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La teoría marxista de la explotación

De Anarcopedia

Economía neoanarquista

La teoría marxista de la explotación
por Horacio Langlois [1]

Contenido

[editar] I

La teoría del valor de Karl Marx, desarrollada y profundizada en su obra El Capital, constituye el principal argumento del socialismo para sostener que en el capitalismo se llevan a cabo relaciones de explotación; argumento de una supuesta infalibilidad “científica”. Esta teoría del valor se encuentra enunciada en los primeros capítulos del primer tomo de su obra, y la mayor parte de sus razonamientos posteriores se extraen de ella. Sin embargo, lo que se plantea aquí es que tal teoría es errónea, y a continuación trataremos de demostrarlo.

Como paso preliminar es necesario establecer con cierta propiedad de qué estamos hablando. Al referirnos a una “teoría del valor”, hacemos mención de toda teoría que haya pretendido explicar el fenómeno del valor, es decir, lo que posibilita que se intercambien mercancías y se formen precios. Adam Smith y David Hume dedujeron que el valor estaba determinado por el trabajo, David Ricardo contribuiría a un mayor desarrollo de esta postura, Pierre-Joseph Proudhon y Johann Rodbertus también establecerían que el valor proviene del trabajo y deducirían gran parte de sus ideas reformadoras a partir de esta concepción. Marx tomaría gran parte de ellos y se inspiraría en sus ideas para darle una forma más acabada a la teoría del valor fundada en el trabajo; a tal punto la influencia de aquéllos sería tan importante sobre el alemán, que Rodbertus llegaría a acusarlo de plagio [1]. Lo que se va a analizar en este pequeño artículo, es la explicación que Karl Marx —explicación que la mayor parte del socialismo ha a adoptado— formuló para tal fenómeno, la cual ha llevado al socialismo a la idea de que en la relación capitalista-obrero existe explotación.

[editar] II

Marx, en su teoría, expresa que las mercancías presentan dos facetas: la parte cualitativa y la parte cuantitativa. La primera, es concebida como su “valor de uso”, y la segunda su “valor de cambio”. El valor de uso se manifiesta como la utilidad de la mercancía, y está determinado por las propiedades materiales y corpóreas de la misma. El valor de cambio se manifiesta como la relación de proporción en la cual se intercambian mercancías de un tipo por mercancías de otro tipo. Este valor de cambio es algo que permanece inalterado, sea cual fuere la manera de representarlo —sea en cantidades de seda, de plata, etc. Marx, para representar esta relación de valores de cambio, establece la siguiente ecuación:

x mercancía A = y mercancía B

Para Marx, esta ecuación demuestra que existe “algo común y de la misma magnitud” entre ambas mercancías. Ese “algo común” no puede ser una propiedad material de las mercancías, ya que aquellas solo forman parte del valor de uso. Es necesario, pues, hacer abstracción de todas las propiedades cualitativas de la mercancía para llegar a su valor de cambio, la relación cuantitativa de intercambio. Realizada tal abstracción, sólo queda al descubierto una propiedad: el trabajo. Ésta también podría considerarse como una propiedad natural y corpórea de la mercancía, sino fuera porque Marx realiza una abstracción más y afirma que ese “algo común” entre las mercancías es “el gasto de trabajo abstractamente humano” acumulado en ellas; el cual se mide según el tiempo. El valor de las mercancías pasa a ser el tiempo de trabajo socialmente necesario para producirlas. Por lo tanto, si una mercancía emplea el mismo tiempo de trabajo que otra, ambas poseen la misma magnitud de valor. Como esta magnitud de valor es algo variable según la condición y el contexto, Marx establece que cuanto mayor sea la fuerza productiva de trabajo, tanto menor será el tiempo requerido para la producción de cierto artículo, y por lo tanto, es menor su valor; y a la inversa, cuanto menor sea la fuerza productiva del trabajo, mayor será su tiempo de trabajo necesario para producirla, y por lo tanto, mayor será su valor. De aquí se extrae que, ambas mercancías poseen la misma magnitud de valor, es decir, iguales cantidades de tiempo de trabajo socialmente necesario incorporado. En esta relación, el valor de la mercancía A queda representado en forma relativa, mientras que la mercancía B hace el papel de equivalente. Para poder expresar el valor de una mercancía es necesaria esta relación de equivalencia. Es preciso realizar una aclaración más: el “trabajo socialmente necesario” al cual nos estamos refiriendo es el trabajo humano simple que cualquier persona posee, el cual es posible convertir en trabajo complejo multiplicando o potenciándolo. Pero en definitiva, de lo que se está hablando es de la misma medida: una porción de trabajo complejo puede encerrar grandes cantidades de trabajo simple.

