Del anarquismo utópico al anarquismo científico

De Anarcopedia

Economía neoanarquista

Del anarquismo utópico al anarquismo científico
por Langlois[1]

En el año 1880, Friedrich Engels publicaría un ensayo titulado Del socialismo utópico al socialismo científico, donde contrastaba la realidad material, las influencias y las doctrinas generales del socialismo así denominado “utópico”, con las teorías “científicas” del socialismo marxista. Engels repasaba así, en forma crítica, los factores que contribuyeron a las fantasiosas visiones de una sociedad ideal típicas de los socialistas primitivos, a la vez que destacaba y enfatizaba los aciertos de los mismos, y la forma en que contribuyeron a la formulación de un socialismo más objetivo y maduro. Socialismo que jamás hubiera salido de su cáscara de ilusiones de no ser por los aportes de Marx, esto es: la concepción materialista de la historia y el estudio del modo de producción capitalista. Aquí intentaremos realizar un contraste similar, pero, como el título del artículo deja en claro, enfocado hacia el anarquismo como corriente filosófica, política y económica independiente.

Contenido

[editar] El pensamiento anarquista

Hemos destacado en otro momento el carácter esencialmente filosófico del anarquismo [1] . La base de la doctrina anarquista es, y sólo puede ser, la oposición a todo tipo de relaciones coactivas, donde una parte ejerza poder e imponga su voluntad sobre la voluntad dominada, sin el consentimiento ni la aprobación de esta última. Es decir, relaciones en donde A gobierne sobre B, sea el Estado sobre las personas y sus propiedades, la comunidad sobre las obligaciones de los individuos, los valores patrios sobre la integridad individual, o un hombre sobre otro hombre. Naturalmente, el anarquismo, como teoría, consiste en analizar las relaciones sociales, políticas y económicas, y descubrir si en dichas relaciones existe coacción o imposición, y si existe, qué parte es la que domina y oponerse a ella. Es este el sentido real y legítimo que los primeros anarquistas, hacia principios del siglo XIX, quisieron darle a tal corriente.

Dejando de lado precursores filosóficos como Zenón de Citio, Étienne de la Boétie, Thomas Paine o William Godwin, entre otros, podemos referirnos como padre del anarquismo al francés Pierre-Joseph Proudhon, quien a principios de 1840 identificaba a la “anarquía” como aquel orden social voluntario donde no se imponga ninguna autoridad centralizada. Simultáneamente, el alemán Max Stirner, en su obra El Único y su propiedad (1844), señalaba como centro de toda realidad la unicidad del “yo” egoísta, y esbozaba como principio de organización la libre asociación voluntaria y contractual entre individuos plenos y únicos. Ambos, el primero desde un socialismo cercano al individualismo y el segundo desde un solipsismo egoísta extremo, veían en el Estado el principal enemigo de la libertad y en la propiedad privada la principal defensa del individuo frente a la coacción del mismo.

Proudhon, específicamente, se había interesado desde sus inicios por la filosofía política y la teoría económica, buscando conjugar sus descubrimientos en algún programa que garantice la liberación del hombre. Así llegaría a declarar que “quien dice socialismo en el buen y verdadero sentido de la palabra, dice naturalmente libertad del comercio y de la industria, mutualidad del seguro, reciprocidad del crédito, del impuesto, equilibrio y seguridad de las fortunas, participación del obrero en los destinos de las empresas, inviolabilidad de la familia en la transmisión hereditaria” [Pierre-Joseph Proudhon, El principio federativo, 1863]. Y concebía como los mejores métodos para llegar a ese ideal —oponiéndose tenazmente a la revolución violenta—, la descentralización del Estado en pequeñas federaciones contractuales, donde todos los individuos tengan participación política en la toma de decisiones, mientras instaba a los obreros a desarrollar una economía “paralela” a la capitalista mediante la liberación de la economía, hasta cubrirla virtualmente y “crear” una nueva sociedad dentro de la cáscara de la vieja.

Mijaíl Bakunin, cercano al pensamiento proudhoniano pero influenciado fuertemente por la doctrina marxista, se convertiría en un profeta de la revolución social. Sin embargo, aunque difería de Proudhon en los medios para alcanzar la anarquía, su concepción final de la misma era en cierto sentido similar: la organización federativa, el derecho del trabajador al producto íntegro de su labor, la emisión de “bonos de trabajo”, etc. Su visión básica, como señala Keith Preston, era una sociedad industrial apoderada, gestionada y dirigida por los trabajadores en libre asociación y plena libertad económica. El príncipe Piotr Kropotkin, hacia el último cuarto del siglo XIX, criticando al anarquismo bakuninista, declararía que la anarquía solo era compatible con la propiedad común, la distribución de los bienes según las necesidades de los individuos y la organización en comunas federadas. El italiano Errico Malatesta, también anarcocomunista, se diferenciaría en ciertos puntos con Kropotkin, considerando el pensamiento anarquista más bien como un ideal ético y moral de organización social voluntaria. Sería él quien declararía que las diferencias entre comunistas libertarios y anarquistas individualistas eran superfluas, ya que bajo el federalismo, cada comunidad podía regirse bajo el sistema que desee, compitiendo pacíficamente entre ellas, triunfando el principio de organización social más eficiente —naturalmente, él creía que el anarcocomunismo terminaría siendo aceptado por todos por sus resultados prácticos—. Al mismo tiempo, principalmente en Estados Unidos, muchos teóricos tomarían los aportes de Proudhon y Stirner y defenderían la propiedad privada y el más auténtico laissez-faire de la escuela clásica de economía.

