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Las crisis económicas según Marx

De Anarcopedia

Economía neoanarquista

Las crisis económicas según Marx [*]
por Langlois [1]

La teoría de las crisis de Karl Marx es, en última instancia, una teoría de los desequilibrios del mercado, porqué se producen y cómo afectan a la economía y al futuro del capitalismo. Sin embargo, cae en un error fundamental, que afecta todo su análisis, y es la consideración de que las crisis cíclicas son algo inherente a la economía de mercado. En realidad,

[…] las crisis económicas no son un resultado inevitable de la economía de mercado, sino que, por el contrario, son un resultado de que se haya concedido por los gobiernos un privilegio para que los bancos actúen al margen de los principios tradicionales del derecho de propiedad, que tan vitales son para la economía de mercado, en relación con el depósito a la vista de dinero.



Cuando Huerta de Soto nos habla de los “principios tradicionales del derecho” se refiere, más indirectamente, a la no intervención o regulación de la economía por parte del Estado. Marx, equivocadamente, busca la raíz de las crisis en las relaciones del mercado —dado que, al parecer, tenía tantos prejuicios contra el comercio como la Iglesia en la Edad Media—, llevándolo a un análisis superficial y contradictorio del capitalismo. Sin embargo, coincide en un punto crucial con la teoría austriaca de los ciclos económicos, y es en uno de los aspectos claves de los mismos: la desproporcionalidad de las fuerzas productivas, “exceso de producción de los medios de producción”, lo que conduce a una mala asignación de recursos y a la consiguiente depresión de la economía.[1]

Para comprender la teoría de las crisis en Marx, es necesario previamente entender la “ley del valor”, es decir, la teoría del valor-trabajo. Esta sostiene que el valor de todos los bienes está determinado por el trabajo, más precisamente, por la cantidad de tiempo de trabajo socialmente necesario que lleva incorporado dicho bien, y que en los intercambios existe una “equivalencia” entre los valores de los productos que se cambian. Según esto, el intercambio no puede producir beneficios: se poseerá la misma cantidad de valor tanto si se efectúa la transacción como si no. Sin embargo, la fuerza de trabajo, siendo una mercancía única, al ser enajenada, intercambiada —mediante relaciones asalariadas características del capitalismo— produce un valor de uso mayor que su valor de cambio. El valor de cambio de la fuerza de trabajo se halla determinada por el trabajo que cuesta mantener vivo al obrero, lo necesario para su subsistencia; mientras que el valor de uso produce mercancías de mayor valor. Esta diferencia es la que Marx denominó plusvalía, y es el trabajo no pagado y apropiado por el capitalista.

Los movimientos del mercado se encuentran limitados por esta ley del valor: (1) sólo el trabajador y su fuerza de trabajo producen valor; (2) la suma total del tiempo de trabajo social es repartida entre beneficios capitalistas y salarios, por lo cual, cuanto más corresponda a uno, menos corresponderá al otro; (3) y el salario, mientras tanto, no puede caer por debajo de su valor, ni tampoco alcanzar un punto tal que elimine los beneficios echando abajo el sistema capitalista. Luego de entender esta ley del valor, podemos pasar a conocer el análisis que el marxismo hace del capitalismo.

El sistema capitalista tiene su base en la producción de mercancías, la cual posee una doble finalidad: la satisfacción de las necesidades del consumidor, y la producción de beneficios para el propietario del capital. Este capital se halla compuesto por dos partes: el capital constante, que es la parte que se invierte en materias primas y maquinaria; y el capital variable, que es la parte destinada a la fuerza de trabajo. Siendo que sólo el trabajo produce valor, se deduce de ello que en las industrias en donde el capital constante es mayor al capital variable, los beneficios del capitalista deben ser mayores. Por ejemplo, un capital constante mayor puede involucrar la adquisición de más maquinaria, la cual aumenta la productividad del trabajo y le permite al capitalista disminuir el precio de su mercancía. Los precios descienden por contener menor cantidad de trabajo incorporado, y con ellos los beneficios.

La masa de capital en aumento determina las futuras cantidades de plusvalía que serán necesarias para continuar la expansión del mismo. Por otro lado, la masa de capital también depende de la masa de plusvalía, por lo que es natural que los capitalistas busquen acrecentar la masa de trabajo no pagado. Sin embargo, la competencia entre capitalistas fuerza a los mismos a tratar de hacer descender los precios de sus productos. Dado que esto produce una baja en los beneficios, buscarán aumentar la productividad del trabajo mediante la incorporación de los avances tecnológicos disponibles y así reducir la cantidad de asalariados a sostener, lo que relaciona los ciclos económicos con los “ciclos” de la técnica. Esto significa que disminuirán los costos de producción y con ellos los precios, ya que hay un aumento del capital constante en comparación del capital variable, lo que determinará una tasa de beneficio decreciente.