Para completar el estudio del fenómeno del valor, es necesario realizar una investigación sobre el papel del dinero en este problema, algo que “la economía política burguesa ni siquiera intentó”. Para Marx, el dinero es la forma de medida general de valor y sirve como medio de circulación, que puede ser adoptada por cualquier mercancía; mercancía que “las demás mercancías han separado de sí mismas, en calidad de equivalente”, adquiriendo consistencia objetiva y aceptación social general. De esta manera, la mercancía B que anteriormente cumplía la función de equivalente del valor relativo de la mercancía A, ahora es reemplazada por el dinero, y cumple la función de precio:

x mercancía A = y mercancía dineraria (oro, plata, etc.)

Si la mercancía A valía el doble que la mercancía B, está relación sería expresada ahora en dinero. La mercancía A tendría un precio dos veces mayor que la mercancía B. La elección de la mercancía que cumple la función de dinero surge, entonces, a menudo a raíz de sus propiedades naturales, como la facilidad en su manipulación, en su transporte, etc. [2]

[editar] III

Sometamos a análisis cuanto se ha dicho, yendo a la misma velocidad que Marx. Recordemos que lo que esta teoría busca, supuestamente, es la explicación “científica” del fenómeno del intercambio y de la formación de precios.

Muchos han insinuado que las escuelas posteriores a Marx, que se encargaron de elaborar la teoría del valor en una base de valoración “subjetiva”, tomaron la misma teoría de los clásicos y la despojaron del elemento “peligroso” a los intereses de la clase privilegiada. Es decir, eliminaron la idea del trabajo como factor determinante del valor, y quedó en su lugar la utilidad, el “valor de uso”. Sin embargo, la noción de utilidad que tiene Marx es bastante diferente a la noción de utilidad de los austriacos, los neoclásicos y los marginalistas. La del primero está sujeta, como bien dice, a “las propiedades naturales, físicas” de la mercancía en cuestión; mientras que la segunda tiene una significación mucho más amplia y abarcativa, porque depende de la subjetividad humana misma. Lo que queremos remarcar acá, es que la utilidad de una mercancía va mucho más allá que las propiedades físicas y naturales de la misma, pero este es un dato menor.

En primer lugar, la mera consideración de una relación de intercambio de mercancías tal como la que expone Marx, expresada en la ecuación “x mercancía A = y mercancía B”, es de dudosa validez. En última instancia, la ecuación sólo puede aplicarse a una mera transacción, porque en la vida económica real, es imposible realizar ese mismo intercambio todas las veces que se quieran. Es imposible, o al menos muy dificultoso, adquirir una mercancía a determinado precio y pretender desprenderse de ella al mismo precio. Siempre se ocasiona alguna pérdida económica, y esto se debe a la simple dinámica del mercado:

No es cierto que en cualquier mercado dado 10 quintales de un artículo IGUAL 2 quintales de otro IGUAL 3 libras de un tercer artículo, y así sucesivamente. Aún la observación más superficial de los fenómenos del mercado nos enseña que no tenemos la posibilidad, cuando hemos comprado un artículo por un precio determinado, de volver a venderlo inmediatamente por el mismo precio. […] El precio al cual podemos comprar voluntariamente una mercancía en un mercado determinado y en un momento dado y el precio al cual podemos desprendernos voluntariamente de ella son dos magnitudes esencialmente diferentes. [3]



Lo que Menger expresa, en este pasaje, es simple: no bien adquiramos x mercancía A a cambio de y mercancía B, e intentemos enseguida desprendernos de ella, notaremos que es prácticamente imposible realizar el mismo intercambio. Por lo tanto, la relación que Marx pretende establecer es meramente transitoria, no puede ser tomada como regla objetiva.

