El Estado y los trabajadores

De Anarcopedia

El Estado y los trabajadores
por Víctor L.

Contenido

[editar] Parte I

Pero la opresión no sólo resulta del capital. Merced, sobretodo, al sostén del Estado, al monopolio que el Estado crea en su favor, es como ciertas grandes compañías oprimen a las pequeñas” – Piotr Kröpotkin



Va dirigido a quienes creen que la intervención del Estado es necesaria para proteger a los pobres, sean de izquierdas o derechas, estatistas o incluso antiestatistas. Excluyo del mismo al progresismo vacío que copa las columnas de los periódicos y las tertulias de café.

El razonamiento principal de los socialdemócratas es el siguiente: puesto que el mercado sin regulación es quien llevó a gran parte de la población a convertirse en miserables proletarios, y puesto que las economías planificadas al estilo de la Unión Soviética han fracasado, debemos disponer los medios necesarios a la mayoría de la población como la sanidad o la educación por medio de la coacción, mientras que el mercado parcial que sostengamos servirá para financiar precisamente el proyecto de Bienestar anterior.

Entonces, la socialdemocracia parte de la premisa de que la propiedad privada beneficia solo a los ricos, y la completa propiedad pública no beneficia a nadie, de lo que inducen que debe existir cierto respeto por la propiedad para generar riqueza, y esta riqueza, a su vez, debe usarse en beneficio de los pobres, perjudicados por la propiedad privada.

Aquí topamos, entonces, con la contradicción principal de la socialdemocracia: reconocen que la propiedad genera riqueza, pero a continuación la violan, la extorsionan, le ponen trabas, la intimidan, cobran un tributo sobre su creación y sobre su extensión y, tras esto, justifican que todo ello se hace en beneficio de los pobres. Pero, ¿no beneficia la riqueza a los pobres? ¿qué es lo que hace que no llegue hasta ellos?

De la premisa de que la propiedad y el mercado libre crean riqueza –premisa que no han tenido más remedio que aceptar-, se sigue, según nos dice la ciencia económica, que dicha riqueza debe derramarse necesariamente en todas las capas sociales.

Veamos: si consentimos que el enriquecimiento de un empresario induce a este a realizar nuevas inversiones, contratar más trabajadores y demandar más mercancías, ¿no es cierto que su éxito repercute de forma positiva en la sociedad? Y, por tanto, ¿no debe corresponder, a cada éxito empresarial, salarios más altos gracias a la demanda mayor de trabajo, así como nuevos negocios para satisfacer las necesidades y demandas del empresario? ¿Los salarios más altos, a su vez, no deben subir el nivel de vida del trabajador, posibilitar su arrojo a empleos autónomos o cooperativos [1] y, a consecuencia de esto, demanda de mercancías que a su vez elevarán el número de negocios, la demanda de trabajo y los salarios? Si los salarios dependen del número de trabajadores en relación al capital, cuanto más cuantioso sea el capital mayores serán los salarios y menores los intereses del capital, y el mejor modo de multiplicar el capital es evitar las trabas que constriñen su creación. [2]

Si comprendemos esto, deberemos preguntarnos, ¿qué es lo que hace que los salarios sean bajos, esto es, qué constriñe el emprendimiento de nuevos negocios, tanto por parte de los empresarios –que demandan trabajo- como por parte de los trabajadores –que lo liberan? En otras palabras, ¿qué mantiene a los trabajadores en régimen de dependencia y precariedad y qué enriquece desmesuradamente a los empresarios existentes? [3]

La respuesta a todo esto la han dado, desde el s. XVIII hasta nuestros días, autores tan dispares como Adam Smith, Proudhon, B. Tucker o recientemente Kevin Carson.[4] El Estado, a través de los monopolios, las patentes, los aranceles, las licencias y los impuestos destruye y/o limita la creación de riqueza, la demanda de trabajo y por consiguiente los salarios.

No tengo espacio aquí para explicar detalladamente los efectos que tendría la supresión de la intervención estatal en todos estos campos, para ello me remito a los trabajos de Tucker, Carson o a los pedagógicos artículos de Langlois, me limitaré a mencionarlo por encima tan solo, para suscitar la curiosidad del lector.

Partimos del axioma de que cualquier servicio gestionado por los particulares, sin monopolios privados o estatales, es más barato y eficiente que otro monopólico. Este razonamiento lógico, contrastable con cientos de ejemplos en la realidad es fácil comprender. Si un fabricante de zapatos mantiene el monopolio sobre la venta de dicho producto, su precio, debido al desequilibrio artificial entre oferta y demanda (solo él puede producir los zapatos de todo un pueblo) y a los desincentivos por reducir costos, será altísimo, y a causa de la ausencia de competencia, el productor de zapatos no ofrecerá mejores servicios (¿para qué?), esto es, zapatos más cómodos, duraderos, transpirables, etc. y la calidad del producto irá degradándose con el tiempo.

