotidiano vemos que carece de sustancia: la industria productora de hornos considera el horno —bien final— su producto; pero al vender ese producto a un panadero, éste lo considera como su medio de producción para producir pan. ¿Cuál de los dos “medios de producción” debería pasar a ser propiedad de la sociedad en su totalidad? Es probable que el marxismo afirme que ambos. Entonces ya no hablamos de socialización de los medios de producción, sino se socialización de los bienes en su totalidad, y la posterior distribución de los bienes de consumo directo según criterios determinados por la comunidad. Pero estas confusiones terminológicas son habituales en una doctrina que desprecia y deja de lado de tal manera la subjetividad de los individuos: ya lo hemos visto en la teoría laboral del valor.
Los demás aspectos se encontraban formulados de manera bastante vaga hasta la Comuna de París de 1871, suceso del cual Marx y Engels extrajeron varias “enseñanzas”, ya que consideraban que la acción revolucionaria del proletariado comenzaba a mostrarse bajo su verdadera forma: “El París de los obreros” —sentencia Marx— “con su Comuna, será eternamente ensalzado como heraldo glorioso de una nueva sociedad. Sus mártires tienen su santuario en el gran corazón de la clase obrera” [Karl Marx, La guerra civil en Francia, 1871]. Como ha dicho Lenin, según el credo marxista la Comuna “es la forma descubierta, al fin por la revolución proletaria, bajo la cual puede lograrse la emancipación económica del trabajo” [Vladimir I. Lenin, El Estado y la revolución, 1917]. Este hecho histórico es considerado como un “modelo” a seguir, como una muestra de lo que será el futuro socialista.
La Comuna estaba formada por los consejeros municipales elegidos por sufragio universal en los diversos distritos de la ciudad. Eran responsables y revocables en todo momento.
La mayoría de sus miembros eran, naturalmente, obreros o representantes reconocidos de la clase obrera. La Comuna no había de ser un organismo parlamentario, sino una corporación de trabajo, ejecutiva y legislativa al mismo tiempo. En vez de continuar siendo un instrumento del gobierno central, la policía fue despojada inmediatamente de sus atributos políticos y convertida en instrumento de la Comuna, responsable ante ella y revocable en todo momento. Lo mismo se hizo con los funcionarios de las demás ramas de la administración. Desde los miembros de la Comuna para abajo, todos los que desempeñaban cargos públicos debían desempeñarlos con salarios de obreros. Los intereses creados y los gastos de representación de los altos dignatarios del Estado desaparecieron con los altos dignatarios mismos. Los cargos públicos dejaron de ser propiedad derivada de los testaferros del gobierno central. En manos de la Comuna se pusieron no solamente la administración municipal, sino toda la iniciativa llevada hasta entonces por el Estado.
[…] la Comuna tomó medidas inmediatamente para destruir la fuerza espiritual de represión, el “poder de los curas”, decretando la separación de la Iglesia del Estado y la expropiación de todas las iglesias como corporaciones poseedoras. Los curas fueron devueltos al retiro de la vida privada, a vivir de las limosnas de los fieles, como sus antecesores, los apóstoles. Todas las instituciones de enseñanza fueron abiertas gratuitamente al pueblo y al mismo tiempo emancipadas de toda intromisión de la Iglesia y del Estado… [Karl Marx, op. cit.]
Hemos señalado en cursiva los fragmentos que nos demuestran las primeras medidas tomadas por la Comuna. Como vemos, se trata de medidas puramente políticas: las definiciones de los cargos, las retribuciones de los mismos, el papel de la Iglesia, de la educación, etc. Estas medidas podrían haberse tomado con toda tranquilidad bajo el capitalismo —de hecho, ya hay varias que han sido decretadas— sin afectar el “modo de producción” en el cual se desarrollan. En efecto, como explicaremos más adelante, no existe ningún cambio, más allá que en términos de distribución, entre el capitalismo y el socialismo en lo que respecta al modo de producción, justamente el eje central del cambio revolucionario.
