Críticas económicas al comunismo libertario

De Anarcopedia

Economía neoanarquista

Críticas económicas al comunismo libertario
por Horacio Langlois [1] [2]

[editar] I

La corriente anarcocomunista lleva alrededor de un siglo imponiéndose como la más representativa del Anarquismo en general, al punto tal que se los considera sinónimos. No sólo eso, sino que se arroga el derecho de establecer qué postura puede o no considerarse “anarquista”. No discutiremos este último punto aquí, simplemente nos limitaremos a demostrar que el Anarcocomunismo, como teoría económica, es altamente inconsistente, fruto de la ignorancia y de una excesiva fe en la solidaridad humana; y como organización práctica, sólo llevaría a una economía de subsistencia y a una mala asignación de los recursos productivos.

El sistema económico al que nos referiremos será al comunista libertario, aquél sistema de planificación descentralizada y producción libre trazado en sus inicios por el príncipe Piotr Kropotkin, y más tarde por los anarcocomunistas italianos. Kropotkin revisaría la doctrina anarcocolectivista de Mijaíl Bakunin por considerar que la retribución según el trabajo y el salario no conducirían a la sociedad libre, sino que generarían nuevas formas de autoritarismo. La obra más importante donde describe sus ideas de organización es La conquista del pan, publicado en 1892, editado por el francés Eliseé Reclus.

La economía descrita por el Comunismo Libertario implicaría una supresión total de la propiedad privada, del dinero, del salario y del intercambio individual. Los trabajadores se asociarán libremente y producirán según las necesidades de la comunidad, entregando los bienes producidos a algún tipo de “almacén” distribuidor. La economía sería planificada comunitariamente en asamblea, determinando qué, cómo y cuánto es lo que se necesita producir. Sólo la comuna podrá intercambiar los excedentes de su producción con otras comunas, o, según otros esquemas, no habrá comercio entre ellas sino transferencias de bienes según las necesidades de cada una, ya que las comunas se encontrarían unidas en federación.

Este esquema clásico de economía anarcocomunista, según sus defensores, conduciría a la abundancia general, a la distribución justa según las necesidades de cada uno, permitiría a los trabajadores tener menos horas de trabajo y más tiempo de ocio “para desarrollar plenamente todas sus capacidades humanas”, además de librarlos de la alienación del salario y de la corrupción de la propiedad privada. El Comunismo Libertario es, de esto ser cierto, es pasaje que nos transportaría al paraíso terrenal. En las esperanzadoras palabras de Reclus:

La Tierra es suficientemente vasta para abrigarnos a todos en su seno y bastante rica para dar la vida en la abundancia; produce mieses suficientes para que todos tengamos qué comer, plantas fibrosas para que podamos ir vestidos todos los humanos, y piedra y cal abundantes para que cada cual tenga su casa. Tal es el hecho económico en toda su simplicidad. No sólo que la tierra produce lo suficiente para vivir cuantos la habitan, sino que puede doblar el consumo de éstos. [1]



Aquí demostraremos que la increíble fe de Reclus en la producción comunitaria se encuentra infundada y que responde a una doctrina de organización económica que deja de lado todo tipo de análisis económico, poniendo en su lugar la utopía. Ludwig von Mises nos explica que un sistema económico, para ser eficiente, debe permitir a los agentes económicos poder discernir cuales son los procesos productivos que llevan a una mejor asignación de recursos. Es decir, una economía será eficiente en tanto mejor aproveche los recursos disponibles para la producción y no los derroche en proyectos antieconómicos o que producen pérdidas cualitativas. Para ello, se precisa un “común denominador”, que permita a los individuos llevar a cabo el cálculo económico. Así podrán calcularse las pérdidas y las ganancias, y las unidades de producción comparar los procesos productivos y deducir cuales serán los más eficientes. De lo que se deduce que, de no permitirse el cálculo económico, no podría asignarse óptimamente los recursos disponibles, lo cual conduciría a una economía de mera subsistencia.

El concepto es sencillo y, al parecer, de fácil aplicabilidad. Sin embargo, el único sistema económico que ha permitido llevarlo a cabo hasta ahora es el mercado, donde el “común denominador” es el dinero. El dinero permite expresar las facetas cualitativas de los medios de producción en precios —entendidos como el conjunto de valoraciones subjetivas de los individuos—, es decir, en unidades contables. La aparición del dinero en la economía ha permitido a los individuos llevar a cabo el cálculo económico, llevando a una asignación de recursos más eficiente y a procesos productivos más complejos, fenómenos característicos de la división del trabajo.