A partir de aquí, el movimiento y progreso teórico del anarquismo se detiene. La capacidad de análisis del anarquismo utopista no han superado la sociedad prefigurada por Bakunin, Kropotkin o Malatesta, y su simple tarea ha consistido en contraponerla a la sociedad actual, como si, por mero contraste, quedase en evidencia su irracionalidad. Su actividad práctica se ha fundamentado, principalmente, en la pacífica espera de las “condiciones objetivas” bajo las que el proletariado tomará conciencia de su potencial revolucionario y eliminará al capitalismo. ¿Por qué no ha avanzado más en su estudio de la realidad? Básicamente, porque la metodología de análisis y crítica de este anarquismo es la misma que la de los socialistas utópicos de principios del siglo XIX. En ellos tratábase…

… de descubrir un sistema nuevo y más perfecto de orden social, para implantarlo en la sociedad desde fuera, por medio de la propaganda, y de ser posible, con el ejemplo, mediante experimentos que sirviesen de modelo. Estos nuevos sistemas sociales nacían condenados a moverse en el reino de la utopía; cuanto más detallados y minuciosos fueran, mas tenían que degenerar en puras fantasías [Friedrich Engels, Del socialismo utópico al socialismo científico, 1880]



A continuación expondremos y someteremos a crítica los puntos que, creemos, ha adormilado al anarquismo utópico y le ha impedido convertirse en una fuerza intelectual realmente liberadora. Estos son: la teoría laboral del valor, la oposición a la propiedad privada y al dinero, la crítica económica al libre mercado o capitalismo, y la supuesta “perfección” del sistema anarcocomunista.

[editar] El dogma de la teoría laboral del valor

La teoría laboral del valor ha servido de fundamento a todo socialismo para sentenciar que, de una forma u otra, al trabajador se extrae una porción de su producto y, a cambio, se le paga un salario de miseria. Esta teoría sostiene que el valor de todas las mercancías proviene del trabajo del obrero, y el socialismo en general, vocifera que todo lo producido pertenece a sus verdaderos y legítimos creadores, y que el capitalista vive a expensas del trabajador, sin aportar nada en el proceso de producción más que su consentimiento. El obrero resulta, por lo tanto, explotado en toda relación asalariada.

La teoría laboral del valor nace con Adam Smith, pero es con David Ricardo con quien alcanza un mayor grado de desarrollo. Ricardo aseguraba que era el tiempo de trabajo incorporado a cada mercancía lo que determinaba su valor. Esto le venía sugerido por el desenvolvimiento natural de la competencia en el mercado, donde los precios se acercaban, gradualmente a los costos de producción. Al parecer, procedía siempre analizando el mercado con un modelo similar al de “competencia perfecta” en la mente. En este modelo, no hay lugar para los beneficios, dado que la oferta y la demanda se hallan perfectamente igualadas, y los precios de los bienes reflejan el trabajo que llevan incorporados. Es probable que, en ausencia de esta consideración sobre la naturaleza del mercado, Ricardo hubiera adoptado otra postura en lo referente a la teoría del valor. Pero bien, quienes mayor utilidad le dieron a la teoría laboral del valor, en un principio, fueron los socialistas ricardianos en Inglaterra —dado que para el análisis económico la misma era prácticamente inaplicable, solo era asumida sin discusión por la mayoría de los economistas—. Como declaraba Marx por ese entonces:

Quienquiera que esté algo familiarizado con el movimiento de la economía política en Inglaterra no puede ignorar que casi todos los socialistas de aquél país han propuesto en diferentes épocas la aplicación igualitaria de la teoría de Ricardo. Podríamos citar a… L’Économie politique, Hopkins, 1822; William Thompson, An inquiry into the principles of the distribution of wealth, most conductive to human hapiness, 1827; T. R. Edmonds, Practical, moral and political economy, 1828; etc., etc., y otras cuatro páginas de etceteras. [Karl Marx, Miseria de la filosofía, 1847]



