El espejismo de la inflación

De Anarcopedia

Economía neoanarquista

El espejismo de la inflación
por Horacio Langlois [1]

En 1946, Henry Hazlitt, en su obra Economía en una lección, dedicaría su capítulo más importante al tema de la inflación, titulándolo, justamente, “El espejismo de la inflación”. Esto no debería sorprendernos, dado que la inflación es uno de los fenómenos más dañinos y graves para la economía, a la vez que es uno de los más incomprendidos y que suscitan las más polémicas confusiones. Nadie suele comprenderla, a la vez que todos dicen tener la solución. Nadie sabe cómo opera, pero todos aseguran conocer sus causas. Según el caso, nos dicen que la inflación la causa el contexto económico internacional, o el afán desmedido de lucro de los empresarios, o los sindicatos que exigen salarios más altos, o las catástrofes naturales. Lo cierto es que estas explicaciones —siempre en boca tanto de académicos como de profanos, y, sobretodo, de gobernantes que buscan, desesperadamente, chivos expiatorios— adolecen de un fallo harto común en materia económica: la confusión entre causas y efectos. Es por esto que Hazlitt describía el fenómeno inflacionario como un proceso que generaba todo tipo de ilusiones y espejismos en quienes desean explicarla.

¿Qué es la inflación concretamente? ¿Cuál es su causa? Para responder a estas cuestiones sería provechoso publicar directamente el trabajo del mismo Hazlitt basado en las teorías de Ludwig von Mises, que brilla por su claridad y simplicidad, pero resultaría bastante largo y en algunos puntos, poco específico, que justamente es el punto que queremos remarcar. Para comprender el fenómeno inflacionario es necesaria, previamente, una suerte de exposición sobre la naturaleza del dinero. Ya la hemos realizado parcialmente en otros artículos, sobretodo el trato que le dio Carl Menger, pero aquí queremos analizarlo más bien desde la perspectiva miseana.

El dinero, como ya lo hemos definido, en una economía de mercado, es un bien más entre millones, pero que presenta ciertas cualidades específicas, como un mayor grado de liquidez que todos los demás bienes. Esto quiere decir que tiene un valor que le permite al individuo que lo posee acceder a otros bienes, ya que tiene un alto nivel de circulación por la economía, lo que permite, a la vez, ser atesorado y ahorrado. Es esta facultad la que le permite a dicho bien convertirse en medida de valor —numerosos economistas han confundido el orden causal de los acontecimientos asegurando que como un bien era útil como medida de valor, se convertía en dinero—. Podemos agregar que en una economía de mercado pueden coexistir a la vez diferentes bienes que cumplen la función de dinero.

El hecho de que el dinero haya surgido del mercado y no de una convención o legislación determinada, nos permite establecer que, como cualquier otro bien, está sujeto a la oferta y la demanda. El primero en realizar esta aproximación fue Ludwig von Mises. ¿Cómo están determinadas esta oferta y esta demanda sobre el dinero? Por el lado de la oferta, entendida como el stock total del bien en cuestión, está definida por la suma de saldos de caja individuales existentes en un momento dado. A su vez, la demanda de dinero es la demanda destinada a obtener y conservar saldos de caja. Y como todo bien en el mercado, el dinero tiene un precio, en el sentido de medida de su poder adquisitivo. La economía convencional sostiene que el poder adquisitivo del dinero es la inversa del nivel de precios, pero esta definición resulta defectuosa, porque la mercancía-dinero, como es evidente, se encuentra sujeta a una relación de trueque para con todos los demás bienes. Con la introducción del dinero, los bienes pasan a tener un precio unitario, medido en unidades de la mercancía-dinero; pero la mercancía-dinero en sí tiene una gama casi infinita, en variedad y cantidad, de bienes que expresan su poder adquisitivo. Puede decirse en este sentido, que el dinero no tiene un precio unitario, sino un prácticamente inconmensurable y heterogéneo.

Por otro lado, el dinero es un bien, a diferencia de todos los demás, que se valoran como bienes de uso, cuya utilidad los individuos restringen a la de “valor de cambio”. Es decir, la utilidad del dinero es la posibilidad que existe de poder cambiarlo por bienes en el futuro, lo que significa que no es útil en sí mismo y requiere una cierta aceptabilidad social. Esto significa que no podemos explicar el precio del dinero por su demanda, ya que este posee un poder adquisitivo y un valor de cambio preexistente, anterior a la valoración de la demanda. Mises resolvió este problema mediante el teorema de la regresión, que indica que “la demanda del bien económico dependerá del poder adquisitivo que poseía en el pasado inmediato, y el efecto de esta demanda se ve en el poder adquisitivo del bien en el futuro próximo”. Esta regresión, en los demás bienes puede extenderse hasta el infinito, pero con “la moneda, dicha regresión… tiene un punto a partir del cual se inicia el proceso descrito… llega un momento en que dicha demanda sólo es explicada por el componente no monetario del bien, momento en el que el bien aún no es utilizado como medio de intercambio” [Nicolás Cachanosky, Teoría austriaca y el problema del ciclo económico, 2004]. En este punto, nos encontramos en el instante en el que la mercancía-dinero poseía un valor de uso como cualquier otro bien. Este el caso histórico del oro u otros metales, y un sinnúmero de bienes que fueron utilizados como dinero a lo largo de la civilización.