En una economía de intercambio, el valor objetivo de intercambio de los bienes de consumo pasa a ser la unidad de cálculo. Esto encierra tres ventajas. En primer lugar, podemos tomar como base del cálculo la evaluación de todos los individuos que participan en el comercio. […] En segundo lugar, los cálculos de esta índole proporcionan control sobre el uso apropiado de los medios de producción. Permiten a aquellos que desean calcular el costo de complicados procesos de producción, distinguir inmediatamente si están trabajando tan económicamente como otros. Si a los precios del mercado no logran sacar ganancias del proceso, queda demostrado que los otros son más capaces de sacar provecho de los bienes instrumentales a que nos referimos. Finalmente, los cálculos basados sobre valores de intercambio nos permiten reducir los valores a una unidad común. […] En una economía de dinero, el dinero es el bien elegido. [2]



A grandes rasgos, podríamos decir que el mercado posee todos los requisitos para poder llevar a cabo el cálculo económico: (1) la propiedad privada de los medios de producción, (2) el que dicha propiedad se encuentre disponible para los intercambios, y (3) la utilización del dinero; lo que permite que las valoraciones que los individuos hacen de los medios de producción se vean reflejadas en precios monetarios.

Mises no se limitó al desarrollo de este concepto simplemente, sino que lo aplicó a un sistema donde el dinero y, por ende, los precios, eran suprimidos, concluyendo que tal economía conduciría al derroche, la mala asignación de recursos, la ineficiencia y el estancamiento generalizados, etc. Lamentablemente, sólo dirigió esta crítica a una economía socialista de Estado o de planificación central, sin dedicar mayor atención a otros tipos de economía sin dinero ni precios de mercado, como puede ser la economía anarcocomunista.

Ahora bien, se supone que en una economía de mercado, si los bienes se hayan sujetos a las valoraciones individuales, es porque son escasos en relación a las necesidades de las personas. Es por ello que son susceptibles de ser apropiados y economizados, para administrarlos más eficientemente, y es por ello que reciben la denominación de bienes económicos. Básicamente, todos los bienes producidos por el hombre y buena parte de los naturales —a excepción de, por ejemplo, el agua o el aire— son escasos.

El Comunismo Libertario cree poder invertir esta relación: que todos los bienes producidos pasarán a ser abundantes en relación a las necesidades humanas, es decir, no económicos. Sin embargo, las necesidades humanas son necesariamente infinitas, aunque puedan ser satisfechas momentáneamente, por lo que cualquier intento de “inventariarlas” para calcular cuánto ha de producirse y en qué punto los bienes producidos dejan de ser económicos conducirá al fracaso, o a una clasificación o cálculos arbitrarios. Si esto no fuera así, la economización humana, que se ha llevado a cabo desde el momento mismo en que el hombre dio sus primeros pasos para asegurarse su subsistencia, ha sido un absurdo y un trabajo innecesario. Si tenemos esto en cuenta, sabremos que es imposible llevar a cabo algún día la táctica de “tomar del montón”.

Mucho más complejo es llevar a cabo la economización sobre los factores de producción. Las necesidades de estos bienes, en terminología mengeriana, “de órdenes superiores”, se halla sujeta a la necesidad que exista de bienes de consumo directo. Si los últimos son escasos, y por ende, objetos de economía, mucho más lo serán los bienes de órdenes superiores; si es imposible determinar las necesidades de bienes de consumo directo dado que son infinitas, aún más lo serán los bienes de producción. Desde el comienzo la idea de una “superabundancia” de bienes que plantean los anarcocomunistas es una contradicción económica.

Hemos dicho más arriba, que para una asignación eficiente de los recursos productivos, es necesario poder economizarlos mediante una unidad común de cálculo, una medida de eficiencia. En la economía de mercado es el dinero. Mediante las unidades monetarias, los individuos pueden calcular cuánto gastan y cuánto ganan, no sólo cuantitativa sino cualitativamente [3], y comparar estos cálculos con los de otros competidores, para saber si están produciendo tan eficientemente como ellos. Esto lleva a una mejor economización de los medios de producción y de todos los bienes en general.

En una economía anarcocomunista, no existe una medida de eficiencia o una unidad común de cálculo que nos ayude a calcular pérdidas y ganancias, ya que la propiedad privada ha sido abolida, al igual que los intercambios, y, por ende, el dinero. De modo que no existe forma de saber si las distintas unidades productivas están actuando económicamente o no. Podría aducirse que tienen punto de comparación en las unidades productivas de otras comunas, pero no hay forma de calcular qué tan eficientemente producen en comparación con ellas. Esto se debe a que es imposible calcular económicamente en especie, no es posible restar o sumar cantidades heterogéneas. La unidad productiva no puede saber si está produciendo pérdidas o ganancias si lo que maneja son bienes totalmente diferentes entre sí. ¿Cómo puede saber si hay pérdidas si lo que se suma o resta son 3X, 2Y, 5Z, etc.?