Otros en aplicar a la realidad social esta misma proposición fueron Rodbertus en Alemania, Josiah Warren en Estados Unidos, y Pierre-Joseph Proudhon en Francia. Los tres desarrollaron su teoría laboral del valor con cierta independencia de la teoría de Ricardo, pero siempre coincidiendo en el punto central: que el trabajo creaba valor, y que el obrero sólo recibía las migajas de su creación. Los seguidores directos Warren y Proudhon, los mutualistas americanos, entre los que podemos destacar a Benjamin Tucker y a Lysander Spooner, adherían, además, a la mayoría de los postulados de la economía clásica. Con Marx, la teoría laboral del valor adquiría nuevas características, y es la versión más aceptada por el socialismo y el anarcocomunismo en general. El mismo Mijaíl Bakunin coincidía con ella al igual que con casi todos los principios y conceptos expresados en El Capital.

La influencia de Ricardo y otros economistas clásicos es notable en Marx. De hecho, en su obra principal, la teoría laboral del valor es aceptada prácticamente sin discusión. No obstante, añadiría algunas facetas distintivas en su estudio de la mercancía: (1) que la fuerza de trabajo del obrero se vendía en el mercado como una mercancía, lo cual resultaba ser la característica fundamental del capitalismo; (2) que, al igual que todas las mercancías, el valor de la fuerza de trabajo también estaba determinada por el trabajo socialmente necesario para mantener con vida al proletario —lo cual explicaba los salarios mínimos—; y (3) que la diferencia entre el valor de la fuerza de trabajo y el valor del producto creado por la misma era apropiada como “plusvalía” por el capitalista, y que la plusvalía era la fuente de los beneficios empresariales, motor del modo de producción capitalista.

La teoría laboral del valor se convertía así, en la teoría de la explotación capitalista, y es, por lo general, aceptada sin el más mínimo cuestionamiento. Ni siquiera se tiene en cuenta su origen histórico en los escritos de Ricardo, y la influencia fundamental de la acción de la competencia como “niveladora” de las fortunas en la misma; lo cual encierra una contradicción innegable con la afirmación, también generalizada, de que la libre competencia conduce a la concentración y al monopolio —como se ha explicado en El socialismo y la competencia [2]—. Vemos así como un error aislado en la economía política clásica —que, como señalamos, carecía de influencia en sus sistemas analíticos— era explotado al máximo y ascendido a la categoría de verdad absoluta, y como argumento principal que demuestra que entre el obrero y el capitalista media, en efecto, una relación de explotación y abuso.

Sin embargo, la teoría laboral del valor es errónea. No sólo es inútil como herramienta de análisis de la realidad económica —el único caso en el que es “aplicable”, ante el cual los socialistas suelen mostrarse muy orgullosos, es en el que los capitalistas, con la introducción de la maquinaria, reducen la cantidad de trabajo necesario para producir determinada mercancía y pueden, por ello, disminuir el precio del producto final—, sino que es incapaz de explicarnos un simple intercambio de mercado. La teoría clásica de Ricardo adolecía de un error fundamental, ya que en ella, el trabajo quedaba expresado como los “costos de producción”, los cuales determinaban el precio. Pero los costos son precios, con lo que el problema sigue ahí. Esto era solucionado reduciendo todos los insumos o costos de producción a unidades de trabajo. Pero si el valor de la fuerza de trabajo estaba determinado por las mercancías necesarias para mantener vivo al obrero, nos queda que el valor de esas mercancías estaba, supuestamente, también determinado por trabajo, y el círculo vicioso nunca acababa. El que la ciencia económica la haya eliminado le ha permitido avanzar como no lo había hecho a lo largo de casi todo el siglo XIX.

Carl Menger y William S. Jevons en 1871, y Leon Walras en 1874, desarrollaron simultáneamente la teoría subjetiva del valor, que más tarde sería perfeccionada en el principio de la utilidad marginal. La misma establecía que el valor de los bienes provenía del grado de utilidad que aportaban a los individuos, y que la función de utilidad variaba de individuo a individuo, esto es, que era subjetiva. Pero no sería sino con el austriaco Eugen von Böhm-Bawerk, discípulo de Menger, que existiría una refutación sistemática y terminante de la teoría laboral del valor. Böhm-Bawerk dirigiría sus argumentos principalmente hacia Marx, quien, como ya hemos dicho, ofreció una versión más acabada de la ley del valor-trabajo.