Sin embargo, Marx y Engels extrajeron una enseñanza fundamental de la experiencia de la Comuna y su caída, y es que “la clase obrera no puede limitarse simplemente a tomar posesión de la máquina del Estado tal como está, y a servirse de ella para sus propios fines” [Karl Marx, op. cit.]. La clase obrera debía destruir, si quería llegar y mantenerse en el poder, todas las instituciones burguesas de opresión. La Comuna de París reveló que la revolución social no podía triunfar sin una fuerte organización política de escala nacional e internacional; la victoria del socialismo exigía, por parte de los obreros, una preparación casi militar. Los proletarios no pueden esperar que triunfen sus objetivos con piedras y palos, como en la Revolución Francesa, que en gran parte dependió de la fuerza numérica de los pobres. De otra forma, las fuerzas de la burguesía la superarían, como efectivamente sucedió en 1871 [Richard E. Rubinstein, Alquimistas de la revolución, 1987]. Por ello, una vez en el poder, los trabajadores deberán utilizar el Estado como aparato de represión y dominación de clase que es contra la burguesía y sus instituciones para acabar con las diferencias de clase y así poder encaminar la sociedad al comunismo, la sociedad sin clases, y por ende, sin Estado.
Dijimos más arriba que bajo el socialismo, pese a todos los intentos del marxismo de querer hacerlo pasar por una revolución acorde al materialismo histórico, presenta un modo de producción similar al capitalista. Bajo el capitalismo, el modo de producción comprende una división entre propietarios de los medios de producción y desposeídos y la distribución se determina por el intercambio de mercancías. Bajo el socialismo, la distinción en propietarios de los medios de producción y desposeídos persiste: la única diferencia consiste en que hay un propietario único, pero esto es simplemente una diferencia de grado, como lo hay en el mercado entre monopolio y oligopolio. El propietario exclusivo de los medios de producción es el “cuerpo social” trabajador. Cualquier elemento extraño o ajeno al mismo se haya excluido de ejercer posesión sobre los mismos, como lo es, por ejemplo, la burguesía o los trabajadores sin conciencia de clase. Y si nos apegamos a la lectura del marxismo “vulgar”, para fines prácticos la propiedad “socializada” es equivalente a la propiedad estatal, con lo cual la mayoría de los trabajadores se verían excluidos de la toma de decisiones central, con lo cual ya no es propiedad suya estrictamente hablando. La distribución, en cambio, se determina según los mandatos de “la sociedad en su conjunto”, es decir, cuerpos de delegados representantes de los proletarios, elegidos por ellos y “revocables en todo momento”. Quiere decir que la única diferencia entre capitalismo y socialismo, hablando en términos rigurosamente marxistas en lo que al modo de producción respecta, eje estructural de toda organización económica, ¡es una “redistribución” del ingreso! Entendiéndolo así, podemos afirmar que el modo de producción socialista sólo es una forma “deformada” del capitalista, sólo que más centralizado y “equitativo”. Esto queda demostrado por el hecho de que Marx y Engels, concibiendo al Estado como una entidad “subsidiaria” de la estructura económica, sea el objetivo principal de apropiación por parte de los proletarios, para luego poder expropiar y centralizar los medios de producción. ¿Según el materialismo histórico, el proceso causal no debería ser al revés? Otra de las tantas preguntas que el marxismo ha dejado sin contestar.
[editar] La emancipación de los trabajadores según Proudhon
La emancipación de los trabajadores, en Proudhon, es puramente económica, y no tiene en cuenta el elemento político sino como una herramienta más de esa emancipación económica. Para Proudhon, la independencia y liberación de los proletarios consiste en que éstos sean propietarios del producto íntegro de su trabajo. Esto se desprende en gran medida de sus teorías económicas, y más concretamente de sus estudios sobre el valor. Analicemos esto más de cerca.