La incorporación de la maquinaria tiene dos efectos, uno sobre la demanda de trabajo y otro sobre la competencia. El primero significará una disminución de la cantidad de fuerza de trabajo. Como ya hemos explicado en otro artículo, la maquinaria incrementa la productividad del trabajo, es decir, que si para producir 10 antes se necesitaban 8 unidades de trabajo, con la nueva maquinaria ahora se necesitan tan solo 4. La demanda de obreros será menor, y muchos quedarán desempleados, alimentando el “ejército industrial de reserva”. La segunda consecuencia, es que la maquinaria es adquirida primeramente por los grandes capitalistas, y gracias a ella pueden disminuir sus costos de producción y sus precios por debajo de los de sus competidores más pequeños. Así, los capitalistas pequeños quiebran, y sus pequeñas empresas pasan a manos de los grandes capitales, generando así una concentración del mercado.

En estos fenómenos se encuentra la semilla de la catástrofe capitalista. Dada la concentración de capitales, la disminución de los beneficios —ya que se emplean cada vez menos trabajadores, y recordemos que sólo el trabajo produce valor— y que es más difícil producir plusvalía, la multitud de obreros desocupados y como consecuencia de esto último, el menor consumo; se producen una serie de quiebras por la insuficiente “valorización” de los medios de producción. Hay un exceso de oferta de medios de producción en relación a la demanda de mercancías, lo que deviene en la llamada superproducción. Nos encontramos en el punto central de la crisis, la depresión económica, el derroche de recursos; que, sin embargo, es pasajera. Una vez que la maquinaria se “generaliza” en el mercado y su valor se desprecia, la mayoría de los capitalistas acceden a ella —aunque el número de los mismos ha decrecido en cierta manera, dada la concentración del mercado producida por la competencia anterior. La mano de obra desocupada es reabsorbida, aparece nuevamente la plusvalía y el proceso se reanuda. Pero la naturaleza del movimiento del sistema capitalista lo llevará por el mismo camino: competencia para adquirir trabajadores, beneficios decrecientes, introducción de maquinaria, concentración de capitales, producción de plusvalía decreciente, insuficiente consumo, y finalmente, crisis. Y esta última golpeará más fuertemente que la anterior y conducirá a un mayor grado de concentración de capitales, hasta que el capitalismo llegue a su fin.

Destaquemos los numerosos errores que comete Karl Marx en su explicación de los ciclos económicos. No existe nada de objetable en lo resaltado en el último párrafo: la mala utilización de los recursos productivos, la mala asignación de capitales, la desproporcionada oferta de los mismos en relación a las necesidades del mercado, etc. Lo objetable es que Marx no considere tan sólo un segundo que los capitalistas se hayan equivocado a la hora de invertir, guiados por información de mercado “falsa” o deformada. Todo lo han hecho siguiendo unas ciertas “leyes de conducta”, impulsados por la competencia capitalista y la búsqueda de plusvalía. Es esta actitud la que lo llevó a encontrar causas de desajustes de mercado donde no existen tales.

La teoría del valor-trabajo es incorrecta. En otro artículo ya la hemos tratado críticamente. En primer lugar, Marx parte de una ecuación de intercambio determinada: x mercancía A = y mercancía B; cuando, dado la dinámica del mercado, es imposible tomar una transacción por “medida” ya que las proporciones de intercambio varían de una a otra. Tampoco es que exista una “equivalencia” en los valores de las mercancías intercambiadas; de esto ser así, ¿cuál sería la motivación del intercambio? ¿Cuál es la razón para intercambiar cosas de igual valor? Y por supuesto, hay una amplia variedad de productos cuyos valores no se rigen, al parecer, por tal ley.[2] En segundo lugar, las famosas refutaciones de Böhm-Bawerk nos han demostrado la poca validez científica de tal teoría: no se considera la influencia de la competencia ni de la oferta y la demanda, la reducción de todo tipo de trabajo a una sola unidad es sumamente pretenciosa y arbitraria, el trabajo no es el único factor “común” a todas las mercancías, el rechazo a la prueba empírica, etc.[3] En definitiva, la teoría del valor de Marx no nos puede explicar ni el fenómeno del valor, ni la formación de los precios. No obstante, la validez o invalidez de la “ley del valor” no afecta sus posteriores análisis, ya que, salvo excepciones, no se deduce de ella. Como nos dice Karl Popper,