Los cálculos en dinero tampoco pueden ser reemplazados por unidades de trabajo sin obtener resultados erróneos. En principio, tales unidades de trabajo excluyen de la economización todos los recursos naturales, es decir, irreproducibles. En segundo lugar, y esto es lo más importante, no existe una unidad homogénea de trabajo. Como nos dice el economista Jesús Huerta de Soto, “no existe un ‘factor trabajo’, sino innumerables tipos, categorías y clases distintas de trabajo que, en ausencia del denominador común que constituyen los precios monetarios establecidos en el mercado para cada tipo de trabajo, no pueden ser sumadas o restadas dado su carácter esencialmente heterogéneo” [4]. Los intentos de los marxistas de clasificar el “trabajo socialmente necesario” en horas de trabajo, conducen a contradicciones absurdas: la idea de que las horas de trabajo “concentrado” de un ingeniero equivalen a una mayor cantidad de horas de trabajo “simple” de un obrero industrial tiene tanto sentido como la idea de que un ciervo equivale a diez conejos y resulta vano buscar alguna prueba empírica que valide tal tesis.

Supongamos que el tiempo de trabajo socialmente necesario para producir dos bienes P y Q es de diez horas, y que la producción de la unidad P y Q exige el material A, una unidad del cual requiere una hora de trabajo socialmente necesario, y que la producción de P involucra dos unidades de A y ocho horas de trabajo, y la de Q una unidad de A y nueve horas de trabajo. En el cálculo basado en tiempo de trabajo, P y Q son equivalentes, pero en el cálculo basado en el valor, P debería ser más valioso que Q. [5]



En definitiva, es imposible concebir una unidad común de cálculo basada en trabajo. El dinero sigue siendo la única conocida y la más eficiente. Los efectos de un sistema que imposibilita el cálculo económico son una mala asignación de recursos, una producción ineficiente, superproducción en unas áreas y subproducción en otras, derroche, en fin, todo lo necesario como para desperdiciar los grandes avances técnicos y los complejos procesos productivos que el Capitalismo ha engendrado.

El comunismo libertario conduciría necesariamente a una economía de mera subsistencia, en donde los individuos se hallan perdidos, sin saber cuánto producir, ni cómo producir. Lo único que los guiaría sería la necesidad de bienes, y la producción se encaminaría a cubrir intuitiva e ineficientemente esta necesidad. En este contexto, sería imposible que los trabajadores puedan “desarrollar plenamente todas sus capacidades humanas”. El precio de la destrucción de la propiedad privada sobre los medios de producción es la economía de subsistencia.


Notas

  • [1] Eliseé Reclus, Evolución, revolución y anarquismo, 1897.
  • [2] Ludwig von Mises, El cálculo económico en el sistema socialista, 1920.
  • [3] Este último concepto puede ser difícil de entender. Sabemos que el aspecto conmensurable de un objeto no es lo mismo que su aspecto cualitativo. Podemos calcular cuántas unidades de algo poseemos, pero la única forma de calcular la cualidad de satisfacer necesidades o de reportar utilidad de algo es mediante las valoraciones individuales. Para saber si un bien es más eficiente que otro, sólo podemos valorarlos y graduarlos según su utilidad. En el mercado, los bienes son valorados por todos los individuos a la vez, utilizando como referencia las unidades dinerarias, lo que termina asignándole un precio. De esta forma, sabremos si estamos actuando económicamente si adquirimos bienes más baratos que reporten mayor utilidad.
  • [4] Jesús Huerta de Soto, Socialismo, cálculo económico y función empresarial, 1992.
  • [5] Ludwig von Mises, Ibíd.


[editar] II

La decisión de renovar el análisis realizado hace poco más de dos meses sobre las posibilidades de llevar a cabo una economía bajo los principios del comunismo libertario ha surgido porque, tras una relectura detenida, notamos que se han dado por presupuestos muchos conceptos sobre economía que, como es habitual, los seguidores de esta doctrina generalmente desconocen o rechazan; así como las funciones que cumplen ciertas instituciones y bases sobre las que se desenvuelve el mercado. Es decir, en este artículo trataremos de desarrollar con mayor amplitud y con toda la sencillez y simplicidad posibles, los conceptos sobre los cuales se establece la teoría del cálculo económico.