La medida del valor de un bien en Proudhon, al igual que en todos los socialistas, procede de la cantidad de trabajo que conlleva producirlo. De ello deduce que, entonces, es un “derecho natural” del trabajador poseer el bien, puesto que él lo ha creado con su labor y le ha conferido valor. En el artículo El socialismo y la competencia ya hemos detallado la influencia fundamental que ha tenido esta idea sobre el origen del socialismo como doctrina, procedente de David Ricardo, el cual concebía que esta cualidad del valor de los bienes se expresaba en los precios por medio de la competencia. Muchos socialistas habían dejado de lado ese punto, pero Proudhon —entre otros—, lo incluyó en sus teorías, por otros medios, claro está.
Siendo que toda desviación de los precios de su costo de producción se debe a algún cierto grado de monopolio, se deduce que la competencia —“la guerra contra los monopolios” como la ha llamado Proudhon—, sea el medio por el cual se cumple la ley del valor. La medida de la liberación de la competencia, que evidentemente beneficiaría a la clase trabajadora ya que le permitiría a estos llegar a ser propietarios de los medios de producción y del producto íntegro de su labor —como explicaremos más adelante—, ha sido calificada por Engels como “pequeño-burguesa”.
Puesto que se sabe que el trabajo constituye la medida de las mercancías… el pequeño burgués, cuyo trabajo honrado —aún cuando no sea más que el de sus obreros o el de sus aprendices— pierde diariamente cada vez más valor a consecuencia de la competencia de la gran producción y de las máquinas, sobre todo el pequeño productor, han de desear ardientemente una sociedad en la cual el cambio de los productos conforme a su valor de trabajo sea una realidad plena y sin excepción… [Friedrich Engels, Prefacio a la primera edición alemana de Miseria de la Filosofía, de Karl Marx, 1847]
Engels, que no comprende la verdadera acción de la competencia y que al parecer sabe como piensa la pequeña-burguesía mejor que ella misma, no llega a entrever como esta puede conducir a la emancipación del proletariado permitiéndole acceder a los medios de producción y al producto de su trabajo: “quiero que el trabajo esté comanditado por el capital, y que todo trabajador pueda llegar a ser empresario y privilegiado…” [Pierre-Joseph Proudhon, Filosofía de la miseria, 1846]. En efecto, mediante la libre competencia aplicada al capital, los precios tienden a acercarse al costo de producción y los salarios a elevarse, reduciendo al mínimo el margen de beneficio, y permitiendo al asalariado independizarse adquiriendo los medios de producción del capitalista mediante la asociación de ahorros. Por lo que la acusación de Engels, psicologismo aparte, carece de fundamento.
Pero la destrucción de las barreras impuestas al libre comercio no basta. Al trabajador también debe permitírsele acceder al crédito para poder ser propietario de los medios de producción, un crédito gratuito que no esté deformado por la influencia adversa del oro y el dinero metálico, que constituyen “un cerrojo del mercado”. Si el dinero se convirtiera en un simple medio de cambio, y no de acumulación; si fuera una herramienta de agilización y facilitación del comercio, el interés sobre los préstamos de capital se reduciría notablemente. Para ello resulta necesario que el Estado desregularice el sistema bancario, permitiendo la libre competencia entre los mismos ya que, en definitiva, “si el negocio de la banca fuera libre para todos, cada vez entrarían en él más y más personas hasta que la competencia reduciría las tasa de interés de los préstamos al costo del trabajo de gestionar el préstamo” [Benjamin Tucker, Socialismo de Estado y Anarquismo: en qué coinciden y el qué difieren, 1886]. Proudhon, además, propuso la creación de una “banca popular” o banco del pueblo, en donde las mercancías se intercambiarían directamente entre productor y consumidor —de los cuales podemos encontrar un ejemplo explícito en los “mercados del trueque” generados espontáneamente en Argentina tras la caída del peso hacia el año 2000, que no se disolvieron hasta que el Estado decidió intervenirlos—, una forma radical de reestablecer el truque y evadir la influencia negativa de la moneda estatal.
