El socialismo y la competencia

De Anarcopedia

Economía neoanarquista

El socialismo y la competencia
por Langlois [1]

En nuestro último artículo[1] describíamos los verdaderos efectos de la competencia en la economía de mercado, estableciendo que la misma conduce a la disminución de los precios —cada vez más próximos a los costos de producción— y a la reducción de los beneficios, y destacábamos las causas posibles que han contribuido a que muchos se engañen concluyendo lo contrario —que la competencia tiende a la concentración de capitales. Sin embargo, hay causas que tienen una explicación mucho más compleja. Tal es el caso del socialismo. No nos referimos a todos los socialistas ni a todas las ramas del socialismo en general, sino a aquellos que adoptan fervientemente la tesis que destacamos sobre los supuestos efectos nocivos de la competencia, como parte de sus propuestas de socialización de los medios de producción —anarco-comunistas, marxistas clásicos, comunistas y socialdemócratas.

Con esto nos referimos concretamente a la gran contradicción en la que caen la mayoría de los socialistas al adoptar esta tesis, cuando en realidad la postura contraria —la que considera que la competencia tiene un efecto “igualador” sobre el mercado— es la que posibilitó gran parte de su formación teórica más consistente —hablamos de la teoría laboral del valor—, y hasta podría considerarse que originó la corriente socialista misma. Obviamente, estamos excluyendo de esta concepción socialista a gran parte del socialismo utópico, cuyo desarrollo es previo a la elaboración de la teoría laboral del valor clásica.

Aquí analizaremos en qué medida la acción de la competencia estaba relacionada con la idea central de la teoría laboral del valor elaborada por los economistas de la Escuela Clásica en sus inicios, en qué medida estaba dicha teoría relacionada con los primeros desarrollos teóricos del socialismo, y cómo cayeron en una contradicción al establecer más tarde que la competencia en el libre mercado sólo conduce al monopolio.

Contenido

[editar] La teoría del valor clásica

Es universalmente sabido que la Economía Política propiamente dicha tuvo sus inicios en La riqueza de las naciones, la obra más importante de Adam Smith, publicada en 1776. La gran mayoría de los principios enunciados en ella fueron, en el curso de las décadas siguientes, decisivamente influyentes en casi todos los economistas posteriores, lo que daría lugar a la ya mencionada economía clásica. Adam Smith indicaría, de forma bastante ambigua, el fundamento principal de la teoría laboral del valor: que el valor de todas las mercancías era la cantidad de trabajo que estas involucraban o encerraban. A esto trataría como el “precio natural” de todas las cosas. La mayor parte de los economistas clásicos adoptarían esto sin mayores cuestionamientos, sin reflexionar demasiado sobre sus posibles implicancias, hasta que David Ricardo le daría un tratamiento más profundo.

Ricardo desarrollaría en las primeras páginas de sus Principios de economía política y tributación de 1817 su teoría del valor. Para él “las cosas, una vez que han sido reconocidas útiles por sí mismas, derivan su valor de dos fuentes: su escasez y la cantidad de trabajo necesario para adquirirlas [o reproducirlas]”. Los bienes cuyo valor reside en su escasez en relación a la demanda, corresponden a un orden de cosas que no pueden reproducirse a voluntad, tales como las obras de arte, objetos de colección, etc. Estos “no constituyen más que una cantidad muy pequeña de las mercancías que se cambian diariamente. La mayoría de los objetos que se desea poseer, por ser fruto de la industria, se pueden multiplicar…”. Este grupo de bienes corresponde a los que pueden reproducirse a voluntad mediante el trabajo. Ricardo deja bien claro que cuando se habla del valor de los bienes “tenemos presentes solamente aquellas mercancías cuya cantidad puede incrementarse mediante la industria humana, cuya producción es estimulada por la competencia y que no está dificultada por ninguna traba”. Es decir que en su teoría del valor sólo considera los bienes reproducibles, mientras descarta los bienes irreproducibles por ser minoritarios, tachándolos de “excepciones”.