De todo esto se deduce que el dinero en el mercado es un bien más y, por lo tanto, está sujeto al principio de la utilidad marginal y a las leyes de la oferta y la demanda. En el mercado, el dinero surge espontáneamente y su oferta es regulada por la demanda al igual que otros productos. La cantidad está, entonces, determinada por las necesidades de los individuos y de la economía, como se ha explicado en El Anarquismo de Mercado y la banca libre. Sin embargo, cuando un ente posee el monopolio de la emisión y administración del dinero, no hay ni incentivos, ni necesidad, ni información necesaria para regular las cantidades de dinero que se arrojan a la economía. Mediante este mecanismo, los bancos centrales y los gobiernos generan todo tipo de desajustes en la economía, como los movimientos cíclicos o la inflación —la cual es una parte del ciclo económico—. A partir de estos conceptos, podremos comprender mejor cómo opera la inflación.

El monopolio sobre la emisión y control del dinero posee todos los defectos de cualquier otro monopolio sostenido artificialmente. Un monopolio creado a partir de la innovación, o a gracias al ofrecimiento de un mejor producto en el mercado, tiene que justificar su posición ofreciendo productos de buena calidad y satisfaciendo a la demanda correctamente, porque de lo contrario, no tardarán en tirarlo abajo los nacientes competidores. Pero un monopolio sostenido por el Estado y sus regulaciones y restricciones, no tiene necesidad de ofrecer un producto de calidad ni de satisfacer a la demanda —más aún, no tiene la información para poder hacerlo—, porque su existencia no se ve en peligro. Aunque provoque todo tipo de males en la población, es un organismo que no puede ir a la quiebra. Esta es la diferencia fundamental entre un bien administrado por el mercado y uno administrado por un monopolio privilegiado por el gobierno.

La forma en que este monopolio perjudica a la sociedad es, principalmente, mediante las devaluaciones e inflaciones, que son dos caras de una misma moneda. Generalmente se considera a la inflación, con un simplismo sorprendente, como un mero alza en el “nivel de precios”, incluso ante el aumento de precios de un solo sector importante, se habla de “alzas inflacionarias”. Si seguimos estos parámetros no podemos distinguir el aumento de precios por inflación o el aumento de precios por cambios en las preferencias de las personas, por mayor demanda o por contracción de la oferta, es decir, por cualquier movimiento habitual del mercado. Además, el concepto de “nivel de precios” desestima el papel fundamental de los precios relativos en materia inflacionaria.

La inflación está relacionada con la cantidad de dinero y la forma en que éste ingresa a la economía. A mayor cantidad de dinero, más se estará “inflando” la base monetaria. Sobre esta base, podemos elaborar un pequeño “modelo”, explicando la forma en que el nuevo dinero inyectado en la economía provoca la inflación. Lo primero que debemos tener en cuenta es que el dinero no ingresa en el mercado manera homogénea y proporcional para todos. Es común entre los austriacos referirse al ejemplo del Arcángel Gabriel: es imposible la existencia de un ente que incremente de la noche a la mañana los saldos de caja de todos en una misma proporción. La realidad es que el dinero nuevo solo puede ingresar en la economía por algunos sectores determinados, e ir circulando por la misma a partir de allí. Es habitual que los gobiernos inyecten esta masa monetaria a través de sus gastos, o del mercado del crédito, o a través de aumentos en los ingresos de ciertos sectores, o a través de subvenciones, etc., —todo esto de manera poco transparente—.

Dividiremos, primero, la economía en varios grupos: A, B, C y D. El primer grupo, A, será el receptor de una nueva masa monetaria desde, dependiendo el caso, el crédito barato o el gobierno. A dispone de más dinero, inyectado exógenamente, y por ello posee una mayor demanda. Dado que la demanda de los bienes que generalmente consume A ha crecido, el grupo B, que corresponde al sector que provee a A de esos bienes, aumentará el precio de los mismos. Al igual que A en un primer momento, como los precios y, por extensión, los ingresos de B han crecido, aumenta la demanda por el lado de B. Y C, que es el grupo que provee de bienes a B, subirá los precios. Este proceso continúa su paso hasta que el dinero nuevo haya cubierto virtualmente toda la economía. Lo que se alteran son los precios relativos, no el “nivel de precios”. El grupo más beneficiado del mismo será A, dado que sus ingresos han aumentado antes de que aumentaran los precios. Los demás grupos que aún no han experimentado un alza en sus ingresos, se verán obligados a pagar más por los bienes que compran. El grupo D, que es el último grupo de la cadena, es el más perjudicado de todos, porque han aumentado los precios de todos los productos y sus ingresos no crecerán hasta que termine el proceso, momento en el cual se han reestructurado todos los precios relativos. Y podríamos añadir a un grupo E, que es un sector cuyos ingresos son fijos y que generalmente no varían con la oferta y la demanda de los mismos, como pueden ser los empleados públicos, que no experimentarán ningún alza ni al principio ni al final del proceso inflacionario. Deberán pagar más por todos los bienes que adquieran, y su ingreso no variará hasta que la autoridad así lo decrete. Y si el gobierno, como es bastante habitual, recurre para pagar estos salarios más altos a la emisión de una nueva masa monetaria, estará disparando otra espiral inflacionaria y añadiendo más leña al fuego. Como vemos, la inflación puede desatarse en varios focos a la vez.