El polémico austriaco demostraría que la idea del valor intrínseco de los bienes, tan popular entre las teorías laborales del valor, era una suposición infundada, que se utilizaba para justificar una supuesta “equivalencia” entre los valores de las mercancías destinadas a intercambiarse —lo cual era indemostrable para tan sólo un único y simple intercambio—. Lo que en realidad motivaba y justificaba el intercambio, era el hecho de que lo que se cambian son valores desiguales, no iguales. Ambas partes consideran que el bien que reciben posee más valor que el bien que ceden, de lo contrario no entrarían al intercambio. Por otro lado, Marx aseguraba que en el intercambio, existía entre las mercancías involucradas, “algo común” a ambas, y deducía que ese “algo común” sólo podía ser el trabajo. Pero Böhm-Bawerk también señalaría otros factores, de la misma o mayor importancia, como el ser escasas, el haber sido apropiadas, el ser objeto de la oferta y la demanda, el ser útiles, etc. De hecho, la generalidad del factor trabajo podía ser puesta en duda, ya que también existían toda una multitud de mercancías que no eran productos del trabajo, pero que tenían valor y se intercambiaban tan libremente como las otras. Y el intentar reducir todas las formas de trabajo —intelectual, manual, etc.— a una unidad de “tiempo de trabajo”, es arbitrario e indemostrable. Además, como Böhm-Bawerk señalaba, en este análisis se descuidan enormemente tanto la comprobación empírica, como la influencia de competencia, la motivación psicológica, etc.

Como hemos también demostrado en La teoría marxista de la explotación [3], la teoría laboral del valor tampoco puede explicarnos la influencia del dinero en el intercambio. El dinero es concebido como una simple “medida de valor”, es decir, como un elemento cuantificador de referencia y totalmente neutro en el mercado. Sin embargo, Carl Menger ya había explicado cómo, en su teoría del dinero, este era una mercancía igual a cualquier otra, pero con un grado de liquidez mayor a las demás, lo que la convertía en circulante y le permitía ser atesorada. Muchas de estas mercancías eran productos naturales y no intervenía en ella ningún tipo de trabajo, y si intervenía, ¿cómo podía ser tan variable su precio relativo con las demás mercancías? El dinero es la mercancía que participa en prácticamente todos los intercambios, y si bien refleja el precio de todas las demás, estos precios son siempre transitorios y cambiantes. ¿Debemos deducir que la cantidad de trabajo incorporado en el dinero metálico o en otros elementos utilizados como dinero se transforma en cada intercambio?

La teoría laboral del valor ha sido arrojada a los sótanos de la teoría económica, por ser lógica, empírica y analíticamente inconsistente, además de claramente pretenciosa. No nos queda más que reconocer que su utilización, más de cien años después de demostrarse errónea, como base de toda una corriente de pensamiento, denota una clara incapacidad de actualización, reflexión, autocrítica, e interés por comprender los fenómenos socioeconómicos reales y actuales. Una actitud claramente anticientífica.

[editar] La propiedad privada y el dinero

La propiedad privada y el dinero, esos dos “monstruos” del egoísmo capitalista, son de las instituciones más atacadas por los anarquistas utópicos. Por supuesto, no hay demasiado fundamento para ello, más que prejuicios morales o éticos. Como hemos señalado, el anarquismo se opone a todo tipo de relación coactiva, donde la voluntad de unos prevalezca sobre la de otros, contrariando la sanción de la parte dominada. No podemos encontrar ni en la propiedad privada ni en el dinero ninguna contradicción con este principio.

Como hemos demostrado, la propiedad privada no nace de la imposición y el autoritarismo, sino a raíz de la apropiación originaria de bienes escasos. En la medida en que la relación cuantitativa entre el stock de bienes disponibles y las necesidades que deben satisfacer indica que hay escasez, los individuos suelen apropiarse la mayor cantidad posible para asegurarse su posesión, en detrimento de las necesidades de los demás. Los individuos terminarán poseyendo la cantidad de bienes que, en un principio, sean capaces de mantener en su poder. Un caso ejemplar es el de la tierra: cuando comienza a escasear, los individuos mantendrán bajo su propiedad la cantidad de las mismas que sean capaces de trabajar. Si bien en el caso de la tierra el proceso puede ser algo traumático, con la enorme cantidad de bienes y productos restantes el proceso suele darse con pleno consentimiento social. A partir de allí, hay una legitimación consuetudinaria a lo largo de las generaciones, ya que queda en evidencia la utilidad social del respeto por la propiedad privada. Así la costumbre y la tradición dan lugar a una institución cuya protección resulta necesaria para la convivencia en comunidad.

El dinero, a su vez, es una consecuencia natural e inevitable de la economía de trueque. Como sabemos, todos los intercambios son voluntarios, de lo contrario, la calidad de intercambio del mismo quedaría invalidada. A medida que los intercambios se vuelven más periódicos y regulares, salen a la luz, por un lado, los inconvenientes del intercambio directo de las mercancías, y por otro, la existencia de ciertas mercancías que poseen un grado mayor de liquidez, es decir, que son más valoradas y deseadas y por lo tanto son intercambiables por casi todas las demás. La utilidad de esta mercancía se generaliza por su utilidad en el mercado y nace así el dinero, de forma espontánea en el mercado. El dinero no es fruto de la imposición de ninguna autoridad ni de ninguna clase sobre la otra, sino que surge de las relaciones voluntarias de la economía del intercambio y de la propiedad privada.