Partiremos, para mayor comprensión, desde los fundamentos mismos de la ciencia económica. Ubicando al hombre y su accionar mismo como centro del estudio, en lugar de estudiar las condiciones materiales sobre las que este se desenvuelve —como nos exigiría cualquier socialista influenciado por el materialismo histórico—, podemos tener una visión mucho más amplia y coherente con la realidad sobre la forma en que el accionar económico se distingue de otras actividades.

Lo primero que debemos concebir es la importancia fundamental que posee la subjetividad humana a la hora de actuar. El hombre, hecho innegable, tiene necesidades, las cuales son subjetivas, variables e ilimitadas. Más allá de las necesidades “biológicas”, de las cuales el individuo es poco consciente, todas las demás necesidades —tales como de expresión artística, de aceptación social, de ocio, los gustos y caprichos en la alimentación, el vestir, etc.— provienen del carácter subjetivo de la valuación humano. No existen necesidades “objetivas”. Para satisfacer estas necesidades son imprescindibles los bienes materiales, pero toda administración humana choca de frente con el hecho de que estos bienes son limitados, es decir, escasos en relación a las necesidades. Es por esta razón por la que son apropiados “egoístamente”, porque si fueran abundantes en relación a las necesidades, no habría razón para intentar asegurarse su provisión. Puede decirse, como de hecho lo hacen los economistas austriacos, que las necesidades corresponden más bien a los fines de los individuos, que no solo se renuevan y varían constantemente, sino que a cada paso que dan descubren y crean otros fines nuevos; a la vez que los bienes son medios para realizar fines determinados, para cuya adquisición es necesario incurrir en un costo determinado. En una palabra: intercambiar.

De aquí se deduce que los individuos, a la hora de alcanzar determinados fines, realizan una valoración subjetiva de los medios de que disponen para ello, y de los costos en los que están dispuestos a incurrir para acceder a medios que consideren más efectivos. No son los bienes los que poseen valor por sí mismos, sino que es el individuo el que les otorga valor. El individuo estará dispuesto a ceder o intercambiar un bien que se encuentra en su propiedad sólo si considera que el valor de aquello que puede recibir a cambio es superior al valor de lo que ya posee. En un mercado donde el número de individuos participantes es considerable, los márgenes entre los que se sitúan las proporciones de intercambio se reducen hasta dar lugar a los “precios”. Hasta que no hace su aparición el dinero, es decir, mientras prevalezca el trueque, los precios de los bienes estarán expresados en una gama casi infinita de bienes de todas las variedades. Son obvias las dificultades que este sistema trae aparejado.

El dinero, como ya hemos demostrado exhaustivamente, surge espontáneamente del mercado y el comercio libres. Aquí queremos resaltar su utilidad fundamental en la formación del precio. El dinero es un bien más del mercado, con ciertas particularidades físicas y cierto valor a la hora de satisfacer necesidades, que le permiten erigirse como medida de valor, o, para utilizar terminología miseana, como unidad común de cálculo. Siguiendo nuestra exposición, el dinero nos permite conocer de forma más exacta los términos y proporciones de intercambio de la economía, siendo su consecuencia natural el precio de los bienes, que nos evidencia la escasez de los mismos y las preferencias del mercado. Cuando el precio de un bien es demasiado alto, el mercado nos está indicando que no hay una oferta suficiente para satisfacer a la demanda; al mismo tiempo, cuando el precio de un bien es demasiado bajo, quiere decir que la oferta está satisfaciendo correctamente a la demanda. En este sentido, los precios, y por extensión, el dinero que los expresa, manifiestan las preferencias de los individuos y las necesidades del mercado.

Aquí entra en juego el concepto del cálculo económico elaborado por Ludwig von Mises, cuya aplicación en la realidad nos parecerá ahora un poco más clara. Esta tesis sostiene que para que se aprovechen con mayor eficiencia los recursos productivos, es necesaria una unidad común de cálculo, que cuantifique el valor de los bienes de producción y de consumo. Guiándose por esta fórmula, los productores podrán economizar factores de producción sin derrochar los más valiosos. Sin una medida de valor, no puede saberse si la utilización de ciertos recursos es eficiente o si se están tirando a la basura recursos valiosos en proyecto caprichosos, que, recordamos una vez más, son escasos en relación a las necesidades. A falta de este método, cualquier sistema está condenado a una producción de subsistencia y a una satisfacción precaria de las necesidades de los individuos que lo integran. En el mercado, el patrón de cálculo utilizado es el dinero, pero bajo el comunismo libertario nadie ha sugerido, hasta ahora, que unidad común utilizarían los productores para aprovechar eficientemente los recursos productivos legados por el capitalismo.