Ricardo establecía así que lo que regula el valor de los bienes es “la cantidad de trabajo fijado en ella”, principio del que “se deduce que todo aumento en la cantidad de trabajo debe aumentar, necesariamente el valor del objeto en el que ha sido empleada y, por lo mismo, toda disminución del trabajo debe disminuir su precio”.[2]

Pero hacía falta una conexión de los valores con los precios reales, los precios que vemos día a día en los productos. Si los valores eran “precios naturales” fijos y objetivos, ¿por qué los precios fluctuaban? Ricardo veía en la competencia el proceso mediante el cual se manifestaban los valores de los bienes en el precio de los mismos. En efecto, el libre juego entre la oferta y la demanda constituía una forma en la que los precios giraban en torno al “precio natural”, el trabajo. Sólo mediante la competencia, que reducía los precios hasta llevarlos al costo de producción, los valores quedaban expresados en la realidad, se manifestaría cuánto trabajo es necesario para reproducir los bienes. Así, quedaba establecido que los precios son fluctuaciones temporarias sobre el nivel de valores, que se ajustarían mediante la libre competencia —el llamado “precio de equilibrio”, la coincidencia exacta entre oferta y demanda.[3]

[editar] El origen "ricardiano" del socialismo

La teoría del valor de Ricardo arriba descrita fue el puntapié inicial del socialismo en cuanto teoría. Si bien continuaba manifestando su utopismo en sus conclusiones y proposiciones reformistas, el socialismo a partir de este momento podía tener una base científica, fundada en la “economía política burguesa”. Como hace notar Friedrich Engels:

El socialismo moderno [es decir, pre-marxista], de cualquier tendencia, en tanto que procede de la economía política burguesa, se relaciona casi exclusivamente con la teoría del valor de Ricardo. Las dos proposiciones que Ricardo estableció en 1817, al comienzo de sus Principios: 1ª, que el valor de cada mercancía está determinada única y exclusivamente por la cantidad de trabajo necesaria para su producción; 2ª, que el producto de la totalidad del trabajo social se divide en tres clases de terratenientes (renta), de capitalistas (beneficios) y de trabajadores (salario); estas dos proposiciones, ya desde 1821, habían servido de base, en Inglaterra, para conclusiones socialistas.[4]



Las conclusiones socialistas a las que se refiere Engels, son aquellas que exigen que el producto de la industria le sea retribuido al trabajador, el único creador de valor; la propiedad del trabajador sobre el producto era un derecho natural, inviolable. Y para que el trabajador sea propietario del producto de su trabajo, debía poseer también los medios para producir dichos bienes.

Los primeros en decretar tales “verdades” revolucionarias fueron los socialistas ricardianos en Inglaterra. El utilitarista William Thompson, en 1824, establecía que para que existiera un intercambio justo y competitivo el trabajador debía recibir el producto íntegro de su trabajo, para lo que debía liberarse la competencia y permitirse el acceso del obrero al capital. Thomas Hodgskin, ferviente defensor de la teoría laboral del valor, fue también uno de los primeros teóricos del “socialismo de mercado”. John Gray en 1831 recurriría a los famosos “bonos de trabajo” que reemplazarían el dinero y el oro para poder regular los intercambios según su “precio natural”, lo mismo que John Francis Bray en 1839, que veía esta medida como un paso previo necesario para llegar a la sociedad comunista. Todos ellos y otros más, de alguna forma u otra, utilizaron la teoría laboral del valor clásica en favor del proletario, algunos exigiendo la liberación de la competencia, otros mediante bonos de trabajo, controles de precios, etc. Poco después se sumarían Pierre-Joseph Proudhon en Francia y Johann Rodbertus en Alemania, que elaborarían por separado teorías del valor similares a la de Ricardo.