La visión proudhoniana de la emancipación de los trabajadores está basada, entonces, en la posibilidad de estos de convertirse en empresarios y dejar atrás su posición de asalariados, de ser propietarios exclusivos de sus propias empresas, de intercambiar libremente sus productos según el esfuerzo que implica producirlos, el crédito mutuo y las organización voluntarias como las cooperativas, tanto de consumo como de producción. Esta visión podría decirse que fue la que socialistas utópicos como el filántropo inglés Robert Owen intentaron llevar a cabo dentro del capitalismo mismo, podría decirse que es un “precursor” del mutualismo propiamente dicho. Ambas visiones comparten la idea principal de que la economía organizada bajo los intereses del trabajador debe intentar “sortear el capitalismo” y no destruirlo, es decir, actuar pacíficamente al margen del mismo.
La doctrina de Owen era una religión de la industria, cuyo portador era la clase obrera. La riqueza de sus formas e iniciativas ha sido hasta ahora inigualada. Esta doctrina ha significado prácticamente el comienzo del moderno movimiento sindical. […] Sus actividades se centraban en la educación y en la propaganda, así como en el comercio; tenían como finalidad la creación de una nueva sociedad a través de la asociación de sus esfuerzos… al satisfacer unos las necesidades de los otros se creía que los artesanos iban a emanciparse del influjo aleatorio del mercado; más tarde se recurrió a los bonos de trabajo que conocieron una notable difusión. […] La primera organización nacional de productores con fines sindicalistas ha sido la Operative Buildders Union, que intentó reglamentar directamente el trabajo de la construcción al crear “construcciones a más amplia escala”, al introducir una moneda propia y al demostrar que existían los medios para llevar a cabo con éxito la “gran asociación para la emancipación de las clases laboriosas”. Las cooperativas de trabajadores industriales del siglo XIX provienen de este proyecto. A partir del sindicato o de la guilda de obreros de la construcción y de su “parlamento” nació la Consolidated Trades Union, todavía más ambiciosa, que, durante un corto espacio de tiempo, contó con más de un millón de obreros y artesanos en su federación libre de sindicatos y sociedades cooperativas. Su idea consistía en hacer una revolución industrial por medios pacíficos, lo que nos parecerá contradictorio si recordamos que en el alba mesiánica del movimiento de los trabajadores la conciencia de su misión se consideraba que confería a sus aspiraciones un carácter irresistible. […] La idea de la resistencia no violenta se encontraba plenamente desarrollada en el interior de estas instituciones. [Karl Polanyi, La gran transformación, 1944]
En efecto, ambas visiones, la proudhoniana y la oweniana, coinciden en que la emancipación del proletariado no se logra mediante la toma del control estatal, más bien para ellos quien estuviera en el poder les resultaba indiferente; sino que se conseguiría mediante la libre asociación y la cooperación voluntaria entre los obreros, “construyendo una sociedad nueva en la cáscara de la nueva”. Estos métodos a menudo se han denominado como “contraeconomía” o “contrapoder”. La “revolución” de este tipo es meramente económica.
[editar] La dictadura del proletariado y la economía paralela
Luego de analizar cada perspectiva, ¿qué nos queda? Nos quedan delimitadas claramente, dos visiones y métodos de acción del proletariado para emanciparse y alcanzar el bienestar que le es negado bajo las actuales condiciones del capitalismo —que de todos modos, como hemos demostrado en otros artículos, no es inherente al capitalismo sino una deformación del mismo por factores externos.