¿Por qué gran parte del utopismo anarquista se opone entonces a estas dos instituciones? El pensamiento más maduro de Proudhon incluso llega a reconocer la utilidad social de la propiedad privada, considerando que la defensa de la misma es el único medio que tiene el individuo para defenderse del Estado. Naturalmente, veía como la única propiedad legítima la fundada en el trabajo, pero justificando esta posición en principios iusnaturalistas derivados de la teoría laboral del valor. Pero reconocer este último error no implica echar por la borda su idea principal sobre la propiedad privada, ya que esta puede y debe ser valorada, como hemos indicado, conforme a su naturaleza originaria específicamente no coactiva. Tampoco se oponía, al igual que los mutualistas americanos, a la utilización del dinero —si bien también cometieron serios errores al considerar el tipo de dinero que debía regir—. Y el mismo Bakunin proponía la implantación de bonos de trabajo que valoren la labor realizada por cada individuo para que puedan adquirir los bienes que deseen. ¿De dónde surge, entonces, la oposición del anarquismo a la propiedad, el dinero y el mercado?

Podemos creer que esta inclinación proviene de la creencia en que es el libre mercado el que produjo el estado actual de cosas: una clase dominante de burgueses que controlan el Estado a placer, y una masa de desposeídos y oprimidos que viven bajo su yugo. Aunque se elimine el Estado, si el mercado permite la creación de otra burguesía dominante, el Estado volverá a aparecer. Esta conclusión proviene de una simplista comprensión de los procesos del mercado, y de la incapacidad de discernir cómo actúa el Estado —supuestamente el eje de toda crítica anarquista—. Y lo que vamos a aclarar ahora viene enlazada con la sección siguiente, donde exponemos la capacidad crítica del anarquismo en general para con el capitalismo.

En el mercado, la libertad económica no produce concentración de la riqueza, sino al contrario, su más amplia nivelación. En La verdadera acción de la competencia [4] hemos señalado cómo se desenvuelve este proceso. A diferencia de lo que se cree comúnmente —que para que exista una verdadera competencia los productores deben comenzar en cierta igualdad de oportunidades o condiciones—, el inicio de toda competencia es el monopolio. Los monopolios, al ser los únicos proveedores de determinados bienes, pueden asegurarse ganancias enormes, y son estos beneficios altos los que motivan a otros capitales a entrar a competir con él, produciendo el mismo artículo a precios menores. Los capitales en competencia real siempre son de magnitudes similares, a diferencia de lo que también se cree comúnmente —es decir, la división del mercado entre grandes y pequeños productores—, y la afluencia de los mismos es continua y libre hasta que la misma competencia reduzca los precios a un punto en el que no resulta rentable entrar al mercado. Esto quiere decir que lo que sostenían Ricardo, algunos socialistas ingleses y el mismo Proudhon —que llamaba a la libre competencia “la guerra contra los monopolios”—, esto es, que la competencia conducía a que los precios reflejen los costos de producción es, en cierta manera, acertado.

¿Pero entonces, se preguntará cualquiera, por qué ahora, que existen monopolios y oligopolios y que estos dominan el mercado y amasan fortunas, no tienen competencia? ¿Por qué el supuesto proceso de nivelación nunca se da en el mercado? Aquí es donde entra la intervención del Estado en la economía. El Estado no es el simple “protector de la propiedad privada” que los liberales clásicos defendían. Nunca lo fue. El Estado ha sido siempre un núcleo de individuos que poseen el monopolio de la fuerza y pueden, gracias a ello, intervenir todos los aspectos de la vida social para asegurarse más poder, tanto político como económico. Mediante lo que Benjamin Tucker denominaba los “cuatro grandes monopolios”, la intervención en el sistema bancario y la manipulación de la moneda, el proteccionismo, la propiedad intelectual y la propiedad lockeana sobre la tierra, a los que Kevin Carson ha sumado los subsidios a los grandes capitalistas, el Estado protege y asegura las ganancias de un selecto grupo de empresarios. Esto acarrea consecuencias gravísimas para los trabajadores, ya que la monopolización del mercado contrae la demanda de trabajo, posibilitando los salarios de miseria y el desempleo, a la vez que perjudica a los pequeños capitalistas, eliminándolos de la competencia e impidiéndoles progresar.