Lo mismo sucedería con cualquier otro producto: así, vemos y hemos visto al Estado invertir muchísimo dinero en sanidad, educación o seguridad, y a pesar de ello la eficiencia de dichos servicios no solo no aumenta, sino que decrece, y su precio, al no tener el Estado incentivos en disminuirlo, se mantiene artificialmente alto gracias al monopolio –y en ocasiones aumenta, en forma de impuestos-. En cambio, si hubiera competencia los productores pugnarían por reducir los costos para ofrecer servicios más baratos, atraer a los consumidores y desbancar a los competidores.

Dicho esto, ¿no es cierto que, encargándose los particulares en libre competencia de la emisión de dinero, los intereses descenderían a su tasa natural, multiplicando los negocios, abaratando los productos, aumentando los salarios y dando acceso a los trabajadores a créditos baratos? ¿No es cierto que, abolidos los aranceles y las patentes, la sociedad tendría acceso a productos más baratos, gracias a la ausencia de gravámenes sobre la importación y a la competencia general en los productos cuya comercialización hoy monopolizan sus inventores? ¿No tenemos razón al afirmar que, abolidas las licencias para emprender negocios y los impuestos sobre renta, consumo, patrimonio, etc. los individuos podrán emprender negocios y disponer de su dinero con más facilidad, de forma que demanden trabajo o lo liberen, aumentando de uno y otro modo los salarios? Y, por último, ¿no es cierto también que, abolido el monopolio sobre la tierra de que disfrutan los terratenientes, los campesinos podrán disponer de la tierra libremente, así como de capital para explotarla más barato, haciendo más atractiva la vida en el campo y frenando la migración a la ciudad? ¿Cuántos inmigrantes se ahorrarían las grandes ciudades españolas si estos pudieran disponer libremente de las tierras que trabajan en Huelva, cultivando la fresa; o en Valencia, recolectando naranjas? [5]

Todo esto, además, obviando que la abolición de la “responsabilidad limitada” de los accionistas de las SA haría más asequible y atractiva la participación de los trabajadores en estas empresas, comprándolas. También hemos obviado que hoy día el Estado subvenciona el transporte a las grandes empresas directa e indirectamente con el dinero del contribuyente, de forma que dicho gasto –el transporte- no tiene repercusión económica en el precio de los productos de estos gigantes empresariales, mermando la capacidad competitiva de la pequeña empresa (ver la cita número 2).

[editar] Conclusión

Como hemos visto, es el Estado quien impide los salarios altos y las mercancías baratas; a pesar de que su propaganda nos lo muestre como el benefactor de los pobres, es en realidad el perpetrador de su situación actual.

Sin todas las trabas que hemos mencionado, que reducen artificialmente la riqueza, los trabajadores podrían tomar el control de sus puestos de trabajo fácilmente, contratar planes de pensiones que les permitieran jubilarse antes, tendrían acceso a una sanidad, educación, justicia y seguridad más baratas y eficientes, podrían trabajar menos por la disminución en el costo de vida y unas posibilidades de cooperación y emprendimiento enormes.

La solución a la precariedad no es la limosna –precedida del robo, y que ofrece servicios caros e ineficientes - sino la eliminación de todo cuanto impide a los trabajadores disfrutar de salarios altos o autogestionar sus puestos de trabajo.

¡Mutualismo y autogestión!


[editar] Parte II

La gente empieza a darse cuenta de que el aparato del gobierno es costoso. Lo que aún no ven es que el peso recae sobre ellos. – Frédéric Bastiat



Vimos en el capítulo anterior algunos de los factores que constriñen la oferta de capital (patentes, tarifas, monopolios), o dificultan el acceso del trabajo al capital (el monopolio de la tierra, la responsabilidad limitada de los capitalistas…), pero a penas tratamos la repercusión que tienen los impuestos sobre los salarios y el nivel de vida de los trabajadores. De ello nos ocuparemos ahora.

Constantemente oímos vociferar a la izquierda autoritaria a favor de los impuestos y el “gasto social” pues, de este modo, nos dicen, se redistribuye la riqueza entre todas las clases y deviene el bienestar general. Esta idea nace de la creencia de que los servicios públicos son sufragados por los más ricos, y de este modo las “plusvalías”[6] que ellos extraen a los más pobres vuelven a ellos en forma de servicios sociales.

Lo que trataremos de demostrar aquí es el efecto nocivo de los impuestos sobre los salarios, con el subconsiguiente aumento de la “plusvalía”, y, por tanto, lo inapropiado de los métodos de la izquierda tradicional para empoderar a los trabajadores.