La primera es la marxista, que sentencia que los trabajadores no conocen sus intereses históricos y que deben “adquirirlos” mediante la lucha encarnizada, directa contra los capitalistas; y que dichos intereses consisten en la transformación de toda la sociedad y nada menos que la liberación de la humanidad. La segunda es la proudhoniana, que afirma que el trabajador sólo está interesado en mejorar su situación económica y de ser posible, ser el propietario de sus condiciones de trabajo. Queremos suponer que en este ámbito el que nos dirá cuáles son los intereses del obrero… ¡será el obrero mismo!
Según Marx, el trabajador deberá, no sólo luchar directamente contra la burguesía, exponiendo su integridad a ello, sino que deberá prepararse para convertirse en clase dominante, en organizarse en unidades de batalla, deberá preocuparse en administrar la economía socialista junto con sus iguales, deberá estar listo para ejercer política periódicamente mediante la elección de delegados, juzgar si deben permanecer en su cargo, si representan sus intereses, si deben revocarlos, si la marcha de la sociedad conduce hacia el comunismo, y, por supuesto, deberá estar mentalmente preparado para alzarse en armas contra cualquier acción contrarrevolucionaria de la burguesía. Según Proudhon, el trabajador debe y deberá preocuparse sólo por sí mismo y sus condiciones de vida, para lo cual deberá asociarse necesariamente con sus iguales, buscando en conjunto reunir los suficientes fondos para adquirir los medios de producción o simplemente recurrir al crédito mutuo. Queremos creer que para el trabajador resultará mucho menos desgastante, sencillo, familiar y hasta cotidiano el segundo método.
La estrategia marxista ni siquiera se deduce del materialismo histórico. El proletariado no se emancipa económicamente hasta que no obtiene el poder político, cuando metodológicamente debería constituirse en clase dominante en la esfera económica para que la superestructura política se acomode a tal situación. Marx cree cambiar la sociedad porque el Estado es controlado por obreros en vez de funcionarios burgueses. Cree modificar las cosas por cambiar su nombre. La estrategia proudhoniana no sólo conduce a la libertad económica de los obreros mediante la contraeconomía independientemente de quien detente el poder político, sino que también se deduce claramente de los principios libertarios de la teoría anarquista, es decir, es fruto de las relaciones no coactivas ni autoritarias. Sorprendentemente, muchos de los que se autodenominan “anarquistas” han olvidado este punto, adoptando una posición casi pasiva, a la espera de una sagrada revolución que algún nos caerá sobre nuestras cabezas.
No sólo en teoría el marxismo se muestra poco consecuente con los intereses de los obreros y estéril, sino en la práctica y de ello nos da evidencia la historia. En efecto, hay que remarcar que los métodos de acción decretados por Marx como fenómenos conducentes a la destrucción del capitalismo y al socialismo, tales como la huelga, el reclamo por mejores condiciones de trabajo, de salario y de jornada laboral, no ha beneficiado en lo más mínimo la conciencia revolucionaria del proletariado. Es más, ha sido la consecución de estos objetivos por parte de los trabajadores lo que les ha conferido una condición que los mismos Marx y Engels llamarían “aburguesada”, en el sentido de que, una vez obtenidos estos logros, la clase obrera se amansa y se inclina por el conformismo. El sorprendente apoyo de los trabajadores hacia la intervención del “Estado burgués” ha menudo es una causa directa del cumplimiento de estas exigencias.
Por último, el surgimiento de la socialdemocracia y del leninismo no son más que demostraciones de que el supuesto “movimiento revolucionario” del proletariado no es tal ni se manifiesta espontáneamente, es decir, como algo intrínseco al capitalismo, ya que ambos sostienen la necesidad de un elemento externo a la clase trabajadora que la vuelva conciente de sus intereses históricos y la conduzca al socialismo. En la socialdemocracia a menudo esta posición se ha visto adoptada por un rechazo casi moral a la revolución, optando por el reformismo gradual y el parlamentarismo; y en el leninismo, está noción de que el proletariado queda “estancado” en el tradeunionismo si no es dirigido externamente es explícito —en este caso, el elemento extraño es la “vanguardia” del partido.