El Estado ha intervenido siempre la economía a favor de una elite económica, en mayor o menor grado. En el siglo XIX los mecanismos más populares para ello eran el proteccionismo y la propiedad intelectual, hoy en día el Estado subvenciona, otorga créditos baratos, controla precios, provoca grandes devaluaciones e inflaciones, contrae deudas públicas con entidades privadas, emite leyes que regularizan la producción y la competencia, etc. Y gran parte del anarquismo —si excluimos del anarquismo las más recientes tendencias agoristas, anarcocapitalistas, etc.— jamás levantó la voz contra estas prácticas. Y nuevamente, esto se ha debido a una incomprensión, una incapacidad y un desinterés tales en el estudio y análisis de los hechos que tenían enfrente, de las relaciones de poder y de los movimientos del Estado, que ya podríamos denominar característicos.

[editar] La crítica al libre mercado o capitalismo

La crítica al libre mercado, o lo que podría considerarse lo mismo —aunque no lo es—, el capitalismo, proviene en gran parte del análisis económico marxista. Muchos anarquistas suelen adoptar sin cuestionamientos la crítica, teoría y terminología utilizada por Marx para atacar el capitalismo, hecho al cual no encontramos explicación concreta, aunque hay varias posibles. Contra la aceptación general de Marx por parte de los anarquistas, Proudhon desechaba prácticamente todo su sistema —aunque no llegó a conocerlo en su totalidad—, y Kropotkin consideraba anticientífica su metodología. Bakunin, por su parte, como ya hemos dicho, aceptaba gran parte del análisis marxista, tal vez por provenir también él mismo de una tradición hegeliana.

Una de las críticas más habituales del anarquismo utópico hacia el mercado, provenientes de la influencia marxista sobre el mismo, es que los capitalistas “suplantan” trabajadores por máquinas para aumentar la productividad, arrojando a la calle a cierto número de trabajadores, alimentando así el “ejército industrial de reserva”. En primer lugar, la implantación de la maquinaria le permite al empresario ahorrar en costos, de los cuales los salarios forman parte, y acrecentar sus beneficios. Esto favorece la acumulación para posteriores inversiones, con lo que los trabajadores antes despedidos pueden volver a ser empleados. En segundo lugar, al aumentar la demanda de maquinaria por parte de los capitalistas, los productores de las mismas expandirán su producción y contratarán más obreros, con lo que, en términos generales, los despidos son compensados o equilibrados en términos generales: en una instancia inmediata, con mayor empleo en la producción de maquinaria, y en el largo plazo, con mayores inversiones producto de la acumulación actual —asimismo, podría tenerse en cuenta el hecho de que el dinero acumulado es generalmente depositado en bancos, con lo que el ahorro disponible crece y disminuye la tasa de interés, facilitando el crédito barato para quienes desean invertir en ese momento—.

Este argumento sobre la maquinaria suele ser también utilizado para “demostrar” cómo la libre competencia conduce a la concentración de capitales. Los grandes capitalistas, gracias a su fortuna, son quienes pueden adquirir más rápidamente las nuevas y, por ende, más caras máquinas, que permiten reducir los costos de producción, a diferencia de los empresarios de capitales menores. Así, pueden reducir los precios y arruinarlos. En primer lugar, repetimos, la verdadera competencia siempre se desempeña entre capitales de magnitudes similares, la influencia de los pequeños capitales suele estar reducida a mercados reducidos geográficamente —por dar un ejemplo muy burdo pero ilustrativo, McDonald’s compite con Burger King, no con un restaurante barrial—. Como ya hemos señalado en otro artículo [5], esta teoría no tiene en cuenta la influencia del crédito en la producción, ni el hecho de que en el mercado, de ser libre y abierto, ingresan nuevos competidores continuamente —con lo que el proceso no termina con la ruina de unos pocos rivales, sino que se reiniciará al instante—. Reconozcamos también, que no todo emprendimiento empresarial en el mercado se reduce a la producción industrial mecanizada.

Otra acusación que se le hace al libre mercado o al capitalismo, es que no es capaz de evitar las llamadas “crisis de superproducción”, tal como las definiera Marx —la forma de concebirlas por parte de Keynes no suele ser utilizada por parte del anarquismo utopista, por lo que la dejaremos de lado—. En Marx, esta teoría afirma que los problemas de superproducción, es decir, de una producción excesiva frente a una determinada demanda se dan en forma general, se deben a que toda la economía se reduce al sector industrial, donde todos los capitalistas han adquirido una maquinaria que les permite disminuir los precios, con lo cual cae la tasa de ganancia, hecho al que se suma el que existe un creciente desempleo por la introducción de las mismas máquinas, y la demanda disminuye y se muestra insuficiente para absorber toda la producción. Así, enormes cantidades de productos no encuentran compradores, se efectúan pérdidas enormes, y quiebras grandes cantidades de empresas e industrias, facilitando la concentración de capitales.