[…] el propio Marx comprendió la necesidad de respaldar la ley del valor con una teoría más concreta, una teoría que mostrara, en cualquier caso particular, la forma en que las leyes de la oferta y la demanda producen un efecto a explicar, por ejemplo, los salarios de hambre. Pero si estas leyes bastan para explicar dichos efectos, entonces no necesitamos para nada la ley del valor… las leyes de la oferta y la demanda son necesarias para explicar todos aquellos casos… que excluyen claramente, por lo tanto, la ley del valor.[4]



Los efectos de la maquinaria sobre la demanda de trabajo, también han sido tratados anteriormente, en El libre mercado como medio de emancipación de los trabajadores. Citaremos aquí un fragmento del artículo en donde se refuta la idea que indica que la introducción de maquinaria perjudicará a la clase obrera formando un “ejército industrial de reserva”:

[…] si observamos la otra cara de la moneda, notaremos que, si los capitalistas demandan más maquinaria, alguien debe producirlas. Esto se traduce como una mayor demanda de trabajo en la producción de máquinas, con lo cual la ocupación no ha decrecido, sino que se han transferido empleados de un sector de la economía a otro.

Tengamos en cuenta además, que el capitalista que acumula más capital gracias a la maquinaria, en un contexto de libre mercado como el que explicamos anteriormente, se vería apremiado por la competencia, por lo que no podrá acumular ese capital sin tener que invertirlo. Lo más probable es que se destine a una expansión de su empresa, o que la destine a otros negocios más rentables. [...] Por lo que en el largo plazo, la acumulación y el ahorro provocado por la mayor productividad de la maquinaria, se traducirá en el futuro en una mayor demanda de trabajo, con la consecuente reducción de la desocupación y la subida de los salarios.



Por último, los efectos de la maquinaria en la competencia destacados por Marx también son inexistentes. Marx comete el error metodológico de poner en escena un pequeño grupo de capitalistas grandes, y grupo numeroso de pequeños capitalistas que sueñan competir con aquél; en vez de suponer la coexistencia de varios capitales de magnitudes similares. Desprecia inexplicablemente el papel del crédito en la producción, ya que los capitales pequeños pueden compensar las diferencias con los grandes mediante préstamos. Simplemente se limita a denunciar que “se trata de la máquina específica para la concentración de los capitales”, lo cual equivale a la formulación de otra de las tan numerosas teorías conspirativas sin fundamento que han existido. De hecho, el préstamo con interés es una institución mucho más vieja que el capitalismo, así que es poco problable que sea un instrumento específico de acumulación capitalista. Además, el hecho de que los capitalistas poderosos puedan disminuir considerablemente sus precios para arruinar a sus competidores es insostenible al largo plazo, ya que al mercado ingresan competidores continuamente, y más si la producción resulta rentable. Es imposible que un agente productivo disminuya sus precios y sus beneficios prácticamente para siempre con tal de acabar con la competencia, ya que equivaldría a su propia destrucción.[5]

En definitiva, Marx no consigue demostrar que las crisis y los ciclos económicos sean algo inherente a la economía de mercado si no deforma los hechos o los analiza a medias. Desde su planteo metodológico hasta sus conceptos previos, todos carecen de veracidad a la hora de explicar las crisis económicas, debido a su implacable afán de atribuir al mercado la causa de fenómenos inexistentes. Los fundamentos de las crisis deben buscarse, como decía Hayek, en los errores de inversión de los empresarios, y cómo y porqué cometen esos errores; y no en el mercado.

[…] no puede considerarse en forma alguna que las crisis sean inherentes al sistema capitalista ni que surjan de manera inevitable en una economía de mercado sometida, sin privilegio alguno, a los principios generales del derecho que constituyen su imprescindible marco jurídico de actuación.[6]



[editar] Notas

[*] Gran parte de la síntesis de la teoría de las crisis de Marx está basada en Crisis y teoría de las crisis de Paul Mattick y en parte del tomo I de El Capital.

  1. Jesús Huerta de Soto, Dinero, crédito bancario y ciclos económicos, 2005.
  2. Ver La teoría marxista de la explotación. Al parecer, tal idea de “equivalencia” se encuentra basada en ciertos pasajes específicos de Aristóteles. Por supuesto, la justificación racional de tal tesis “matemática” destaca por su ausencia. Simplemente es tomada por axioma.
  3. Eugen von Böhm-Bawerk, Una contradicción no resuelta en el sistema económico marxista, 1896.
  4. Karl Popper, La sociedad abierta y sus enemigos, 1945.
  5. Este tema ha sido tratado también en El socialismo y la competencia.
  6. Jesús Huerta del Soto, Ibíd.
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