La teoría del valor-trabajo de Karl Marx sigue esta misma línea, con algunas diferencias. Marx tomaría la teoría de Ricardo a modo de axioma: a partir de la idea que indica que el valor de los bienes está regulado por el trabajo necesario para reproducirlas, analizaría minuciosamente las distintas facetas de la mercancía. La originalidad residiría en que denominaría como “plusvalía” la diferencia existente entre el trabajo socialmente necesario para la subsistencia del obrero y el valor del artículo que éste produce. Pero excluiría algunas concepciones del economista inglés; por ejemplo, como hace notar el austriaco Eugen von Böhm-Bawerk, Marx deja de lado en toda su teoría del valor la influencia de la competencia ,[5] dejando al valor-trabajo prácticamente sin la más mínima relación con la determinación de los precios —por eso en el modelo de capitalismo que plantea en El Capital debe recurrir a una economía en la que “todo se vende por lo que vale”.

[editar] La crítica marxista de la competencia

Como ya dijimos, la teoría de Ricardo fue el puntapié inicial para el nacimiento del socialismo. El valor de los productos se encuentra determinado por su costo de producción, costo que no tendría relación alguna con los precios habituales si no fuera porque la libre competencia los manifiesta a largo plazo. Y si los productos están regulados por lo que cuesta producirlos, es decir, el trabajo, el obrero es el único creador de valor y mártir explotado por los salarios miserables que recibe, que no reflejan su verdadera labor, el producto íntegro. Pero —y he aquí la cuestión central que pretende abordar este artículo— la mayor parte del socialismo niega sus raíces. Hace de la libre competencia el origen de los monopolios, pese a que el concepto de libre competencia y su efecto “igualador” en el mercado forma parte íntima de la teoría que asienta la base de su propio origen y de sus exigencias y planes políticos.

Socialistas ricardianos como Hodgskin, y más tarde los mutualistas, coherentes con su doctrina, exigieron la liberación del mercado para conseguir el principal objetivo socialista: que el trabajador reciba el producto íntegro de su trabajo y que pueda acceder a los medios de producción. Pero el socialismo en general, rechazaría tal método libertario, generalmente sin fundamento alguno. No obstante, de la mano de Karl Marx, podría respaldar su prejuicio un poco más consistentemente.

El argumento —el único argumento que ha podido elaborar en contra de la competencia— básicamente es el siguiente: ante la situación de fuerte competencia en la que los beneficios de los capitalistas y los precios comienzan a bajar y los salarios comienzan a subir,

El pequeño capitalista tiene, pues, la opción: 1) o de comerse su capital, puesto que él no puede vivir ya de réditos, y, por tanto, dejar de ser capitalista; o 2) emprender é1 mismo un negocio, vender sus mercancías más baratas y comprar más caro que los capitalistas más ricos, pagar salarios elevados y, por tanto, como quiera que el precio de mercado, por obra de la fuerte competencia que presuponemos, está ya muy bajo, arruinarse. Si, por el contrario, el gran capitalista quiere desplazar al pequeño, tiene frente a él todas las ventajas que el capitalista en cuanto capitalista tiene frente al obrero. La mayor cantidad de su capital le compensa de los menores beneficios e incluso puede soportar pérdidas momentáneas hasta que el pequeño capitalista se arruina, y él se ve libre de esta competencia. Así acumula los beneficios del pequeño capitalista. […]



“Por tanto”—concluye Marx—, “si a este gran capital se enfrentan únicamente pequeños capitales con pequeños beneficios, como sucede en la situación, que presuponemos, de fuerte competencia, los aplasta por completo”.[6] Apoyado en este endeble argumento, el socialismo en general cree refutar la teoría que nos indica los verdaderos efectos de la competencia, la base misma de su origen.