En los años 70, el economista Sir Arthur Laffer ideó una curva con la que pretendía demostrar que los impuestos, a partir de cierta cantidad, contraían la inversión de tal forma que la recaudación era menor a partir de cierta tasa impositiva.

Argumentaba que, conforme mayores son los impuestos, se emprenden menos negocios –puesto que el gravamen a su actividad no hace a muchos de ellos rentables-, y aumentan el fraude y la evasión fiscal hacia países donde los impuestos son más bajos.

De este modo, cuando el aumento de impuestos no va seguido de un aumento proporcional en la recaudación esto indica que, a consecuencia precisamente de los altos impuestos, se está cometiendo fraude, se evade fiscalmente o, simplemente, muchos negocios han dejado de ser rentables y no se invierte en ellos, lo que conlleva menor riqueza y, por tanto, recaudación menor.

¿Qué consecuencias tiene esto? Pues, como el lector habrá advertido, cuanta menor es la inversión, menores son el capital invertido, la demanda de trabajo y con ello los salarios, luego creer que con el aumento o siquiera el mantenimiento de los impuestos actuales se redistribuye la “plusvalía” creada por el trabajo es erróneo, ya que lo que realmente sucede es que disminuyen los negocios, con ello descienden los salarios, y los capitalistas supervivientes extraen un interés superior del trabajo, al que podrían extraer en caso de impuestos menores.

Pero, podrá objetarse que, aceptando que con una tasa algo menor de impuestos se recaude lo mismo, si desciende esa cantidad, los servicios públicos deberán recortarse, viéndose perjudicados los trabajadores que no pueden pagar otros análogos por vía privada.

Esta afirmación supone que, yendo las riquezas de un país de 100 a 2[7], y siendo la riqueza media por individuo 15, puesto que con el impuesto progresivo, quien poseía 100 pagaba 40, quien poseía 50;10, quien poseía 15; 2, y quien poseía 2 a penas pagaba 0,1, siendo 4 el pago medio por habitante, por lo que se objeta que, costando 4 de media por habitante el servicio, quienes pagaban por debajo de 4 al Estado salen perjudicados en el cambio, e incluso tendrían problemas en acceder a tales servicios.

Pero, aun obviando que en un libre mercado el precio de dichos servicios bajaría drásticamente, nos damos cuenta que los impuestos altos que permiten ofrecer tal servicio público disminuyen los salarios al reducir los negocios, por lo que sin dichos impuestos los salarios aumentarían y mucha más gente podría acceder a servicios privados, mutuos o cooperativos.

Todo esto, repito, obviando el descenso de precios que produce la competencia pacífica y los efectos de las trabas que mencionamos en la Parte I (tarifas, patentes, monopolios), que deprimen los salarios.Si tuviéramos en cuenta todos estos factores en su conjunto, caeríamos en la cuenta de que quien cobra hoy 2, en anarquía cobrará 13 y pagará 2.

Parafraseando un artículo que leí hace algún tiempo: en las nuevas revoluciones el pueblo no pedirá más Estado sanidad, educación y pensiones públicas, sino su abolición. Querrán librarse más fácilmente del patrón habiendo destruido antes su sostén.

[editar] Notas

  1. “los años baratos tienden a incrementar la proporción de trabajadores independientes sobre la de jornaleros y sirvientes de diversa suerte, mientras que los años caros tienden a disminuirla”. – Adam Smith, Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones. 1776
  2. Nuevamente, nos dice Adam Smith: “un país donde los ricos o los propietarios de grandes capitales disfrutan de una amplia seguridad, pero los pobres o los propietarios de capitales pequeños casi no tienen ninguna, sino que están expuestos al pillaje y saqueo […] tendrá una cantidad de capital empleado en las distintas ramas de la economía que jamás será igual a la que la naturaleza y extensión de esas ramas podría admitir. En cada rama, la opresión de los pobres deberá traducirse en el monopolio de los ricos, que al acaparar todo el negocio cosecharán muy copiosos beneficios”.
  3. “La disminución de los beneficios es el efecto natural de la prosperidad”.-Adam Smith.
  4. ver: http://www.mutualist.org/id47.html y http://www.banderanegra.canadianwebs.com/tucker.html
  5. Conste que no tengo absolutamente nada contra la inmigración, pero es evidente que la llegada de nuevos trabajadores presiona los salarios hacia abajo y, por tanto, encontraba necesaria una respuesta alternativa desde el anarquismo a este problema, mucho más efectiva y ética que la propuesta por los grupos de extrema derecha tipo DN.
  6. Empleo la palabra “plusvalía” en el sentido en que lo empleaba Marx, sin entrar a valorar si tal concepto es acertado o no. A grandes rasgos no es excesivamente distinto de los Intereses del Capital de los que hablan otros economistas utilizando la TSV.
  7. Todas estas cifras son, por supuesto, simbólicas.
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