Pero, como declara Murray Rothbard sobre este tema, ni Marx ni quieres defienden la teoría de la superproducción —o subconsumo— se plantearon la existencia del sistema de precios. En efecto, ¿por qué los empresarios, cuya única responsabilidad y función es tomar los precios de mercado como indicadores y actuar en consecuencia, persistirían en invertir en un proceso productivo cuya rentabilidad está cada vez más reducida? ¿Por qué no tomarían en cuenta la magnitud de la demanda a la hora de definir la cantidad de producción que ofrecerían en el mercado, produciendo obstinadamente, sin enterarse de que el precio final no alcanzaría para cubrir los costos efectuados hasta que tienen la quiebra encima? No podemos llegar a discernir, en esta teoría, qué indicadores han seguido los capitalistas a la hora de producir, que “estímulo” les hizo suponer que la producción era rentable, como para que todos se equivoquen al mismo tiempo —ya que la superproducción en casos aislados es concebible y fácilmente comprensible—.

Esta manía de tomar “prestados” los argumentos económicos de Marx, le han costado caros al anarquismo en lo que se refiere a sus posibilidades de comprensión, análisis y crítica de la realidad. El anarquismo no ha avanzado en sus propósitos de comprender el orden social imperante, simplemente porque no ha querido, dado que las herramientas de la ciencia económica para tal cometido han estado siempre a su alcance y disposición. Con esto último queremos expresar que la adopción de la teoría de la utilidad marginal no implica concluir que no pueda existir explotación bajo el sistema actual, ni que aceptar la teoría monetaria mejor desarrollada conlleva sumisión y adoración hacia el dinero, ni que comprender los mecanismos reales por los cuales actúa el mercado signifique defender la libre competencia o la libre empresa, cosa que, al parecer, ha creído inevitable. Solamente implica entender que el mercado, por sí solo, no crea un grupo privilegiado harto en riqueza y abundancia por un lado, y una masa de desposeídos e indigentes por el otro, lo que permitiría la aparición de un nuevo Estado para asegurar la dominación y la opresión —hecho que además es inexacto históricamente—.

[editar] La economía anarcocomunista y sus posibilidades

El principio de organización anarcocomunista o comunista libertaria es legítimamente anarquista en tanto es voluntario. El comunismo libertario se basa en la organización comunal, la producción planificada democráticamente y la distribución de los productos según las necesidades de cada integrante de la comunidad. Nada de esto es irrealizable ni imposible, en tanto admitamos que el nivel de vida descendería notablemente, es decir, solamente podrán ser satisfechas las necesidades biológicas fundamentales —comida, vivienda, vestido, etc.—, la producción de bienes que satisfagan otro tipo de necesidades quedará descartada, y el tiempo de ocio será realmente reducido.

Esto se debe principalmente a que la eliminación del sistema de precios, con sus instituciones fundamentales, la propiedad privada, el mercado y el dinero, hace imposible el cálculo económico —ver Críticas económicas al comunismo libertario I [6] y II [7]—. Esto no quiere decir que la economía comunista es ineficiente porque carece de propiedad privada y dinero, sino porque no posee una unidad de cálculo que permita a los productores valorar la escasez de los bienes de producción en relación a las necesidades de los mismos, discerniendo entre una producción ineficaz o una producción que aprovecha al máximo los recursos. Y la única unidad de cálculo capaz de realizar tal abstracción conocida hasta el momento es la basada en unidades dinerarias. En ausencia de una unidad que permita el cálculo económico, la producción disminuye inevitablemente a la de mera subsistencia, previo paso por crisis generales de superproducción en ciertas áreas y subproducción en otras y demás derroche de recursos, por más que la productividad de las instalaciones sea enorme.

El cálculo económico en el mercado se realiza mediante el sistema de precios. Los precios, como indicadores de la oferta y la demanda, señalan cuando y donde es necesario producir para satisfacer las necesidades de los consumidores. Los empresarios, guiados por el lucro, buscarán invertir en aquellos sectores productivos donde el margen de ganancia, es decir, la diferencia entre los costos y los precios finales, es más alta. Obviamente, cuando la rentabilidad de producir cierto bien es alta, se está indicando a todos los empresarios que hace falta invertir capital en dicho sector para expandir la oferta en relación a la demanda. Con la competencia, cada vez son más empresarios los que invierten produciendo una caída en los precios, reduciendo el margen de ganancias y satisfaciendo las necesidades de los consumidores. Cuando este sector queda saturado, los capitales que deseen entrar en el mercado buscarán otros lugares que produzcan más ganancias para invertir sus capitales, y así se va cubriendo gradualmente toda la economía. El resultado es una satisfacción cada vez más plena de las necesidades de los demandantes y, por lo tanto, una asignación eficiente de los recursos.