Podemos realizar varias objeciones a esta observación superficial del mercado: (1) no explica en ningún momento cómo y porqué se origina la competencia, se supone una situación determinada y así se extrae todo tipo de consideraciones; (2) la situación que presupone Marx es bastante discutible, ya que comienza estableciendo que existe un gran capitalista y muchos capitalistas pequeños que sueñan competir con él, en vez de suponer la existencia de varios capitales de magnitudes similares; (3) no tiene en cuenta la participación del crédito en la producción: las diferencias entre los capitales pueden ser compensadas con préstamos; (4) por supuesto, sus conclusiones jamás podrían aplicarse al mercado crediticio y la competencia bancaria; (5) contrariando su “filosofía del movimiento”, Marx considera el mercado como un sistema estático, no tiene en cuenta que ingresan al mismo nuevos competidores continuamente; y de esta manera concluye que el gran capitalista supuestamente puede, en base a su riqueza, “soportar pérdidas momentáneas hasta que el pequeño capitalista se arruina”, disminuyendo el precio de sus artículos por debajo del precio de producción. Si su planteo fuera realista, quedaría en evidencia que el gran capitalista no puede soportar pérdidas pasajeras eternamente, ya que en el mercado entran y salen competidores todo el tiempo.

[editar] Conclusión

Ante esta evidencia, el socialismo ahora puede presentársenos como una corriente totalmente arbitraria. Tiene su origen a partir de un concepto que indicaba una cosa, pero que a la hora de extraer conclusiones rechaza tal teoría dogmáticamente. Si en un principio el socialismo recurría a argumentos moralistas, tales como el “egoísmo” y la “irrefrenable” búsqueda de ganancias a la que son sometidos los hombres bajo el laissez-faire; el socialismo en la actualidad, si es que no ignora el tema, saca de su manga un argumento sumamente pobre como el que analizamos más arriba.

En este punto probablemente el marxismo ha tenido una influencia considerable. En primer lugar, Marx había tomado de Ricardo su teoría laboral del valor, pero desechando la parte que pudiera contradecir su sistema analítico —la acción de la competencia. En segundo lugar, tal teoría “mutilada” del valor, y el marxismo en general, al “adueñarse” prácticamente de la corriente socialista, no han hecho más que ayudar a negar las raíces mismas del socialismo, la verdadera teoría de Ricardo —por más que se reconociera explícitamente su influencia. Y en tercer lugar, de la mano de argumentos como el que criticamos, que se sostienen más por el aura “científica” que poseen que por mérito real; el socialismo ha quedado prácticamente huérfano, sin entender sus orígenes ni reconocer la contradicción en la que cae al rechazar la libre competencia.

No obstante, podría entrar en consideración si la forma socialista más coherente de defender la teoría laboral del valor sea algún tipo de mutualismo. Si el trabajador es el único que crea valor, el producto íntegro de su trabajo le debe ser retribuido, y la forma “natural” según Ricardo mediante la cual puede alcanzarse este objetivo es mediante la liberación de la competencia. Con el tiempo, los precios expresarían los costos de producción, los beneficios capitalistas prácticamente desaparecerían, y los salarios se elevarían hasta coincidir con el producto total del trabajo realizado, sin recurrir a ninguna expropiación revolucionaria ni a la intervención del Estado social, sino a la anarquía.

[editar] Notas

  1. Ver La verdadera acción de la competencia.
  2. En esta afirmación, que se deduce lógicamente de la teoría laboral del valor clásica, se evidencia la falsedad de la misma. Si bien no es un tema parea abordar en este artículo, nos limitaremos a remarcar que está empíricamente demostrado que un incremento en los costos de producción de una empresa determinada no equivale a un incremento en el precio de sus productos, ya que la demanda desviaría su consumo hacia otras empresas competidoras. Las empresas que actúan económicamente ajustan sus costos de producción a la demanda, no al revés.
  3. El economista británico Alfred Marshall fue bien conciente de este concepto. Marshall conjugó los aportes marginalistas con la idea ricardiana que indica que, mediante la libre competencia, los precios tienden a reflejar el trabajo. Así, establecía que los precios de los artículos, en un primer momento los precios reflejan la utilidad que retribuyen a la demanda, mientras que en una segunda instancia, reflejan el costo de producción de los mismos.
  4. Friedrich Engels, del prefacio a la primera edición alemana de Miseria de la filosofía de Karl Marx, 1847.
  5. Eugen von Böhm-Bawerk, Una contradicción no resuelta en el sistema económico marxista, 1896.
  6. Karl Marx, Manuscritos económico-filosóficos, 1844.
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