¿Cómo se sirven los individuos del cálculo económico en el mercado? Como ya hemos dicho, los precios en dinero son una herramienta de suma utilidad. Quienes los estudian y se guían por ellos son los empresarios, y son ellos quienes, en base a su capital, deciden invertir en los sectores productivos que mayor ganancias les dejen. La rentabilidad de invertir en la producción de un bien está determinada por la diferencia entre los precios finales y los costos, que en última instancia, son los precios finales de los bienes de producción. Cuando el margen de rentabilidad de un bien es alto, los empresarios desplazarán sus capitales hacia allí y se pondrán a producirlo. Recordemos que cuando un bien posee un precio alto, se está evidenciando que la oferta es notablemente inferior a la demanda. Como los empresarios invertirán en este producto, la oferta crecerá y el precio comenzará a descender, hasta que se acerque lo suficiente a la demanda como para dejar rentabilidades tan bajas que incentivarán a los empresarios a buscar otros sectores productivos en los cuales invertir. De esta manera, los empresarios van cubriendo gradualmente el mercado con sus inversiones, empujando los precios a descender, de modo que la demanda, y por ende, las necesidades de los individuos, estén eficientemente satisfechas. Los precios indican dónde es necesario invertir más urgentemente, y la acción empresarial se encarga de ello, actuando en todas las esferas de la economía: desde los bienes de consumo directo, hasta los bienes de órdenes superiores o de producción. Es esta la forma en que, en el mercado, los recursos productivos son aprovechados de la mejor manera.

En el comunismo libertario, a falta de una unidad común de cálculo como es el dinero en el mercado, la producción tiende a marchar “a tientas”, sin tener idea de cuáles son los sectores productivos que más urgentemente necesitan inversiones de factores productivos, ni si se están derrochando recursos indiscriminadamente. Para ejemplificar mejor esto, recurriremos a un ejemplo ya habitual en este aspecto. Supongamos que la comunidad estipula que necesita, luego de deliberarlo en asamblea, 10 unidades de un bien X. Ahora bien, para producir una unidad de X, existen varios métodos diferentes que utilizan distintas proporciones de insumos. El primer método para producir X emplea 2A y 3B, el segundo método necesita 3A y 3C, y el tercer método 3A y 2B. Para mayor claridad podemos expresarlo como sigue:

(1) X = 2A + 3B
(2) X = 3A + 3C
(3) X = 3A + 2B

La única manera posible que tienen los productores bajo el comunismo libertario de saber si están economizando recursos es intentando utilizar la menor cantidad posible para producir una misma cantidad de bienes. Así sabrán eficientemente que el método 2 implica la utilización de más bienes de producción, y lo descartarán de inmediato. ¿Pero cómo saben cuál de los otros dos métodos, el 1 y el 3, utiliza más recursos? Si tuvieran una unidad común de cálculo que les indique cual de los dos bienes, A y B, es más valioso, podrían emplear el método que economice bienes de mayor valor y que, por ende, poseen más usos alternativos y podrían emplearse más eficientemente en otras áreas de producción. En el mercado, los productores sabrían que, por ejemplo, A vale $15 y B $17, y podrían utilizar el método más económico acudiendo al siguiente cálculo:

(1) X = 2A + 3B = (2 x $15) + (3 x $17) = $81
(3) X = 3A + 2B = (3 x $15) + (2 x $17) = $79

Los productores, bajo el mercado, y gracias a la utilización del dinero, pueden calcular cuál método dejará más recursos para darle otros fines alternativos. En este caso, el método 3 resulta más económico, ya que cuesta $2 menos. Esta es la esencia del cálculo económico: la necesidad innegable de un patrón capaz de cuantificar el valor de escasez de los bienes productivos con el fin de economizarlos para maximizar la productividad de la economía. Patrón que bajo el mercado encuentra su expresión en el dinero, pero que en el comunismo libertario brilla por su ausencia. El mismo Friedrich Engels era consciente, aunque no aplicara tal razonamiento a la economía socialista, de que “si se impide a la competencia dar a conocer a los productores aislados la situación del mercado mediante el alza o baja de los precios, se los deja completamente a ciegas” [Friedrich Engels, Prefacio a la primera edición alemana de Miseria de la Filosofía de Karl Marx, 1847]. Esta falencia llevaría a los productores a cometer errores al economizar bienes que conducirían a una mayor escasez de recursos de la ya existente. Podemos afirmar, como lo hicimos en el anterior artículo, que “el precio de la destrucción de la propiedad privada sobre los medios de producción es la economía de subsistencia”.

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