Pero el cálculo económico en la economía comunista no es posible porque no hay una unidad común de cálculo que los productores puedan utilizar para guiarse. ¿Cómo sabrán si utilizar los recursos productivos en determinado sector es provechoso o un verdadero derroche? ¿Cómo estarán seguros de que al producir más pan en lugar de más vestidos estarán asignando sus recursos en forma eficiente? Tal vez sólo se den cuenta de que han malgastado sus recursos cuando vean que las necesidades de uno de los dos bienes no han sido cubiertas, mientras que la otra ha sido sobresaturada. ¿Mediante qué mecanismo se guiarán para saber si deben emplear el hierro disponible en la producción de maquinarias destinadas a producir papel sanitario o en maquinaria útil para la producción de transportes?

Es obvio que la forma más eficiente de saber si están malgastando recursos es sabiendo en qué medida están empleando la menor cantidad de los mismos para producir la mayor cantidad de bienes finales. En el mercado, gracias al sistema de precios, los empresarios buscan disminuir sus costos —recursos empleados— y acrecentar la producción final, con lo que se ahorran bienes de producción para invertir en otras áreas, mientras que los precios altos les indican cuáles son esas áreas donde más provechoso resulta producir. Pero si no hay una unidad común de cálculo, que reduzca y abstraiga elementos heterogéneos entre sí a unidades homogéneas, cuantificables y contables, resulta imposible. Los productores solo podrán saber que están gastando mucho del insumo A del “stock de bienes A” y mucho del insumo B del “stock de bienes B”, pero no podrán saber si utilizar más insumos A que B, o viceversa, permite ahorrar bienes más escasos para proyectos alternativos.

Esto no implica que la economía comunista es impracticable, sino que resulta ineficiente para generar una sociedad donde se pretenda satisfacer algo más que las necesidades biológicas. La economía comunista es realmente aplicable a la pequeña economía hogareña, o podría ser eficaz dentro de una economía de mercado, donde los integrantes de una red de distribución de bienes según las necesidades de quienes voluntariamente se han involucrado se realice en el marco de un sistema de precios que les indique la mejor forma asignar recursos a pequeña escala. Es decir que el mercado y el comunismo no son sistemas realmente incompatibles, sino que pueden complementarse mutuamente.

[editar] Conclusiones: del utopismo al pensamiento científico

El anarquismo utópico ha mostrado un claro desdén a reformular los postulados prácticos que los primeros anarquistas establecieron hace más de cien años. Las ideas relativas a la revolución social, a la abolición de la propiedad privada, el dinero y el salario, las supuestas catástrofes socioeconómicas inherentes al libre mercado, no pueden sostenerse en pie cuando se las somete a un análisis serio y profundo. Son, cuanto mucho, discutibles, pero tal como están presentadas no tienen la más mínima validez científica. Su único fundamento reside en convicciones morales —contra el “lucro” y el “egoísmo”, y a favor de la “solidaridad” y el “apoyo mutuo”—, pero no utilitarias, y mucho menos realistas.

Sin embargo, podemos tener alguna esperanza de cambio y progreso en esta actitud del anarquismo. En los últimos tiempos, gran parte del mutualismo se ha mostrado interesado por las teorías del austriaco Ludwig von Mises y de Murray Rothbard en lo referente al cálculo económico, a la función del dinero y del monopolio monetario del Estado, y el intercambio de posturas e ideas con el anarcocapitalismo ha resultado fructífero para ambas partes. El agorismo es claramente el fruto de este aprendizaje mutuo. El anarquismo de mercado está cobrando una actitud más científica, desde una perspectiva económica, al analizar la realidad y las posibilidades prácticas de la anarquía. Naturalmente, el sendero hacia sus mejores realizaciones teóricas, y, por supuesto, prácticas, todavía no está escrito, pero está siendo paulatinamente empedrado.

[editar] Nota añadida

Puede resultar eficaz, para comprender en forma abarcativa la idea que se esboza en este artículo, una reflexión del liberal francés Jean-François Revel, la cual, si bien estaba inspirada en las actitudes de la izquierda comunista francesa hacia fines de los años '60 y principios de los '70, es perfectamente aplicable a la situación aquí analizada.

La imaginación toma el poder, nos dijeron un día. Pero, ¿qué ocurrió después que esta frase soberbia fue escrita, por una mano anónima, en un muro de la Soborna? El pasado, solo el pasado: he aquí una obsesión. Pasado y pasatiempo, regreso y repetición: he aquí lo que comprobamos. Invocación mimética de doctrinas o episodios que ya fueron devorados, abordados, clasificados por la Historia. ¿Imaginación será reiteración? ¿Revolución será redundancia? Tal parece, no bien examinamos con atención. El método es volver a algo: a Bakunin, a Marx, a Mao, a Castro, a Guevara, a Lenin, a Trotski, a Dios, a Buda, a la civilización premaquinista. El método es recomenzar algo: la Revolución Cultural china, la Comuna de París, Octubre de 1917, mayo de 1968, el 18 de junio de 1940. [Jean-François Revel, Ni Marx ni Jesús, 1970]
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