Es decir, que la inflación es pura y exclusivamente responsabilidad del gobierno y de un sistema bancario regulado y controlado por él. Es una fórmula empleada para favorecer al grupo A a expensas del resto de la sociedad. Como dice Rothbard, “en el mundo real la inflación monetaria es tentadora para los inflacionistas, precisamente porque la inyección del nuevo dinero no sigue el modelo del Arcángel Gabriel” [Murray Rothbard, La teoría austriaca del dinero, 1979]. Rothbard también destaca otros aspectos de la inflación generalmente ignorados, que hacen que no sea un fenómeno automático e instantáneo:

[…] al principio, el público considera que el aumento de la oferta monetaria por parte del gobierno y el alza de los precios que la sigue son fenómenos temporarios. […] En consecuencia, aumenta la demanda pública de saldos de caja, mientras se espera la prevista disminución de los precios. Como resultado, éstos suben en forma proporcional y muchas veces sustancialmente menos que la oferta de dinero y las autoridades monetarias se tornan más osadas. […] Con el tiempo, sin embargo, las expectativas y opiniones del público respecto del presente y el futuro económico sufren un cambio de vital importancia. […] Se inicia entonces la segunda fase del proceso inflacionario, con la continuada caída de la demanda de saldos de caja sobre la base de la siguiente composición de lugar: “Será mejor que gaste mi dinero en X, Y y Z ahora, porque sé muy bien que el año próximo los precios serán más altos”. Los precios empiezan a aumentar más que el incremento de la oferta monetaria. El crítico punto de inflexión ha llegado. A esta altura, se considera que la economía adolece de una escasez de dinero que se pone de manifiesto por el hecho de que el alza de los precios supera a la expansión monetaria. Lo que ahora se denomina grave situación de iliquidez aparece en vasta escala, y surge el clamor general para que se incremente la oferta de dinero. […] La tercera y última fase es la etapa descontrolada de la inflación: el colapso de la moneda. El público, presa de pánico, huye del dinero para refugiarse en valores reales, en cualquier clase de bienes o mercancías. La gente no piensa simplemente en comprar algo ahora, en vez de hacerlo más tarde, sino en comprar cualquier cosa en forma inmediata. [Murray Rothbard, op. cit., 1979]



Pero la inflación conlleva más perjuicios y problemas, además de la característica queja de los consumidores. Como hemos dicho, la inflación forma parte de un proceso más importante y complejo, el ciclo económico. Como la inflación trae aparejada una reforma y alteración sustancial de los precios relativos, estos no reflejan verdaderamente las preferencias y necesidades del mercado. Esto, en forma general, conduce a una expansión mayor de ciertas industrias, mientras otras son utilizadas por debajo de su capacidad, en detrimento de las necesidades concretas de la economía. Cuando la espiral inflacionaria se detiene, las industrias “sobrecargadas” dejan de rendir los beneficios que antes la sostenían, y queda en evidencia la ineficiente asignación de los recursos productivos. Es cuando se desata la crisis que se ha estado gestando durante todo el proceso.

El Estado no solo nos perjudica controlando y devaluando nuestro medio de cambio, sino que compromete nuestra futura situación económica. Cuando comienzan a evidenciarse los problemas, busca desesperadamente chivos expiatorios a quienes culpar: hoy ese chivo expiatorio son los empresarios, cosa que ha reafirmado Cristina Fernández en un discurso reciente, donde aseguraba que había una “apropiación de la utilidad” por parte de algunos sectores “formadores de precios”. “Quienes forman precio están como si nada tuvieran que ver. Pero digo que tienen una conducta antisocial. Los empresarios están para ganar plata, pero no de la manera en la que se hace”. En realidad, los empresarios simplemente siguen las leyes de la oferta y la demanda: si hay mayor demanda, subirán los precios. Si esta falacia en materia inflacionaria fuera cierta, de todas formas estaríamos hablando de un desacierto de los administradores de nuestra economía, porque no pueden escapárseles obviedades tales como la influencia de la oferta y la demanda sobre el precio. Es una clara muestra de inoperancia y desconocimiento de la economía, es algo que “deberían” haber tenido previsto.

Pero las cosas no son como nuestra presidenta las pinta: en realidad, la inflación está provocada por una expansión monetaria, que actúa en el mercado de la forma que ya hemos explicado. Y los principales beneficiarios son aquellos que el gobierno elija: sean los industriales subvencionados, los empleados públicos, las pymes que acceden a tasas de interés bajas, etc. Es el monopolio sobre el dinero el que permite todos estos desmanes y redistribuciones "desiguales" del ingreso. Su contrapartida es el dinero administrado libremente por el mercado.

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