La segunda objeción que podemos hacer a esta ecuación es una muy conocida, y se refiere a que lo que se está planteando en aquélla relación de cambio es una igualdad. Y si en los intercambios lo que se cambia son valores iguales, ¿para qué cambiar? ¿Cuál sería la finalidad del intercambio si se están intercambiando cosas de igual valor? La realidad sugiere lo que la teoría subjetiva del valor establece, a saber, que en cada relación de intercambio, cada una de las partes da más valor a la mercancía que adquiere que a la mercancía que cede. Es decir, el intercambio nace justamente de la desigualdad de los valores, no de su igualdad.

Pero prosigamos. De la relación antes analizada —y que señalamos equivocada—, Marx extrae la idea entre ambas mercancías debe existir “algo común y de la misma magnitud”. El problema de Marx reside en que considera ese “algo común y de la misma magnitud” como algo intrínseco de la mercancía: su valor. El valor no es intrínseco de la mercancía, ya que está sujeto a las variaciones de la valoración subjetiva, es decir, su utilidad. Pero Marx nunca llegaría a considerar ese “algo común” a ambas mercancías como objetos de utilidad, ya que para él, el valor de cambio es algo totalmente ajeno al valor de uso. Para él, a la constitución del valor de cambio hay que llegar mediante interminables abstracciones.

La segunda parte del enunciado nos evidencia la necesidad de “medición” del valor. No sabemos cómo Marx llega a la conclusión de que es necesario medir las cantidades de valor de una mercancía, ya que él mismo no lo explica explícitamente. Implícitamente, podemos notar que toma el argumento de Aristóteles, como cita en el capítulo 1 de la sección “Mercancía y Dinero”. Pero tampoco existe en Aristóteles una justificación adecuada para incluir en la noción del valor la necesidad de medición: en realidad, él, al igual que Marx, a partir del error de que en el intercambio existe una “igualdad” de valores, deduce que debe poder determinarse en forma exacta. Pero si en la realidad la igualdad de valores no existe, ¿cómo sería posible medirlos?

Y tengamos en cuenta que todavía no se está hablando del trabajo como valor. Ahora, al identificar el valor de cambio con el trabajo —más precisamente con las cantidades de tiempo socialmente necesario de trabajo—, notaremos que una gran parte de las transacciones que existen en la sociedad económica no se ajustan a tal regla. Éstas fueron despreciadas tanto por Marx como por Ricardo como “excepciones”, pero veremos que lo que parece ser una excepción en la vida real es la ley del trabajo. Tales intercambios que no se ajustan a la regla incluirían los bienes que no pueden reproducirse voluntariamente, como las antigüedades y las obras de arte —esta ya es una objeción muy repetida—, la propiedad inmueble, ciertos productos de calidad, los productos del trabajo profesional [4], o todos los bienes naturales o “no económicos”, para utilizar terminología mengeriana. Si uno analiza seriamente el origen de la mercancía-dinero, descubrirá que es otra de las tantas mercancías que no se ajustan a la ley del trabajo como medida de valor. Pasemos a ilustrar esto último con una explicación más detallada.

Según la teoría de la “liquidez” de los bienes de Carl Menger, la mercancía-dinero surge espontáneamente en una economía de mercado, como consecuencia de que ciertas mercancías poseen una mayor capacidad de comercialización y son intercambiables más fácilmente y con menos pérdidas económicas, lo que constituye su “fluidez”. Poco a poco, los individuos comienzan a comprender las ventajas de un bien más “líquido”: entrar en posesión de éste permite evadir los interminables obstáculos del truque, como la imposibilidad de intercambiar una mercancía indivisible por una variedad de productos que se encuentran en posesión de diferentes personas.

Incluso en el caso relativamente simple y a menudo recurrente en el que una unidad económica A requiere una mercancía que posee B y B necesita una que posee C mientras que C quiere una que es propiedad de A, aun aquí, conforme a una regla de simple trueque, el intercambio de los bienes en cuestión, como regla general y por necesidad, no se realizaría. [5]



El dinero, que puede ser una mercancía cualquiera, presenta un grado máximo de liquidez. Y esta mercancía-dinero puede ser muchas, y muy variadas, según la época y el lugar: en los pueblos nómadas primitivos, a menudo el ganado asumía el papel de mercancía más líquida. Incluso en pueblos más civilizados, como la Antigua Grecia, los pagos y los precios se calculaban en cabezas de ganado. Este tipo de dinero pierde su facilidad de “fluir” por el mercado en tanto aparece el sedentarismo como forma de vida de los pueblos.

La circunstancia de que en las regiones del interior de África se utilizara como dinero la sal y los esclavos, en el curso superior del Amazonas panales de cera, en Islandia y Terranova el bacalao, en Maryland y Virginia el tabaco, el azúcar en las Indias occidentales inglesas, los colmillos de elefante en las proximidades de las posesiones portuguesas, se explica por el hecho de que estos bienes constituían e incluso siguen constituyendo hoy día, los principales artículos del comercio y que, por tanto, y al igual que en el caso de las pieles entre los pueblos cazadores, tenían la máxima capacidad de venta. Lo mismo cabe decir, en todos los casos similares, respecto del carácter dinerario adquirido por los bienes de uso general y de máxima facilidad de venta en los correspondientes lugares. Y así, desempeñan la función de dinero los dátiles en el oasis de Siwah, las paquetes de té en Asia Superior y Siberia, las perlas de vidrio en Nubia y Senaar, el “guhssub” (una especie de mijo) en el reino de Ahir (África). A veces, en la mercancía convertida en dinero confluyen dos factores, por ejemplo en el caso del caurí, que es a la vez una apreciada pieza de ornato corporal y una mercancía apta para el comercio. [6]



Esta teoría ha sido abundantemente comprobada por los antropólogos. Pero, ¿cómo podría explicar Marx, en base a la ley del trabajo como medida del valor, que la mayoría de las mercancías y bienes se intercambiasen por mercancías que, en sí mismas, pueden no tener ni trabajo incorporado, y que si lo tienen, jamás se respete su medida y se intercambien tanto por arriba como debajo de su valor? Cuando Marx se refiere al dinero, parece hacer referencia a una mercancía acordada convencionalmente por los hombres, adquiriendo misteriosamente la capacidad de no regirse por su verdadero valor. Es más, toma el dinero como el elemento de referencia a la cual recurren las mercancías para expresar su valor, entendida como cantidades de trabajo. Acertadamente Silvio Gesell diría que, si la teoría marxista del valor fuere cierta “…el dinero alemán tendría otras cualidades, según proceda su materia del tesoro de los hunos, de los miles de millones manchados de sangre, o bien de los puños honrados de los buscadores de oro”. [7]

[editar] IV

Dicho todo esto, ¿qué podemos concluir? Simplemente, que la teoría tan minuciosamente elaborada por Karl Marx para dar una respuesta al fenómeno del valor, sufre de graves fallos en sus razonamientos, y que carece de respaldo en la realidad económica. No puede explicarnos el fenómeno del valor ni la formación de precios.

Su aplicación en la relación obrero-capitalista concluía que el primero era explotado por el segundo, ya que entregaba una mercancía enteramente producida por él, a la cual había otorgado valor con su trabajo, a cambio de un salario de subsistencia que no reflejaba su verdadera labor. La vida real nos evidencia que entre ambos existe simplemente una relación de intercambio, en la cual el obrero valora menos el trabajo que cede que el salario que recibe, y el capitalista valora menos el salario que entrega que el producto que recibe. La idea de que el valor de las mercancías está determinado únicamente por el trabajo, también contradice la realidad: se están ignorando las aportaciones del capital y la inversión en la producción de dicho objeto.

[editar] Notas

  • [1] Esta actitud de Rodbertus generaría una extensa respuesta de Friedrich Engels en un prólogo dedicado al libro Miseria de la Filosofía, de Marx.
  • [2] Karl Marx, El Capital, Tomo I, 1867.
  • [3] Carl Menger, El origen del dinero, 1892.
  • [4]Aunque Marx lo llame “trabajo simple multiplicado”, en la realidad no se evidencia tal abstracción, resulta imposible comparar cuantitativamente el trabajo de un obrero con el de un ingeniero o un doctor.
  • [5] Carl Menger, ibid.
  • [6] Carl Menger, Principios de economía política, 1871.
  • [7] Silvio Gesell, El orden económico natural, 1916.
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